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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Del sentido de la especulación

Mario López
Mario López
viernes, 29 de agosto de 2008, 03:42 h (CET)
Nos hemos acostumbrados a hablar de la especulación y, sin embargo, me da la impresión de que estamos empezando a olvidar su sentido. Recuerdo que la primera vez que oí hablar del asunto fue a finales de los años sesenta; los últimos del desarrollismo y de la dictadura de Franco. Por aquellos tiempos se creó la clase media en nuestro país que se lanzó a la adquisición de viviendas en propiedad e, incluso, a un apartamento en la playa. El gran crecimiento de la demanda hizo que florecieran como hongos las promotoras inmobiliarias que, sin tener que cumplir con las actuales normas sobre impacto ambiental, destrozaron los paisajes de nuestras costas y convirtieron los extrarradios de nuestras capitales en ciudades-dormitorio de pesadilla, esparciendo sin control alguno las más delirantes colecciones de bodrios arquitectónicos; edificios de más de diez plantas que albergaban en su interior hoteles o pequeños apartamentos de bajo coste. Torremolinos y Benidorm son los paradigmas de esta arquitectura del mal gusto. Esa descontrolada manera de responder a la demanda residencial es lo que dio lugar a la aparición del término especulación. Desde entonces no se nos ha ido de la cabeza. Llevamos cuarenta años especulando o denunciando la especulación.

Por aquellos mismos años Joan Manuel Serrat grabó su mítico disco Mediterráneo. En la canción que le da título dice entre otras cosas: “soy ladrón, soy embustero. Me gusta el juego y el vino. Tengo alma de marinero. Qué le voy a hacer, nací en el Mediterráneo”. No se puede describir mejor al promotor inmobiliario de aquella época o al nuevo rico de ahora. Sacarle a uno la pasta con artimañas, venderle la moto, jugar al mus con una copa de vino en la mano y comprarse un yate ¿No es éste el sueño y el retrato de todo emprendedor nacido en el Mediterráneo? ¿Pero por qué nos dejamos engañar por ellos? Muy sencillo. El producto del especulador suele ser de bajo coste (véase Paco El Pocero y su ciudad de Seseña) y, aunque no garantiza buenos acabados o no tiene en cuenta el impacto ambiental, nos pone a nuestra disposición la razón de ser en nuestra cultura: la propiedad. Las viviendas con buenos acabados que son respetuosas con el paisaje –normalmente, viviendas unifamiliares con jardín- sólo están al alcance de unos pocos. Es verdad que esas torres de veinte pisos fruto de la especulación son un horror, pero en su interior albergan viviendas baratas. Si no fuera por ellas, más de la mitad de los españoles aún no habrían descubierto el mar. Lo mismo ocurre con otros bienes de consumo, como pueden ser los vuelos low cost, antiguamente llamados charter. El problema de la especulación inherente a la producción de bienes asequibles es que reduce los niveles de calidad al límite de lo razonable, llegando a poner en peligro la vida del consumidor. Deberíamos de preguntarnos si es posible poner en el mercado productos de bajo coste que garanticen nuestra seguridad o si tenemos que cambiar de sistema. Hasta que no tengamos resuelto este dilema, lo qe recomienda la prudencia es dejar de especular sobre el asunto.

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