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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La libertad religiosa: un bien para toda sociedad

Jesús Domingo Martínez
Redacción
martes, 19 de agosto de 2008, 14:46 h (CET)
Sólo a través de la confianza recíproca es posible comprender que la libertad religiosa, expresión suprema de la libertad personal, no es una amenaza, como tampoco una fuente de conflictos.

Antes al contrario, es la máxima garantía de que la ordenación de la vida comunitaria es fruto de la búsqueda consciente de la verdad, y no se edifica a partir de ideologías impuestas, ni se construye a partir de la coacción ejercida por el poder político o religioso. Ni el hombre puede ser obligado a actuar contra su conciencia, ni se le puede impedir que actúe conforme a ella. Éste es el anverso y el reverso de una moneda cuyo valor real no sólo desconocen los integrismos religiosos, sino también los integrismos ideológicos que, como sucede en algunas latitudes de la vieja Europa, desprecian la dimensión comunitaria de las convicciones religiosas, al tiempo que niegan la contribución positiva de la Libertad Religiosa al bien común de los pueblos.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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