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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

La guerra del mar Negro

Mario López
Mario López
domingo, 17 de agosto de 2008, 22:01 h (CET)
Georgia ha declarado la guerra a Rusia y, aparte de la lógica inquietud que me provoca, la noticia me ha envuelto en una ensoñación novelesca. Hace años salí con Tamara de Bragation, la hija de la jefa de la casa real georgiana. Si me hubiera casado con Tamara y Georgia hubiera optado por la monarquía, ahora mismo yo podría ser el zar consorte de Georgia, ya que Tamara sería la zarina por estar su madre incapacitada a causa de su mala cabeza. Después de dos matrimonios fallidos –el primer marido murió en África, en las circunstancias más extrañas que cabe imaginarse- la mujer se lapidó la inmensa fortuna familiar y la herencia de sus propios hijos.

La pobre, ya digo, está bastante trastornada. El caso es que si los acontecimientos se hubieran desarrollado de otra manera, ahora mismo yo estaría metido de lleno en esta guerra que acaba de estallar. Y lo estaría interpretando un papel protagonista; nada menos que el de zar consorte de Georgia. Me imagino en mis mejores galas militares, con bigote prusiano y fusta en ristre, dirigiendo desde la torreta de un BMR a las tropas georgianas. Y Tamara a lo lejos, desde el balcón de nuestro palacio de Tiflis, despidiéndome con su pañuelo de seda, sollozando abrazada a una estatua de Kartlis Deda. Me imagino la envidia que le iba a causar a nuestro héroe de Perejil, José María Aznar López, que sólo pudo paladear la gloria de enfrentarse a media docena de moros onanistas que ocupaban con desidia un peñasco no más grande que la cripta de la Virgen de Covadonga.

Bueno, las ensoñaciones son como son, absurdas e inevitables, y es tarea ociosa renegar de ellas. Lo verdaderamente dramático es que la realidad también es bastante absurda e inevitable. Una guerra en la costa oriental del mar Negro, a tiro de piedra de Turquía, entre dos países que acaban de abrazar con pasión la economía de mercado y sus ciudadanos recorren Europa moviendo, con un descaro que raya la obscenidad, ingentes sumas de dinero, nos debería de causar auténtico pavor. El incendio de los Balcanes aún no se ha terminado de sofocar y estamos inmersos en un ciclo económico absolutamente imprevisible, como lo demuestra el permanente estravío en el que se suceden los análisis de expertos y gobernantes. No me gusta ser agorero, pero estamos entrando en una dinámica extremadamente delicada. Deberíamos de exigir a las Naciones Unidas la respuesta más contundente a este gravísimo ataque contra la paz mundial. Vamos a ver cómo las generaciones futuras recuerdan los Juegos Olímpicos de Pekín. Esperemos que lo hagan exclusivamente por los resultados deportivos y no por constituir la última manifestación del espíritu olímpico de nuestra especie.

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