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Signos de nuestro tiempo

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 29 de agosto de 2008, 03:42 h (CET)
Sea por lo que fuere, este verano ha estado presidido como por dos frases breves, a modo de consignas, que se han repetido en los medios hasta la saciedad, si cabe esta afirmación. Han sido, el “apoyo psicológico”, y los “seres queridos”. De esto último poco se puede decir excepto el cursi regusto que contiene señalar de ese modo y exclusivamente, algo tan entrañable como son los miembros de la “familia”. Como si a la vista de las “nuevas” familias de que se presume, los “familiares” tuvieran que dejar de existir, y sólo se tuviera derecho a “seres queridos”. En español rotundo y conciso, los “familiares” son, de por sí, una parte los seres queridos perfectamente determinada. Denominación equívoca la primera, a juicio de esta vigilante columna, ya que, como tales, se puede considerar a todo el mundo. ¿Es que no son seres queridos los chinos? Reconozcamos, que, cuando menos, es confuso el término. ¿Es que los que mueren cuando estalla una bomba en Irak, no son seres humanos “queridos”, también? ¿O es que a estas alturas vamos a ser racistas? Así, que, dejémoslo como una manifestación más de las toneladas de cursilería que conlleva el culto a la modernidad.

El apoyo psicológico es, a su vez, un compendio que va desde el “quedar bien” hasta resultar tapadera de cualquier desaguisado. Mire usted, señora: -Sentimos comunicarle que a su marido le han despedido del trabajo, pero, cuente con todo “nuestro apoyo psicológico”, por ejemplo. Se imaginan el pequeño que le dijera a su padre: -No he aprobado ninguna, pero, ¡tienes “todo” mi apoyo psicológico!... Nuestro idioma tiene resuelta, desde hace siglos, la condolencia ante cualquier circunstancia dolorosa: -Te acompaño en el sentimiento (seguido de un fuerte abrazo, por ejemplo).

Detrás de esta nueva manera de condolencia, se encuentran la Psicología, y los “psicólogos”. La primera es el “tratado de las funciones del alma” según el Diccionario de uso del español de María Moliner –esclarecida paisana de este columnista, que, desde Aragón brindó al mundo un inapreciable servicio lingüístico-. Más, como aseguraba Calderón de la Barca: “Al Rey, la hacienda y la vida se le han de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios. ...”; y, aquí, uno se sospecha, o se malicia, desde estas alturas serranas, que la moderna Psicología tiene poco de tratado moral, sino que se vuelca en el estudio más material imaginable de la mente humana. Por otra parte, tampoco es Medicina, por lo que su capacidad terapéutica está limitada. Pero, como tantas otras cosas, no tiene porqué perjudicar, así que no está mal; un psicólogo inteligente y bien educado puede ser un consuelo, para el que lo necesite.

Las instituciones sobre todo de carácter político, han encontrado una doble utilidad con el llevado y traído “apoyo psicológico”. En primer lugar, “hacer como que hacen algo” por la gente en situación de condolencia, y, además, dar trabajo a una legión de licenciados en psicología no fáciles de colocar. Lo cual, de por sí, también está bien. En los acontecimientos luctuosos recientes de infeliz memoria, se han visto llegar autobuses enteros de psicólogos con chaleco reflectante y su oficio claramente escrito en la espalda. Antiguamente, una bata blanca, sin más, simbolizaba el invalorable apoyo que puede esperar un hombre cuando “pone su confianza frente a quien le atiende con responsabilidad y en conciencia”. En fin, ahora, son “otros tiempos”, como dice el pequeño de Epifanio del Cristo Martínez que se va a casar el próximo año con su guapa novia de siempre.

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