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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los humos de Pekín

José Romero
Redacción
jueves, 28 de agosto de 2008, 02:36 h (CET)
Ha de ser el pestilente humo de las fábricas quien levante su voz velada, su voz perra de viejos y nuevos amos, sobre el infinito silencio del prístino fuego de las libertades siempre sofocadas. Será él, vómito de monstruo, quien ponga rostro a la tragedia de ese pueblo extraviado en un solo rostro, el de las grandes magnitudes: cientos, miles, millones de habitantes, descomunales murallas, inmensas regiones, milenarias culturas, innombrables dinastías y un único e omnipresente partido. A China se la tiene siempre presente en el olvido y en esa voluntad se habla de ella y sobre ella se actúa. El ser humano halla en la inmensidad legitimidad para ignorar sin culpa y ella se presta para tan ignominioso juego: lo inmenso por existir en ese grado semeja que no existe, que no tiene existencia.

Pekín se nos antojaba en su silenciosa precisión un reloj suizo, en el que cada segundo se encadenaba al siguiente sin disonancia para ir conformando un tiempo perfecto, sin fisuras y sin apenas esfuerzo, en el que se obraría el milagro de todas las grandes obras que se han levantado a la sombra de la esclavitud. Y así era, si hemos de juzgar por el implacable silencio de ese pueblo, un pueblo que merecía por su esfuerzo algo más que una convencional villa olímpica, que un funcional estadio, que unos elitistas juegos olímpicos, que merecía una pirámide sin cúspide, una babel sin rendición, un cielo capaz de llorar y no un vómito de yoduro de plata. Un pueblo capaz de despertar al día siguiente de la clausura de estos fastos y sentirse orgulloso de su esfuerzo o cuando menos conformado de haber obrado en aras de su dignidad, pero que me temo va amanecer huérfano de ella, perdido en los ecos del ingente ruido mediato que el acontecimiento comercial arrastra, para volver a sumirse en el silencio que lo viene presidiendo todo. El grito del humo no es sino presagio de lo que afirmo.
Los atletas cubrían a su llegada sus bocas con mascaras, ellas anunciaban a su vez otras, de las que nadie quiere hablar porque hablar ofende, aun cuando se hable en defensa de derechos que debieran ser inalienables y que son tratados como meros productos. Pero la injusticia grita allí donde habita y sólo el ser humano es capaz de contenerla, de esconderla y hasta de adornarla con las guirnaldas de los más altos valores, y es por eso que cuando más felices se la prometían la autoridades chinas, el humo de sus manejos de desparrama grosero por el rostro de esa ciudad hecha a su imagen y semejanza, para gritarle al mundo que el cielo de Pekín está gris y cansado, y es en ese espejo donde se despierta la conciencia de que el universo chino no goza de libertad, porque nadie que no esté sojuzgado y oprimido se ahoga sin levantar la voz, sin gritar basta. Nadie, digo, permite que se le borre el cielo sobre su cabeza y se le envenene el aire sin elevar la debida protesta. Sólo un pueblo caído bajo el cataclismo de la más férrea dictadura puede silenciarse hasta ese extremo.
A este terrible silencio se ha sumado el Comité Olímpico Internacional, al impedir a los atletas que hagan declaraciones políticas, una vergonzante máscara más sobre la boca sin remilgos de los honorables y civilizados pueblos occidentales, que les va a permitir viajar y regresar a sus países con la conciencia limpia de culpa, pero los pulmones llenos de humo, del mismo humo que ahoga no sólo el cielo de Pekín sino también las legítimas ansias de libertad del pueblo chino. Esa será la gris sangre que manche nuestras grises conciencias.
A los gobiernos occidentales le falta legitimidad para boicotear los juegos, no así a todos esos hombres y mujeres que conservan aún conciencia de los que son y lo que para ellos representa ese ser frente a la dignidad, la justicia y la libertad. Ellos deberían ser el contrapunto del humo, es decir, el límpido fuego que ahuyente su gris semblante del corazón de Pekín allí donde verdaderamente habita, en los nobles corazones de millones de hombres y mujeres a los que este amordaza en aras de un destino y un futuro que de no remediarlo jamás va a ser el suyo.

Una medalla es el máximo galardón que puede alcanzar un atleta, pero en la prueba de fondo por la libertad a que nos aboca a todos estas olimpiadas no debería caber mayor honor que el de mostrarse generoso y valiente y realizar un gesto que dejase meridianamente claro a los hijos de esos malos humos que una mascarada por más olímpica que sea no lava sus terribles crímenes. Se le ha de hacer saber que son temidos y temibles, pero no respetuosos ni respetados, que no son nada pese a serlo todo porque son los carceleros de su pueblo. Si no lo hacen así el oro va a brillar acerado sobre sus pechos azogado de humo y silencio, eso quizá no lo haga desmerecer en sus vitrinas, pero si en sus conciencias y en la de los que sabremos entonces que Pekín 2008 no fue sino la oportunidad perdida de todos por la gloría de unos pocos.

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