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55.000 almas y un solo hombre

Antonio Álvarez Rodrigo
Antonio Álvarez
lunes, 1 de septiembre de 2008, 05:25 h (CET)
Las personas, cuando nacen, tienen un futuro más o menos escrito. Vamos, un destino. Luego, las distintas opciones que elige cada uno le llevan hacia ese fin, o le desvían hacia otro, cayendo en una vida aburrida, triste y que nunca quiso tener. Sergio Agüero nació para ser futbolista. Y punto. No hay que darle más vueltas. Aunque su tipo no sea para tal, el niño argentino tenía que ser jugador de fútbol. Ser otra cosa, significaría fracasar, un argentino más dentro de un país lleno de delincuencia y sumido en una agonía económica que parece no acabar.

Es pequeño, pero con un tren inferior potente. Los más viejos, o menos jóvenes, para que no se enfaden, dicen que como el de Maradona. Todo un espejo donde fijarse. Pero no mucho, que Agüero no puede caer en pobres tentaciones malignas que le lleven del cielo al infierno en cuestión de segundos. Maradona de eso, como de jugar al fútbol, sabe un rato. El miedo es que le aconseje mal, porque el mítico 10 de Argentina no tiene la cabeza completa, es decir, que le falta algún mueble y tiene el piso superior un poco hueco.

Pero a lo que íbamos. Agüero, ese ratón culón que vino de Pekín un día y llevó al Atlético de Madrid a la Liga de Campeones al siguiente. Siendo sinceros, el equipo de Javier Aguirre se resume a eso, la inspiración del pequeño. Como un equipo de baloncesto: tanta gente alta y luego es el más bajo el que tiene que dirigir el cotarro. Pues en el Atlético pasa algo parecido. Él metió el primero, presionó en el segundo y cedió el tercero. Ya está. El Schalke 04 se llevó un 4-0. Y el Kun una ovación. Y los atléticos una alegría. A ver si se dejan de tanta tontería de sufrimientos. Que les entre en la cabeza: ellos sufren lo mismo que los demás. Bueno, ahora un poco menos, porque ayer, en el Calderón, entre 55.000 almas, había un hombre: Sergio Leonel Agüero del Castillo. Para servirle a los colchoneros y al gol.

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