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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Vacaciones de riesgo

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 21 de agosto de 2008, 12:24 h (CET)
Cuando la gente que puede se va de vacaciones, suele tomar medidas de precaución pensando en que al volver las posibilidades de riesgo sean las mínimas. Así, se corta la entrada de corriente eléctrica, del registro del agua o la llave del gas, se deja la nevera ventilada y sin productos perecederos, las ventanas cerradas y las persianas bajas, etc. Alguna de estas medidas actualmente ya no se aconseja -junto a que algún amigo o vecina recoja la sobresaliente correspondencia del buzón-, so pena de que la casa luzca como deshabitada y resulte atractiva para los amigos de “lo ajeno”.

Aún así y todo, llegado el momento del retorno siempre se hace presente el intríngulis de si todo habrá ido bien y se pueda recuperar la existencia normal sin sobresaltos. Seria imperdonable que por descuido se hubiera producido algún deterioro no deseado. Esto es lo que, normalmente, sucede en el pequeño territorio doméstico responsabilidad de cada uno. Se intentan reducir los riesgos que conlleva el abandono. Más, fuera del ámbito doméstico es difícil, por no decir imposible, adoptar parecida serie de precauciones. Las cosas quedan al albur, mal que le pese a uno. Aparte del orden en la mesa de trabajo, para que al reintegrarse no resulte un caos, poco más se puede hacer.

Hechas estas elementales consideraciones, tampoco hay que pensar en que de esos cuidados depende todo el seguro desarrollo de los acontecimientos. Es necesario recordar que el principal descubrimiento del siglo XX para la salud, la penicilina, se debe a la desidia y vagancia de su descubridor. Alexander Fleming, en cierta ocasión se fue de vacaciones a Suiza durante dos meses no interrumpidos, dejando sin recoger la mesa de su laboratorio de bacteriología, y ni siquiera tomó cuidado de cerrar la ventana del mismo. Así ocurrió, lo que ocurrió. Por la ventana abierta entró el viento y, arrastradas con él, unas esporas del “Penicillium chrysogenum”, que, por fortuna, cayeron sobre la desordenada mesa en un recipiente con sustancias nutritivas que les dieron tiempo a desarrollarse durante los sesenta días que el doctor se tomó de vacaciones. Y la penicilina se hizo presente. Es que, como dice Epifanio del Cristo Martínez: ¡Nunca se sabe!…

El guirigay político español consecuencia de las pasadas elecciones se padeció poco tiempo, y el verano inmisericorde se impuso dejando todo muy atrás. Eso sí, nadie pudo tomar precauciones para que a su término, por incompetencia o necedad –o las dos cosas a la vez-, la cosa pública no se enredase más. ¡Ahí te quedas!... se dijeron muchos, y con sandalias y gorra de sol, si su economía se lo permitió, se volcaron en los lugares de descanso estival. A medida de que agosto se acerca a su final, resulta inevitable un cierto canguelo, que como un escalofrío recorre el cuerpo al pensar en el inevitable retorno. ¿Con qué nos encontraremos?

Resumiendo lo anterior, cabe que la sorpresa desagradable haga lamentar el hecho de haberse ausentado. ¿Para qué me iría? Sin embargo, hay que confiar en el azar, no solo en el de “la primitiva” para paliar la crisis, sino en que la naturaleza tiene su matiz providencial, y, a pesar del descuido, las cosas se arreglen solas. A pesar de lo que dice, también, Epifanio: “las cosas no se arreglan solas; siempre hay quien las arregla”. Confianza y optimismo es lo que se ve como necesario desde estas cumbres para quienes retornen de vacaciones.

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