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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los misterios de la niñez

Rodrigo Solís
Redacción
jueves, 21 de agosto de 2008, 15:30 h (CET)
"Los cuentos infantiles son juguetes filosóficos." Juan Villoro

Las luces del cine se encendieron, caminamos por el pasillo, luego por la acera y luego entre algunos automóviles estacionados para poder llegar al coche. Un par de niños me flanquean a los costados. Uno tiene siete y el otro ocho años. Son mis sobrinos. Y cómo he querido que guarden algún recuerdo bonito de su tío en algún resquicio de su memoria cuando sean mayores; de estas vacaciones de verano en que los he llevado al cine a ver esa película donde el protagonista es un robot llamado Wall-E.

Si me preguntan, esa película es una obra maestra. Y no lo digo por el derroche tecnológico y la espectacular animación que tiene, no señor, sino por la trama. Una película donde casi no existen diálogos y aun así logra tener al filo de la butaca por hora y media tanto niños, adolescentes y adultos, definitivamente tiene que ser una obra maestra.

Sabrá dios qué pensamientos habrán cruzado por la mente de mis sobrinos al ver la película, pero algo es seguro, al menos a uno de ellos le tocó las fibras más sensibles. "¿A dónde vamos cuando morimos, tío?", me pregunta el menor. Esa es una pregunta que con seguridad un tío no está preparado para responderle a su sobrino de siete años, no sí sus padres están a varios kilómetros de distancia. "¿Que a dónde vamos cuando morimos?", respondo con una pregunta para ganar tiempo. Confieso que nunca he sido niñero y ahora recordaba por qué: carezco de esa capacidad que tienen los adultos para comportarse como unos perfectos imbéciles cuando están delante de un niño, ya saben, haciendo esas vocecitas de niños y tratando a los niños como si fueran unos bebés toda la vida. "Sí, tío. ¿A dónde vamos cuando morimos?", vuelve a la carga. Una cosa es llevar a tus sobrinos al cine y otra muy distinta que al llegar a casa su mamá les pregunte cómo estuvo la película y uno de sus hijos le salga con la buena nueva de que al morir te apagas como un televisor. "No tengo idea de a dónde vamos cuando morimos", respondo. Mi sobrino abre los ojos tan grandes como los de un sapo; todo parece apuntar a que es la primera vez que un adulto no sabe darle una respuesta. "En mi escuela dicen que cuando mueres te vas al Cielo", dice. En mi escuela también solían decirme eso, entre otras muchas cosas que nunca pudieron comprobar mediante una explicación que tuviera sentido. "Pues ahí lo tienes, el Cielo es un bonito lugar para ir", le digo a mi sobrino. "¿Pero tú qué crees tío?", me pregunta. Los focos de alarma se encienden. "¿Que qué creo yo?", respondo con otra pregunta para ganar tiempo. Maldito Wall-E, pienso, bonito lío en el que me ha metido ese robot. "Sí, ¿qué piensas tú del Cielo?", me pregunta el niño abriendo nuevamente sus enormes y redondos ojos. Al diablo, cuando era un niño y le hacía preguntas de ese estilo a los adultos ellos me mandaban a jugar con mi hermano y mis primos, y luego me decían que fuera un niño bueno para que al morir pudiera ir a un lugar del cual nadie quería hablarme. "No creo en el Cielo, yo creo que cuando mueres te apagas como un televisor", le digo finalmente. Mi sobrino, lejos de sorprenderse, sigue caminando tranquilo y me dice: "Para navidad pienso pedirle a Santa Claus que me traiga a Papá Abu. ¿Crees que me lo traiga del Cielo?", me pregunta. "Lo dudo, pero pídeselo de todos modos, uno nunca sabe", le respondo y subimos al auto. "Tío, ¿Wall-E era un robot mujer, verdad, si no por qué se enamoró de ese otro robot que disparaba?", me pregunta mi sobrino mayor. Antes de responder acelero a toda velocidad para llegar a casa lo más rápido posible y tengo la ligera sospecha de que mi cuñada en su vida me volverá a dejar pasear con mis sobrinos sin la supervisión de un adulto.

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