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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Vuelo truncado

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 23 de agosto de 2008, 14:23 h (CET)
El dramatismo que en la tarde del miércoles se derramó sobre la península, creó un ambiente que podía “cortarse”. El distendido clima veraniego se truncó violentamente por la tragedia de una catástrofe aérea. Tan trágica como todo lo que ocasiona el fallecimiento inesperado de más de un centenar y medio de personas. A medida que pasaban las horas, una especulación sucedía a otra, y las interrogantes se iban haciendo menores confirmando la enorme desgracia. Entrada la noche, la escalofriante cifra se impuso con toda crudeza, y dos aglomeraciones humanas se transformaron en sufridos protagonistas del drama; los familiares que en Madrid habían acudido a despedir a los viajeros, y los que les esperaban en su destino. Alrededor de ellos, y de los interrogantes por el fracaso técnico centraron la información siempre angustiada.

También, como suele suceder, los tópicos se sucedían unos a otros: que si es el medio de transporte más seguro, que si un descuido pudo ser la causa, que no hay modo de hacerse a estas catástrofes, los “afortunados” que perdieron el vuelo o estaban de más y viven “de milagro”, y etcétera, etc... Siempre es la cantidad la que sobrecoge, pero la calidad de las víctimas –seres humanos-, es lo que cuenta. Las cifras de muertos en la carretera han dejado de estremecer con su monotonía, y, sobre todo, ahora en que es un respiro saber que son menos que en las mismas fechas del año pasado.

Hace dos veranos fue noticia la frecuencia de accidentes mortales entre las compañías conocidas como de “bajo coste”. La explosión y el desplome hasta el suelo desde baja altura del avión de ayer, es uno más de los accidentes aéreos a sumar en la historia de la aviación -al menos mientras la investigación de las causas en curso no sobreañada motivos que lo singularicen-.

La “precaución” que algunos no pueden evitar a la hora de tomar cualquier avión, tiene su fundamento. El placer de un vuelo, o la velocidad que permite en el desplazamiento, siempre ha conllevado vencer el reparo que siente el hombre al abandonarse –por mucha tecnología que haya- a un medio que no es el suyo natural; la dura tierra, y el sudoroso camino sobre ella.

Asumida la tragedia, una vez más, resta la atención de las verdaderas víctimas, las que han perdido a alguien muy cercano, y por muchos psicólogos que se vuelquen en su cuidado con toda su buena intención, nada enjuga su pena. Tan sólo el tiempo se encargará de ello, y, aún así, porque hay penas que acompañan la existencia para siempre. ¡Cuántos han padecido el dolor sin asistencia psicológica, sino en la más dramática soledad! El dolor es inseparable compañero de la vida del hombre en la Tierra, sea del origen que fuere, y sólo la fe en que el hombre es más que materia carbonizada, hace experimentar auténtico consuelo.

El verano, con los forzados desplazamientos “voluntarios”, resulta fuente de sinsabores. ¡Cómo se añora la vida “normal” entre quienes esperan un retorno vacacional! Es, como la madre de familia numerosa que ve cada noche recogerse al último en llegar de sus hijos.

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