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Etiquetas:   Análisis internacional   -   Sección:   Opinión

La nueva caja de pandora

Isaac Bigio
Isaac Bigio
sábado, 30 de agosto de 2008, 01:52 h (CET)
Los reconocimientos parciales de las independencias de Kosovo y hoy de Abjasia y Sud-Osetia alteran la política global. La nueva desobediencia rusa ante Occidente marca otro golpe a EEUU y un nuevo giro en el mundo de la post-guerra fría.

Rusia ha reconocido la independencia de Osetia del Sur y de Abjasia, regiones que la ONU plantea que son parte de Georgia pero que sus tropas ocupan. Ambos son países muy chicos. El primero tiene unos 60,000 y el segundo unos 200,000 habitantes.

Abjasia y Sud-Osetia se opusieron a la desintegración de la Unión Soviética y a escindirse de Moscú para ser parte de la nueva república de Georgia proclamada en 1991. Ambas tienen poblaciones rusófilas y allí los georgianos son una minoría.

Los osetios son el único pueblo persa de fe cristiana ortodoxa, aunque se encuentre geográficamente distante de Irán. En Osetia del Sur vive menos del 10% de dicha nación, pues la gran mayoría de ellos reside en la vecina Osetia del Norte, que es una república autónoma dentro de la federación rusa, y con quien ellos quisieran mantenerse unidos.

Los abjases tienen una lengua similar aunque diferente de la de Georgia y en su territorio hay significativas minorías armenias y rusas. En sus guerras contra Georgia los muertos se calculan en miles y los desplazados en decenas de miles.

Solo Rusia ha reconocido la independencia de dichos Estados pero ello es suficiente para golpear los planes de la OTAN de sumar a su alianza tanto a Georgia como a Ucrania. Si el bloque militar atlántico integrase a Georgia debería tener dos opciones: 1) declarar la guerra a Rusia hasta que ésta abandone el territorio de uno de sus miembros (en este caso Georgia); o 2) aceptar las nuevas fronteras trazadas por Rusia, lo cual sería una muestra de debilidad y un golpe al gobierno georgiano. Ambas salidas no son del agrado de Washington, quien pretende evitar una confrontación bélica, y menos aún de Francia, Alemania e Italia, quienes no quieren cortar lazos con su principal surtidor de gas.

A Ucrania se le coloca una amenaza. Si persiste en querer orientarse hacia la OTAN y la UE, Rusia animará movimientos rusófilos en su interior, especialmente en sus regiones orientales y en Crimea (quien hasta 1954 fue parte de Rusia y quien hoy tiene una población mayoritariamente rusa).

Otro amenazado es Moldavia, la misma que tiene a un partido comunista en el poder que quiere acercarse más a su vecino Rumanía y a la UE antes que a Moscú. Si dicha orientación se profundiza Moscú podría aceptar la independencia de facto que tiene la llamada república de Transdniestria, una franja oriental poblada por medio millón de personas (la mayoría eslavos) que es un bastión pro-ruso en medio de Moldavia y Ucrania.

Por más que Occidente proteste contra la decisión rusa no hay mucho que se pueda hacer. Ni Bush quiere guerra e ir hacia una campaña de sanciones y aislamiento podría acabar desestabilizando al mundo y complicando mucho más al volátil medio oriente, pues Rusia es el país más grande del mundo y tiene miles de ojivas nucleares.

La decisión rusa, además, ha sido tomada de manera unánime en las dos cámaras de su parlamento. Esto implica que hasta los partidos pro-occidentales reconocen un consenso nacional y que este país está unido en la necesidad de mostrar una política exterior más independiente. No hay pues, muchas bases sociales para querer generar movimientos internos dentro de Rusia en contra de tales reconocimientos.

Lo acontecido en Abjasia y Sud-Osetia marca dos giros importantes en la política mundial.

Uno es el fin de la hegemonía absoluta de EEUU dentro de las potencias. Desde 1989-91 hasta hoy ninguna potencia se atrevía a invadir otro país sin la venia de Washington. Cuando Iraq se atrevió a ocupar Kuwait fue inmediatamente desalojado (1991). A Moscú, Beijing o Belgrado se les toleró librar guerras internas pero nunca invadir otros países. Ciertamente que Rusia mantuvo presencia militar en Abjasia y Sud-Osetia pero sin librar batallas contra Georgia en el suelo de esta última.

Condoleezza Rice advirtió al Kremlin que ya no estamos en la misma época de hace 40 años cuando sus tanques entraron a Praga. Putin bien podría haberle respondido que tampoco estamos en los años noventas en la cual su país no podía hacer ninguna incursión en sus vecinos. Moscú no tomó ninguna capital extranjera, pero tampoco dejó de hacer un raid militar para haber logrado reconocer la independencia de facto de dos regiones separatistas de Georgia.

El segundo giro es en la cuestión del reconocimiento de nuevos Estados. Las Naciones Unidas ha estado reconociendo la existencia de distintos nuevos Estados sobre la base de las mismas fronteras que estos tenían cuando fueron colonias o repúblicas de una federación.

A pesar que en África hay decenas de nacionalidades que están repartidas entre varios Estados, la ONU solo ha aceptado la existencia de nuevos Estados en base a las administraciones que tuvieron cuando fueron colonias de Londres, París, Lisboa, Bruselas o Madrid. Al único caso africano que aceptaron reconocer su división fue la que hubo entre Etiopía y Eritrea, pues esta última se separó en torno al territorio que antes ocupó la ex colonia de Italia. Aún hoy Somalilandia, la franja norte de Somalia que estuvo antes bajo ocupación británica, no recibe reconocimiento internacional para su independencia.

En el caso del antiguo ‘bloque socialista’ la ONU solo reconoció la independencia de las 15 repúblicas que conformaron la URSS, las 6 que constituyeron Yugoeslavia y las 2 que establecieron Checoeslovaquia. En todos esos 23 casos se exigió que se mantengan exactamente las mismas fronteras que éstas tuvieron cuando fueron repúblicas dentro de sus difuntas ‘federaciones socialistas’.

Esta decisión implicó que, por ejemplo, los serbios de Croacia o de Bosnia no tengan derecho a separarse de esos nuevos Estados o de mantenerse unidos a Serbia. La república Serbia de Krajina es el único Estado europeo que en el último medio siglo fue completamente étnicamente limpiado y todo ello sin mucha protesta por parte de la UE, EEUU o la OTAN.

Por su parte, los chechenos, por más guerras que hayan librado o por más simpatía occidental que hayan conseguido, no podían pedir que su independencia sea internacionalmente reconocida y el Kremlin podía mostrar legitimidad internacional al reprimirlos utilizando el principio de soberanía nacional y defensa de la integridad territorial de un Estado mundialmente reconocido.

Sin embargo, en el 2008 primero EEUU y la UE y luego Rusia han alterado ese compromiso. Cuando Washington y Berlín promovieron la secesión de Kosovo destaparon una caja de pandora. Desde el punto de vista étnico Kosovo tiene más razones de separarse de Serbia que Montenegro, cuya población comparte exactamente la misma lengua, religión, alfabeto y nacionalidad que Serbia. Kosovo está poblado en un 90% por albaneses (el único pueblo no eslavo de todos los que componían la antigua federación de los eslavos del sur ó Yugoeslavia). No obstante, el problema con Kosovo es que éste nunca fue reconocido como una república dentro de Yugoeslavia sino como una provincia dentro de Serbia.

Cuando la UE ampara la secesión de Kosovo quiere consumar el plan de debilitar al máximo a Belgrado para lograr que todas sus antiguas dependencias logren la independencia para querer entrar en la UE y en la euro-zona.

La ONU no ha aceptado a Kosovo ni la reconocerá mientras Rusia lo vete. Esto por más que un quinto de sus miembros le hayan reconocido.

Empero, la cuestión de Kosovo ya ha generado un precedente. Rusia ya reconoció la independencia de facto de Abjasia y Sud-Osetia y luego podría hacerlo con Transdniestria o animar separatismos en Crimea o Ucrania oriental. Armenia podría empezar a pedir que se reconozca al alto Karabaj, república independiente de facto poblada por armenios pero dentro de su vecina Azerbaiyán.

Este tipo de alteraciones geopolíticas causan fuertes tensiones peor también alientan movimientos separatistas (tanto dentro de la propia Rusia, como es el caso de los chechenes), como de los kurdos en el medio oriente o en diversos pueblos nativos en Papúa Nueva Guinea, Birmania, el Sahara, etc.

La influencia separatista sobre Ibero América

Un país de la UE que no se puso muy contento con la escisión de Kosovo y que está preocupado por el nuevo giro ruso es España, pues éste es el estado más frágil desde el punto de vista de su integridad territorial.

España es el único país europeo que tiene una insurgencia armada separatista interna (la del ETA, calificado como una ‘banda terrorista’ por la mayoría de los hispanos, pero la cual tiene una significativa minoría de amigos dentro de la población vasca). El País Vasco, Catalunya y Galicia tienen autonomías muy marcadas y mantienen sus propias lenguas oficiales. En los dos primeros casos hay planteos fuertes en pro de ir hacia una forma de Estado Libre Asociado. El nacionalismo salpica a otras regiones, incluyendo a las islas Canarias, que geográficamente son parte de África y que tienen mucho de puente con América Latina.

España logra mantener su unidad estatal en base a haber hecho fuertes concesiones autonómicas dentro del marco de una democracia representativa y como parte de una unión supra-nacional (la UE). Todo ello ayuda a aminorar tendencia centrífugas, las mismas que, sin embargo, podrían revitalizarse si cambia la escena mundial.

En el caso de América Latina desde 1903 ninguna de sus repúblicas ha conocido una fragmentación. Muchas de éstas han sufrido guerras (sobre todo internas) y algunos cambios territoriales no muy agudos, pero desde que Panamá se escindió de Colombia nunca más otra región hispanoamericana ha proclamado su independencia. En el Caribe de habla inglesa u holandesa se han ido conformando nuevos Estados, pero éstos no han surgido en torno a la ruptura de las repúblicas latinas sino como parte del proceso de descolonización ante Europa.

Ciertamente que en América Latina hay muchas provincias que chocan con la sede del gobierno, tales son los caso de Guayas en Ecuador, Zulia en Venezuela, Arequipa en Perú, Córdova en Argentina, etc. Sin embargo, la novedad que hay hoy es la aparición del nacionalismo camba quien plantea hacer que Bolivia pase de ser la república más centralista a la más descentralizada e incluso a que dentro de ésta se forme un ‘Estado Libre Asociado’.

El nacionalismo camba es una reacción al giro hacia la centroizquierda que viene operando Suramérica. Si las separaciones de Kosovo y otras zonas de la ex Yugoeslavia buscan acelerar la integración al euro, a la UE y al mercado global, los autonomistas bolivianos quieren, más bien, evitar que avance el nacionalismo populista y proteccionista para buscar volver a la anterior dinámica de querer establecer Tratados de Libre Comercio con EEUU.

Si Kosovo y Georgia han abierto cajas de pandora en Eurasia, el regionalismo de Santa Cruz puede destapar otra en América Latina. El nacionalismo camba muestra en sus diversos mapas que su país no se limita a Santa Cruz y a los otros dos departamentos amazónicos aledaños (Beni y Pando) sino a zonas bajas de otros departamentos (Incluyendo La Paz) y plantea la existencia de ‘territorios afines’ que son Tarija, el sur de Potosí, Chuquisaca o Cochabamba en Bolivia, Acre, Rondonia y Mato Grosso en Brasil, Paraguay e incluso, en algunos casos, zonas de Perú que reclama que les fueron injustamente arrebatadas.

Por el momento la ola de nuevos separatismos no ha hecho mucha merma en Ibero América. Además, para que Kosovo, Sud-Osetia o Abjasia se declaren independientes se ha requerido la presencia militar de una súper-potencia allí. En estas condiciones ninguna potencia ocupa ningún país iberoamericano (si descartamos al estado libre asociado de Puerto Rico, parte de EEUU) ni anima su división.

A nivel inmediato no es posible pensar que Washington y Moscú vayan a entrar a una nueva guerra fría. No hay posibilidad que América Latina vuelva a ser una zona bajo la férula estadounidense en la cual Moscú quiso entrar promoviendo a Castro y luego a Allende, Velasco, Torres y los sandinistas.

La época de las guerrillas alentadas por La Habana y Moscú ha culminado y Castro, más bien, quisiera que para cuando este 1’ de enero su isla celebre 50 años de su revolución, las FARC y el ELN colombianos lleguen a un acuerdo de desarme con Bogotá.

Sin embargo, hay dos cosas que a nivel inmediato si afectan a América Latina. Una es que la guerra de Georgia si favorece a los republicanos y viene ayudando a que McCain alcance o tramonte en las encuestas a Obama, con lo cual sí podría incidir en la elección de un gobierno que es tan clave para la región que está al sur de la mega-potencia.

Otro aspecto, es que la recuperación militar rusa si incide en debilitar la imagen plenipotenciaria de EEUU y crea márgenes para que la izquierda latinoamericana se siga animando a querer irse distanciando de Washington y abrir su política externa a un rumbo más ‘multi-polar’.

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