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Virtudes olvidadas: La templanza

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 21 de agosto de 2008, 12:23 h (CET)
En una época en la que todos estamos tocados por la fiebre del consumismo hablar de la templanza parece arriesgado, pero precisamente por ello merece la pena intentarlo.

El diccionario de la RAE dice que esta virtud consiste en moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón. Me parece una buena definición. Para sujetar nuestros instintos y deseos al dominio de la razón es imprescindible educar nuestra voluntad. Mientras que los animales tienen en su naturaleza reguladores automáticos de sus instintos, el hombre cuenta con su razón, con su inteligencia. Si renuncia a usarla y cree que tiene que satisfacer a toda costa sus instintos y apetitos se degrada a una condición inferior a la de los animales.

La incitación constante a disfrutar de todos los placeres de la comida, la bebida, el sexo, las drogas, las diversiones, etc. es la mejor arma de un sistema que quiere convertirnos en consumidores compulsivos haciéndonos creer que nuestra felicidad está en el disfrute de la mayor cantidad de cosas, lo cual anula nuestra libertad y nos hace caer en la trampa de las adicciones.

Comer con moderación nos evitará problemas de salud y quizás haga innecesarios nuestros regímenes de adelgazamiento. Tenemos que poner en juego nuestra voluntad para decir basta, para optar por una sana frugalidad en lugar de una ingesta excesiva.

En los anuncios incitantes al consumo de las bebidas alcohólicas hay en alguno de sus márgenes un aviso legal, con letra pequeñita, que dice: bebe con moderación, es tu responsabilidad. El fenómeno del botellón en jóvenes y adolescentes demuestra la ausencia de una educación en la templaza, en la moderación. Es sorprendente que el gobierno haya puesto más interés en regular el consumo de tabaco que el del alcohol.

La sexualidad es uno de nuestros instintos más fuertes y que es necesario dominar. La invitación permanente que recibimos es a gozar del sexo “seguro”, es decir sin responsabilidad y a facilitar los medios para que no tengamos que dominar el instinto sino darle rienda suelta. Los resultados están a la vista. Promiscuidad, más de cien mil abortos al año, fragilidad de las parejas, violencia de género, búsqueda compulsiva de una felicidad reducida a eso de “hacer el amor” pero que nada tiene de amor. La templanza en la sexualidad, exige la castidad y el dominio de nosotros mismos. Pero ¿quién se atreve a hablar de castidad antes y después del matrimonio?

Tampoco hay templanza en el uso de las cosas. No dominamos el impulso a adquirir cualquier cosa, aunque no nos haga ninguna falta. Nos creemos libres y somos esclavos de la permanente incitación al consumo y de las mismas cosas que compramos. Especialmente los adolescentes y los jóvenes son víctimas de su adicción a los videojuegos, chats, móviles, motocicletas, etc. La templaza en el uso de todas estas cosas exige haber sido iniciado en el dominio de la voluntad. En lugar de ello lo que oímos constantemente es lo de “me apetece” o “no me apetece”, como razón última y suficiente de la conducta.

Usar de la prudencia para fijar los objetivos de nuestra vida, discerniendo entre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, mantener una insobornable inclinación a la justicia, tener la fortaleza suficiente para mantener nuestros objetivos y nuestros compromisos, ejercitarnos en la templaza para someter nuestros instintos y apetitos al dominio de la razón, son virtudes humanas, válidas para cualquiera que sea honesto consigo mismo.

Decía Ovidio: veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo que es peor. Es posible que nuestra voluntad no consiga seguir siempre lo mejor pero el que es constante en buscarlo seguramente encontrará otras virtudes sobrenaturales, más allá de las naturales, que le ayudarán a encontrar horizontes más amplios a su existencia.

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