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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

Conventos, monasterios y abadías como centros de acogida de inmigrantes

José Vicente Cobo
Vida Universal
sábado, 16 de agosto de 2008, 12:26 h (CET)
Con la llegada del buen tiempo aumentan las pateras con destino a las costas españolas. Esta semana La Guardia Civil y Vigilancia Marítima en varias ocasiones han tenido que salir en busca de precarias embarcaciones cargadas con más de medio centenar de personas, cuando se encontraban a la deriva por falta de combustible. En ella viajaban niños y mujeres embarazadas. En lo que va de año han llegado a las costas andaluzas 1.670 personas y 4.620 a las Islas Canarias.

La tragedia de la inmigración proveniente del continente africano ha llegado a convertirse para nosotros en algo tan habitual que rara vez nos sorprenden las noticias que a diario saturan los informativos españoles. Tampoco recapacitamos sobre el incierto y penoso destino que espera a los inmigrantes una vez pisado suelo europeo, los cuales salvo raras excepciones, podrán alcanzar el sueño de una vida mejor.

Esta realidad cotidiana y dolorosa es una tragedia humana que seguirá en aumento si los pronósticos de crecimiento de hambre en el mundo, problemas derivados del cambio climático y enfermedades que los expertos pronostican para África se cumplen. Grandes desplazamientos de personas están anunciados. Mientras tanto muchas familias confían en la llegada a Europa de sus jóvenes como la única salida.

Las mafias organizadas aprovechan los sueños de muchos para desvalijarles los bolsillos con los pocos ahorros que la familia invirtió en este prometedor viaje. Mientras tanto África sigue creciendo, millones de niños nacen cada año y millones enferman y mueren de SIDA ante la negativa eclesiástica de permitir la utilización del preservativo, algo que podría frenar una oleada de nacimientos, muertes, hambre, dolor y sueños rotos. Uno podría suponer entonces que su iglesia, la que les permite nacer, luego se hará responsable por el futuro de cada niño. Pero no, todos sabemos que esto no es así, nada más lejos de la realidad, pues lo poco que la iglesia envía a África sale de los bolsillos de los feligreses y no de los fondos del Vaticano a pesar de que Benedicto XVI ha hablado del valor de compartir y de la importancia de no atarse a las riquezas terrenales. Palabras pías de un discurso ya olvidado que no ha traído ningún cambio.

No hay duda que la triste situación de África no va a mejorar con cargo a la riqueza del Vaticano, sin embargo que buena alternativa podría ser para la Iglesia ayudar a los muchos que llegan a España desesperadamente antes de que terminen malviviendo en míseros suburbios, pidiendo en las calles o explotados por agricultores sin escrúpulos. ¡Al fin y al cabo pueden seguir reproduciéndose sin control alguno!. Pero la Iglesia una vez más vuelve a mirar para otro lado. Entonces el Estado tiene que hacer frente al elevadísimo coste económico que supone acoger a estas personas.

Conventos, monasterios, abadías, obispados, parroquias y catedrales podrían servir de centros de acogidas de inmigrantes, quizás el colectivo más necesitado de todos los que viven en Europa hoy día. Esta sería una grandísima obra de caridad que les serviría para dar vida a las palabras de Jesús quien dijo: "Lo que hagáis a la más pequeña de mis criaturas, eso me hacéis a mí" o "dad de comer al hambriento, visitad al enfermo y vestid al desnudo".

Aconsejar desde cómodos y ricos salones donde se sirven suculentos manjares precisamente a quienes mueren literalmente de hambre o enfermedad, es una malintencionada ironía o una irresponsabilidad no meditada. ¡El consejo que das es tu responsabilidad, máxime si tú, el que aconseja, tienes en tu mano la solución del problema!

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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