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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Imágenes e imagen

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 19 de agosto de 2008, 12:12 h (CET)
Whitman, el padre de la criatura “hojas de hierba” conoció a un profeta que iba más allá de los matices y de los objetos del mundo, del campo del arte y de la ciencia, del placer, de los sentidos, para espigar imágenes que es lo más eficaz del lenguaje. Con justicia el pueblo dice que una imagen vale más que mil palabras. El mundo, todo el mundo es una fábrica de imágenes que proyecta a la vida. He aquí que tú o yo, -prosigue el antedicho y el más grande de los poetas norteamericanos-, o la mujer, hombre o estado, conocidos o desconocidos, parece que construimos sólidas riquezas, fuerza, belleza, pero realmente construimos imágenes. Un amigo es una imagen de nosotros mismos. El tiempo es una imagen temporal de lo eterno. El espacio es una imagen inventada por la soledad. Las palabras son el reflejo de los sentimientos. Nuestra misma manera de actuar es un espejo que nos retrata. Todo es figura de un objeto por la combinación de los rayos de luz que proceden de él, representación viva y eficaz de una intuición o visión poética por medio de signos, semejanza y apariencia de algo.

Vivimos rodeados de imágenes. Los poetas y artistas que suelen tener una visión clarividente, que va más allá de la cotidianidad, son esponjas de metáforas y símiles. Me quedo con sus descriptivas letras. Como decía Dámaso Alonso, el objeto del poema no puede ser la expresión de la realidad inmediata y superficial, sino de la realidad iluminada por la claridad fervorosa de la poesía: realidad profunda, oculta normalmente en la vida, no intuible, sino por medio de la facultad poética y no expresable por nuestro pensamiento lógico. Cuando el poema ya está creado, su virtualidad consiste en producir en el lector una conmoción de elementos de conciencia profunda igual o semejante a la que fue el punto de partida de la creación, hacer que el ser humano se abstraiga un momento del estrés diario, hacerle comprender bellamente el mundo, comprenderse a si mismo y comprenderlo todo.

En esa permanente y persistente producción de imágenes que es vivir, cuando la persona olvida el valor ético y la valía estética, hace oídos sordos al poeta del alma que todos llevamos dentro, sus egoístas actuaciones brotan estampas verdaderamente escalofriantes. Tantas veces la crueldad y la violencia, violaciones y torturas, se transforman en motivo de divertimento, que hemos hecho de la efigie del mundo un problema. Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego, dijo Gandhi. Resistir hoy a las tentaciones del egoísmo, del placer, de la desesperanza, de la nada, del odio, exige ideas claras y horizontes firmes, para fomentar imágenes de entendimiento. Frente a un aluvión de despropósitos que nos desborda, nos queda la esperanza de otra gente dispuesta a reconstruir otras imágenes de vida, que no de muerte, como ese entusiasta equipo de especialistas del Comité Asesor de Derechos Humanos dispuesto a preparar un borrador de declaración sobre educación y capacitación en derechos humanos. Ellos son el árbol de la luz, la arboleda que necesita el paisaje humano, la imagen que hoy precisa darse en la tierra.

Los injertos de odio, tan impresos en las imágenes del mundo actual, lo que pone de manifiesto es que todavía la alianza de civilizaciones es puro espejismo. En la lucha entre el bien y el mal, entre el amor y el enfermizo desamor, pueden influir poderosamente las convicciones ideológicas. Todos hemos sido testigos de cómo grupos ideológicos, tratando de reaccionar ante frustraciones sociales y prometiendo vías de liberación, desencadenan a veces conflictos desmesurados que al fin producen sólo mayores angustias. A mi juicio, grave es la responsabilidad de las ideologías que lanzan iconos seductores, esculturas sugestivas, ídolos cautivadores, símbolos provocativos, donde el rencor y el resentimiento son primer plano de la imagen. Se hace necesario, pues, un auténtico y regeneracionista cambio en la construcción de imágenes, o sea en la construcción de nuestra propia vida, de nuestro propio hábitat. Nosotros, -ya lo dije anteriormente,- somos la fábrica de imágenes y, como tales, hemos de propiciar otras poéticas capaces de superar las brechas que se vienen abriendo entre mundos y poderes, entre países y pueblos, entre etnias, religiones y culturas.

El mundo – en palabras de León Felipe- es algo que funciona como el piano mecánico de un bar. Se ha acabado la cuerda, se ha parado la máquina. Todo buen combustible es material poético excelente. Para regresar al verso hay que cambiar modos y maneras de vivir. La conservación del medio ambiente, la promoción del desarrollo sostenible y la atención particular al cambio climático son cuestiones de las que todos hablamos, pero que hasta ahora hacemos bien poco. Sin embargo, lo que si cuidamos es nuestra imagen. Es algo que está de moda. Para poder tener éxito, aunque sea pasajero, necesitamos ganar puntos a los ojos de los demás. Lo solemos hacer, aunque sea vendiendo nuestro propio cuerpo o hipotecando nuestra propia vida. Deseamos ser bien acogidos. Pero, a menudo, se infiltra en nuestra imagen el endiosamiento, el afán de dominio, los personalismos y el sentirse señor imprescindible, En realidad, centrar la vida en nosotros mismos, como imagen perfecta, es una trampa mortal. Algo muy del momento presente. Así pues, entre toda la producción iconográfica engendrada por la fábrica humana y también creada por ley de vida, me quedo con la imagen del poeta sensible a todo humano y con las imágenes poéticas del agua que, hasta de las piedras, hace brotar el musgo.

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