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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

Nos estamos cansando de tanta emigración

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
miércoles, 20 de agosto de 2008, 13:17 h (CET)
La relación de España con la emigración ha sido tradicionalmente cercana e íntima, no todos los pueblos del mundo pueden hablar de ella con tanto conocimiento de causa como nosotros. Basta con echar un vistazo a las guías telefónicas de cualquier país para verla llena de apellidos españoles, de cualquiera de las diferentes regiones.

América está llena de Pérez o Rodríguez, de Oleiro y también de Ibagaza. Son menos frecuentes, pero también hay apellidos de origen catalán. Este verano he pasado uno de mis mejores momentos disfrutando una fiesta de recreación de la emigración en un lugar tan especial cuando de estos temas se habla como Colombres, en Asturias, un hermosísimo pueblo que exhibe orgulloso magníficos palacetes de aquellos afortunados hijos del lugar que volvían enriquecidos de hacer las Américas.

Lo de América puede haber quedado históricamente atrás, pero ni siquiera es necesario echar ese vistazo a las guías de Suiza, Francia o Alemania porque la memoria nos escolta con facilidad a aquellos años en que los trenes atravesaban abarrotados las fronteras con Francia. Los españoles hemos colonizado el mundo, no tanto como los chinos, pero también hemos ido dejando nuestra huella por multitud de lugares. Y de momento voy a apartar de este artículo la emigración interior, los grandes movimientos de masas que en los años sesenta llevaron a millones de andaluces, extremeños o castellanos a dejar sus pueblos y trasladarse obligadamente a Cataluña, Madrid o el País Vasco. Gracias, Franco. Al parecer este año la emigración temporal a la vendimia de Francia va a sufrir un repunte. Todavía no me atrevo a dar las gracias a nadie.

Y luego dicen que el pescado es caro. Que las encuestas empiezan a señalar que los españoles nos estamos cansando de la emigración, que creemos que hay muchos y que son todos unos delincuentes, fuera con ellos. Y es que las vacas gordas de estos últimos años han empezado a perder kilos con la colaboración de un gobierno que lleva meses inactivo y empeñado en negar la existencia de una crisis económica. Dice mi suegra, saludos, que Dios nos libre del piojo hambriento que se ve harto de comer. Y los españoles, tradicionalmente mal alimentados, llevamos unos años comiendo a dos carrillos, de modo que el dinero que una vez tuvimos se nos ha subido a la cabeza.

A mí lo que me parece es que no hay quien aguante a un señorito que antes ha sido criado y que como nuevos ricos nos hemos fabricado un falso pedigrí de nobleza y señorío, sin acordarnos de donde venimos ni del hambre que hemos pasado. Y ahora queremos echar de nuestro lado a quienes han colaborado con nuestro milagro económico.

El otro día, en la barra de mi bar preferido, había a mi lado una ¿señora? que decía que lo de la delincuencia no tiene mayor problema, al delincuente se le mete en la cárcel, sea o no inmigrante, y ya está, pero que el problema más gordo es que los inmigrantes son feos, y que con los feos no puedes hacer nada. Y como se reía mucho de su supuesta gracia simulé una torpeza, en realidad no me hace mucha falta el disimulo, y le arrojé por el escote mi café con hielo. Intenté poner cara de inmigrante, para que quedara claro, pero creo que no lo conseguí.

Esto de echar la culpa a los pobres no lo hemos inventado nosotros, pero somos grandes maestros internacionales. En realidad España no es racista, sino clasista. Ahí tienen ustedes a mogollón de inmigrantes, tipo Ronaldinho, Eto’o o Robinho, a los que nadie les acusa de robar ni de quitarnos nuestros puestos de trabajo. Son ricos y famosos, no tienen problemas de este tipo; al contrario, miles de españoles les admiran, seguramente porque no somos racistas sino clasistas.

Puede que para muchos españoles los moros sean todos una mierda, pero cada vez que el rey de Arabia se acerca a Marbella deja propinas de 500€ y algunos de por allí andan todas las primaveras pidiendo escaleras para subir a la cruz y rogar por la venida del moro.

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