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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Vitae summa brevis (Horacio)

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 23 de agosto de 2008, 14:23 h (CET)
Hay días en los que la naturaleza se cubre de luto como, si el manto lúgubre de la fatalidad, quisiera que nos olvidáramos de nuestras pequeñas miserias, nos impulsara a elevarnos por encima de nuestros egoísmos y nos moviera a superar nuestras malquerencias hacia los otros; para intentar movernos hacia el recogimiento y nos engolfara en nuestras propias conciencias, impulsándonos a ser conscientes de nuestra fragilidad, obligándonos a admitir nuestra fugacidad y haciéndonos descubrir, con humildad, que la existencia tiene un principio y un fin, sin que toda nuestra técnica, nuestros maravillosos progresos y toda nuestra temeraria soberbia de homo sapiens, sean capaces de alterar, en un solo segundo, este tiempo que nos ha sido concedido para que lo aprovechemos o malgastemos, según nuestro libre albedrío.

El horror de 153 personas consumidas en el fuego de la catástrofe; 153 vidas llenas de proyectos, de sentimientos, de ilusiones y decepciones a las que, de súbito, les ha caído el telón del final, sin que ni siquiera tuvieran tiempo de prepararse para su último viaje; sólo se puede asimilar desde una concepción netamente religiosa de la trascendencia de la existencia, del tránsito a otra dimensión huérfana de nuestras flaquezas, odios, dolores, injusticias y muerte. Las familias, los cientos o miles de personas sobre las cuales se ha desplomado la desgracia y que van a tener que convivir con ella toda su vida; no pueden obtener consuelo alguno si sólo consideran esta vida como un fin en si misma, porque la injusticia del frugal paso por la vida de un niño de pocos años no puede medirse, desde el punto de vista materialista, porque no existiría justificación alguna que amparase tan desigual trato. El único consuelo que puede menguar el inmenso sufrimiento de estas personas, que aguardaban ilusionadas la llegada se sus deudos y se tuvieron que enfrentar a la fatal noticia, está en pensar que, aquellos seres queridos que han perdido, han sido llamados por la divina Providencia a un lugar mejor desde el cual, con toda seguridad, podrán ver entristecidos el duelo de aquellos que les quieren y que los echan a faltar.

En días de aflicción como los que estamos pasando todos los españoles; en momentos en los que nos preguntamos cómo será posible que ocurran semejantes catástrofes y nos lamentamos, en nuestra intimidad, por la muerte de tantas personas con las que posiblemente nos pudiéramos haber cruzado por las calles y que, ahora, han dejado un hueco irremplazable en tantos hogares de nuestra comunidad; es muy posible que nos chirríen las alarmas, que se despierte nuestra indignación y que se nos produzca un sentimiento de reprobación cuando podemos comprobar que, en medio de tanta desgracia, en estos momentos de irreprimible dolor por la muerte de seres queridos, todavía existan personas que pretendan explotar los sentimientos de la ciudadanía para explotar sus ambiciones egoístas.

Sobran, desde luego, ruedas de prensa, sin otro objetivo de hacer ver que se está al frente de una investigación encaminada a hallar culpables; sobran, sin duda, frases grandilocuentes y gestos histriónicos para dar la impresión de estar haciendo todo lo posible para atender a los familiares de las víctimas y faltan gestos de humildad, gestos de caridad, y gestos de agradecimiento, del máximo reconocimiento por la excelente, desinteresada y solidaria actuación de los cuerpos de seguridad, sanitarios, psicólogos, conductores de ambulancias y médicos que, de una forma anónima y desinteresada, se han desvivido por hacer el bien, algunos renunciando a sus legítimas vacaciones, para, dentro de lo posible, paliar, amortiguar, desdramatizar y compartir los dolores de quienes han sufrido alguna pérdida en sus familias. Estos son los verdaderos héroes, los merecedores de la gratitud de todos los españoles; estas personas solidarias que, mañana, circularán en el anonimato por nuestras calles, sin que nadie los reconozca, pero con sus pechos henchidos de la satisfacción del deber cumplido. Paz eterna para los que nos dejaron, consuelo para quienes se quedan y deberán sufrir la irreparable añoranza por el ser querido, y el mayor reconocimiento para aquellos que, olvidándose de placeres, incomodidades y egoísmos, han sido capaces de cumplir con su deber como españoles y hombres de bien, sacrificándose por ayudar a sus prójimo.

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