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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

La condena como aperitivo

Mario López
Mario López
domingo, 17 de agosto de 2008, 22:01 h (CET)
La política antiterrorista implantada en nuestro país es tan sorprendente y exuberante como el fondo de armario de Sara Montiel. Hoy nos acaban de mostrar nuestros legisladores un nuevo diseño de su cosecha, cuyo objetivo es mejorar el atavío de los etarras no arrepentidos cuando abandonen la cárcel, una vez que hayan cumplido la pena que en su día les fuera impuesta en aplicación de la legislación vigente. Bueno, parece que de momento se va a restringir la producción de este preciado producto a los etarras. Por ahora no está previsto ampliarla a otros sectores de la población reclusa. Parece ser que está fuera de dudas el arrepentimiento de todos los criminales no etarras que en la actualidad residen en nuestros penales. No obstante, si la opinión pública elevara a la categoría de escándalo la puesta en libertad de otros reclusos que hayan cumplido sus condenas, se podría estudiar la posibilidad de crear un nuevo producto para cada caso. De momento, el modelo que se le va a asignar a los etarras no arrepentidos va a ser una pareja de policías con diez años de durabilidad. Vamos, que ni el calzado de Segarra o Los Guerrilleros aguanta tanto.

Con este tipo de medidas, que no voy a entrar a discutir, parece que el menú de condenas que incorpora el Código Penal se va a quedar simplemente en un aperitivo. Es decir, si alguien va a la cárcel durante tres años por conducción temeraria, hasta que cumpla su condena no sabremos si se reincorporará a la sociedad como ciudadano de pleno derecho o con ciertos estigmas o controles. Todo dependerá del arrepentimiento que muestre el encausado. Si se da el caso de que el individuo se manifiesta cien por cien arrepentido, pues nada, se le reinserta al cien por cien, claro está, siempre que la inflación y la recesión lo permitan. Pero si existiera alguna reserva mental, una duda, una ligera sospecha de que el redimido delincuente no está totalmente arrepentido; por ejemplo, si se tuviera la certeza de que al menos en un veintisiete por ciento el condenado piensa que la acción que le llevó a la cárcel fue cosa encomiable, pues habría que hacerle ir a cenar una vez al mes al cuartelillo de la Guardia Civil y pasar una noche cada dos meses y medio en el penal más próximo a su domicilio. Además, debería llevar una pegatina en algún lugar bien visible del cuerpo en el que se pudiera leer: “No es impepinable, pero cabe la posibilidad de que cuando coja el coche cometa algún disparate”. Y, por supuesto, habría que trucarle el motor de su coche para que no pudiera alcanzar una velocidad superior a sesenta quilómetros por hora. Y en el carné de conducir se le pondría un sello que dijera: ¡CUIDADO, QUE ME CONOZCO!

A mí todo esto me parece muy bien. Muy concienzudo. Muy elaborado. Un poco farragoso, quizá, pero digno de las privilegiadas mentes de nuestros próceres. Pues que sigan así que llegarán lejos.

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