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Tags: Opinión · Cesta de Dulcinea · Nieves Fernández
Gestos y alaridos olímpicos


Nieves Fernández


Nieves Fernández Nieves Fernández
domingo, 17 de agosto de 2008, 03:27
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Un gusto cuando los olímpicos ganan y expresan con sus mejores o, a veces, impúdicos gestos corporales la señal de que son vencedores. Para llegar a ello deben soltar toda una suerte de gritos y alaridos de esfuerzo, gritos y alaridos que son televisados y vistos y oídos por nosotros que, aparentemente, estamos al otro lado de la pantalla televisiva en la más aparente calma y tranquilidad, si tranquilos podemos estar a veces cuando juega o participa un español y está a punto de perder o ganar medalla del metal que sea, porque medalla y metal andan en juego.

Hablo por ejemplo de las olímpicas de halterofilia Lidia Valentín y Cao Lei, española y china respectivamente, que han competido por medallas con sus gritos olímpicos muy particulares antes de decidirse a tomar las pesas y levantarlas, ya apenas sin voz, porque todo su esfuerzo lo tienen precisamente en otros músculos del cuerpo. La leonesa Lidia Valentín no pudo conseguir medalla pero sí diploma al quedar quinta en Pekín y conseguir dos récords para España. Con la fuerza de su grito levantó 115 kilos en arranque y 137 kilos en dos tiempos. Sin embargo, el alarido chino de Cao Lei fue el que anunciaría que sus 282 kilos se tradujeran en una medalla de oro y tres nuevos récords olímpicos para el país anfitrión.

Otro ejemplo, el partido de tenis de ayer donde Rafa Nadal se aseguró medalla de oro o plata. De sobra son conocidos los alaridos de queja y sobreesfuerzo que suelta el niño de Manacor cada vez que le da a la pelota con su raqueta, da igual que ésta vuele con más o menos fuerza, con más o menos brío y sapiencia, siempre va a ir acompañada de un grito exageradamente lanzado, no se sabe si es el grito el que empuja a la pelota o la velocidad de la misma, que a veces llega a los 200 kilómetros por hora, la que hace vibrar ese sonido gutural y agónico, pero el caso es que Nadal demuestra en cada partido que se lo curra bastante bien en la pista, al menos lanzando su repetitivo grito de guerra, deportiva se entiende.

Pero no sólo es Nadal, su rival de ese momento, Djokovic parecía hacerle eco en cada derecha que le contestaba, con lo cual el partido se convirtió a la par de interesante en un dúo sonoro y rítmico donde las raquetas se aliaban con las voces y quejas del inmenso esfuerzo de un gran partido de semifinales.

Un gesto del jugador serbio cuando hubo coronado un parcial del partido le creyó poseedor del campeonato y se dio fuertemente en el pecho a modo de King Kong, gesto que repitió nuestro Nadal cuando le hubo superado. Al final del encuentro, Nadal fue sólo Nadal, como todos esperábamos y lejos de repetir este gesto primate de prepotencia se limitó a hacer lo que hace siempre en todos los partidos ganados, que por cierto este año son muchos, a cerrar su puño, a levantarlo con fuerza a modo de gancho y a crear tensión en su rostro para después tirarse a la pista, a tocarla con su espalda como cada pista en la que gana, ese es su gesto del éxito.

Mientras que unos olímpicos se tiran al suelo, otros gritan en distintos idiomas, otros miran al cielo en espera de reencontrarse en esos momentos de gloria terrenal con algún familiar o amigo fallecido, otros se chupan el dedo para dedicar el triunfo a sus bebés, pero todos conocen la derrota y el triunfo y como nuevos gladiadores del siglo XXI.

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