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Opinión
Etiquetas:   Opiniones de un paisano  

Aznar, ese hombre

Mario López
Mario López
lunes, 1 de septiembre de 2008, 05:25 h (CET)
Cuando Aznar se pone estupendo, la verdad –que diría un futbolista- es un placer. Si todos tuviéramos ese ego, para empezar, nos hubiéramos llevado todo el medallero de los pasados Juegos Olímpicos y, para acabar, viviríamos en un país absolutamente republicano. Tan republicano que todos seríamos presidentes del gobierno y consejeros delegados de Telefónica, amén de profesores honorarios de Georgestown y tendríamos melena, bigote transparente y pulserillas a pares.

Lo que pasa es que los españoles somos unos cainitas, unos envidiosos y unos miserables, que diría Acebes. Aquí lo que hay que hacer es menos criticar y más aznarizarse. Ir a Valladolid de buen rollo a tomarte unos vinitos con los otros nosotros que no nos hace falta que la DGT nos diga lo que tenemos que beber. Sentarnos con las piernas encima de la mesa y vacilarle al más pintado con nuestra prodigiosa velocidad. Tener las hijas que nos mande Dios y casarlas a todas con magnates en El Escorial. Escribir cartas a Santiago o Jaime, que viene a ser lo mismo, y explicarle cuán trascendente es el destino universal de un español y la enorme responsabilidad que supone cargar con el inconmensurable peso de nuestra historia. Hay que aznarizarse y aznarizarse bien. No casarse con una mujer cualquiera. No. Tenemos que saber seducir a Ana. A todas las Anas que dan luz, razón y ser a cada uno de nuestros actos. Con los legionarios de Cristo. O, incluso, llegar a ser el Cristo de los legionarios. Sí. No pongas esa cara de palguato. Has oído bien: el Cristo de los legionarios. Sin complejos. Con dos canicas. Saber ser moderno, liberal y buena gente. Ser capaz de tender la mano al amigo americano en su titánico afán por democratizar el mundo a golpe de misil. Ser lo suficientemente moderno y liberal como para poner la educación de nuestros hijos en manos de la Conferencia Episcopal. Llevar nuestra modernidad y liberalismo al extremo inaudito de reconocer sin reservas que no cabe otra manera de entender ser hombre que no sea siendo Aznar.

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