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Etiquetas:   Crítica de cómic   -   Sección:   Libros

‘Tango’ de Hugo Pratt: "Nunca camines por el centro de una calle iluminada"

Herme Cerezo
Herme Cerezo
jueves, 20 de noviembre de 2008, 06:18 h (CET)
La primera imagen de un ser humano que encontramos en ‘Tango’, el álbum de Hugo Pratt protagonizado por Corto Maltés, su criatura más universal, o quizá deba decir el álbum de Corto Maltés, protagonizado por Hugo Pratt, el narrador de cómics más literario, es inenarrable: un jugador de billar, chaleco negro, desabrochado, camisa blanca y pajarita, también negra por supuesto, el taco recién utilizado (si fuera pistola escribiría recién disparada), todavía aferrado a su mano izquierda, reclina su tronco sobre el borde de la mesa. Mientras madejas de humo, tibias, paralelas, horizontales, invaden la lámpara que alumbra el tapete, el tipo exclama: Y con esto me debe mil pesos.




Portada del cómic.


¿Puede alguien concebir un inicio más idóneo para una incursión de Corto en Argentina? La respuesta es única. No puede haber otra: no. Máxime, si antes hemos sabido controlar nuestra impaciencia de lector voraz y hemos engullido de un sorbo, como si de un bourbon se tratase, los textos preliminares de Juan Antonio de Blas, de Marco Castellani o del propio Hugo Pratt sobre el marco histórico que envuelve este ‘Tango’: los ghettos judíos del primer tercio del siglo XX, los proxenetas, el barrio de la Boca, los últimos coletazos de la leyenda de Butch Cassidy, Etta Place y Sundance Kid, el mundo del tango, de las bailarinas, de los cantantes, de las orquestas criollas o del antro de "La Parda". Claro que este aperitivo no lo sirven solo: los dibujos y pruebas de Pratt, lindos, esbozados, seductores o abiertamente lascivos, que lo acompañan son complemento adecuado. Bellas láminas, inacabadas, tan convincentes e indispensables como todo el álbum que viene después, una suerte de introducción gráfica indispensable. Sí, indispensable, mis improbables. O de obligada lectura, como se dice hace ya tiempo.

Corto, nacido en La Valeta, hijo de un marino de Cornualles y una gitana sevillana, que con una navaja trazó en su propia mano una nueva línea de la fortuna, porque la que le tocó en suerte no le gustaba, regresa a Buenos Aires en busca de una amiga suya: Louise Brookszowyc, que trabaja para La Varsovia, organización de severas reglas, que controla la prostitución en Argentina. Corto pisa, ¿alguna vez no?, terreno peligroso como le advierten Pinti Larregui de Martínez, alias el Vasco, y su amigo Fosforito Ramírez, el tipo del chaleco, la pajarita y el taco de billar del inicio. Poco después, un hombre es asesinado confundiéndolo con Fosforito, auténtico objetivo de crimen. A partir de ahí la acción se desencadena, fluye sola, natural, sólida, porque ‘Tango’ es un álbum menos aventurero que policial. ‘Tango’ es una novela negra dibujada con todos los ingredientes del género: asesinatos, venganzas, corrupción, extorsiones, negocios clandestinos, silencios incuestionables, tapaderas, lujo y miseria... Y en medio de todo ello Corto Maltés, travestido para la ocasión en un Sam Spade cualquiera, creando problemas con sus preguntas, su búsqueda, su sola presencia. Incordiando a fin de cuentas. ‘Tango’, además, se mueve en el territorio urbano de un Buenos Aires eternamente nocturno. El marino del pendiente no conoce el sol en esta historia, aunque sí contempla dos lunas ya que "como todo el mundo sabe, se pueden ver dos lunas crecientes la noche del 31 (de junio) ... pero no la noche del 20. De todas formas, en ese mes de junio de aquel año se vieron muchas lunas", tal y como reza el texto de la última viñeta del álbum. Es precisamente esa nocturnidad, y alevosía, por la que transita Corto, la que permite a Hugo Pratt ejercitar el arte donde es maestro: el manejo de las sombras: un grueso trazo de rotulador, longitudinal, sobre un hombro, una pierna o una parte del rostro, hacen que cada dibujo, que cada viñeta, cobre vida plena, relieve, su esencia, especialmente en los primeros planos y en los medios, donde este recurso produce un mayor rendimiento gráfico, todo ello siempre con el soporte de los magistrales parloteos de sus personajes, algo completamente natural en un autor que se autodefinió una vez como "novelista, un tipo que hace literatura, un fabulador que escribe con dibujos".

Pero Fosforito pronto le informará de la muerte de Louis Brookszowyc y de que ha dejado una hija de tres años. Louise y un periodista, que trató de ayudarla, rascaron demasiado profundo donde no debían, o donde debían pero no podían, y los suprimieron. Surgen entonces las implicaciones de la policía, representadas por el inspector Estévez y su secuaz Escudero. Y el interés de Corto, ahora por encontrar a la niña, activa un dispositivo para acabar con él. Sufre un atentado y Hugo Pratt no pierde la ocasión para marcarse una espléndida página, la 106, donde un sicario de sombrero y gabán gangsteriles atenta contra el marino. Todas las viñetas de esa página, una por una, conforman una joya, una trama en sí misma, una sorpresa. Son encuadres plenamente cinematográficos, que el propio Hitchcock hubiese deseado filmar ... y firmar. La frase "nunca camines por el centro de una calle iluminada", que encabeza esta reseña, proviene de allí. Pero la trama se complica todavía más. Un nuevo personaje, ambicioso, solitario, el archivero O’Maley, se suma a la fiesta y hace saltar por los aires las corruptelas policiales. Por un momento, O’Maley se convertirá en el aliado, necesario y molesto a la vez, del inspector Estévez.

Pero ya no voy a seguir con el argumento. Ya conté suficientes cosas. Y me marcho por otros derroteros, desacostumbrados, porque en un determinado momento, ‘Tango’ exhibe una inusual imagen de Corto Maltés: la de un pisaverde de peinado impecable y engominado, levitón de tiros largos y fiesta nocturna, pajarita y zapatos de charol, tan brillantes como su cabello, amartelado en un baile de la alta sociedad con la teniente Farias Gómez, marcándose un tango apretado, ensoñador y porteño. Insólita o, al menos, curiosa estampa en la vida de un marino tan atípico, donde las mujeres ocupan un lugar distinto, un lugar en el pasado, un lugar sin presente ni futuro... En otro pasaje del álbum, Esmeralda, una antigua amiga, derrotada, lo deja claro: "Y pensar que por un momento creí que habías vuelto por mí".

Y mientras esto escribo y en Benicàssim muere la noche del catorce de agosto de dos mil ocho, una noche con una sola luna escondida, por momentos, tras un rebaño de nubes caprichosas, como el humo de la mesa de billar de Fosforito Ramírez, a lo lejos, en las terrazas y restaurantes de moda, la gente cena y escucha la voz y los teclados de un músico de alquiler que encandila la velada. Y siento que no les envidio. En absoluto. Mi tecito y el ‘Tango’ de Hugo Pratt y Corto Maltés o de Corto Maltés y Hugo Pratt, inventan para mí esta partitura, la que deseo escuchar, casi delictiva, nada silenciosa, escrita y dibujada, cuya melodía suena en mi cabeza sin orquesta alguna: "Corrientes 3-4-8, segundo piso, ascensor. No hay porteros ni vecinos..."

Ya no queda nada que añadir y, por eso, ahora Corto Maltés se da la vuelta y me mira de soslayo mientras prende un pitillo con fósforo de madera. Cierra los ojos un instante, deja escapar el humo, ajusta su guerrera y, de espaldas, sale por la esquina de una viñeta imaginaria, con ese paso suyo alargado y curvo y con los faldones, sombreados en negro, de su levita al vuelo se aleja hacia otra parte. ¿Hacia cuál? Ni idea. Tal vez, como escribiera la novelista Susana Fortes allá por el mes de enero de 1996, "hacia los olivos plateados de las tierras de Aragón. Según Hugo Pratt hubiera sido el último paisaje que iba a contemplar Corto Maltés desde un nido de ametralladoras de las Brigadas Internacionales". Pero nunca llegó allí, convirtiéndose, como ya apunté en su día en uno de mis artículos, en otro desaparecido de la Guerra Civil Española, la puta guerra que diría Carlos Giménez, tan puta que también se cobró héroes de papel.

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‘Tango’ de Hugo Pratt. Norma Editorial. Tapa blanda, 136 páginas, 24 euros.

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