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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

La verdad que

Mario López
Mario López
miércoles, 20 de agosto de 2008, 13:17 h (CET)
Las respuestas de los deportistas a las preguntas que les hacen en radio o televisión acerca de las competiciones en las que acaban de participar vienen siempre precedidas, invariablemente, por el introito atlético: “la verdad que”. Ciertamente, dichas preguntas no pueden ser muy complicadas, habida cuenta del escaso argumento inherente a cualquier suceso deportivo; más o menos el mismo que pueda tener una película porno. Pero hoy no podríamos entender el final de un acontecimiento deportivo sin la epitáfica entrevista a sus protagonistas. Sin ella, no lo daríamos por concluido y correríamos el riesgo de quedarnos ahí, delante de la tele, como unos pasmarotes, tiempo y tiempo, impasibles, desatendiendo temerariamente las otras actividades que de ordinario nos ocupan; si es que tenemos la suerte de tener otras actividades que nos ocupen, claro está. Supongo que esta costumbre de cerrar capítulo con la entrevista al protagonista viene de lejos, de cuando algún mítico periodista tuvo la genial ocurrencia de añadir este último acto al evento deportivo para poner un colofón a la retransmisión; colofón que ha propiciado el acercamiento del héroe a su público. Algo que, de algún modo, nos distancia favorablemente del circo romano. Que todo hay que decirlo.

El caso es que nunca nos sorprenderá la respuesta de un deportista. Es más que previsible. En el 99% de las ocasiones la conocemos, pero necesitamos que nos la diga él. Si el deportista ha ganado, dirá: “la verdad que… ha sido difícil, pero me he sentido a gusto y me salieron bien las cosas”. Si ha perdido, dirá: “la verdad que… no ha sido muy difícil, pero no me he sentido a gusto y no me salieron bien las cosas”. Bueno, todo eso que nos acaba de decir ya lo pudimos comprobar nosotros mismos en vivo y en directo, pero no lo podemos consignar como un hecho cierto hasta que el deportista no lo ratifique públicamente diciéndonos: “la verdad que”. Sólo él sabe “la verdad que”. Y no podemos irnos a dormir sin tener la seguridad de que nuestra verdad es “la verdad que”. De hecho, hay mucho chinchorrero que no dejará de hostigarnos hasta que no oiga decir del protagonista “la verdad que”. Pero no nos podemos quejar. Tenemos que reconocer que si no fuera por esos chinchorreros no habría discusión y sin discusión, nos quedaríamos sin argumentos con los que justificar en casa nuestra tardanza: “la verdad que.. me entretuvo el plasta de Manolo”.

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