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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Los chinos nos engañaron

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 14 de agosto de 2008, 20:06 h (CET)
Tal vez los chinos hartos ya de la famosa coletilla de “nos engañaron como chinos” han decidido pasar de engañados a engañadores y lo han hecho sin parar mientes y a lo grande, delante de millones de personas. La mayoría de los que estábamos presenciando la inauguración de los Juegos Olímpicos, que desde Pekín se retransmitían al mundo entero, nos quedamos prendados por la voz y la figura de Lin Minoke, esa tierna chinita de nueve años, ataviada de rojo y que movía sus coletas al ritmo de la “Oda a la patria” que todos creímos cantada por ella. Fue una tierna imagen que dio la vuelta al mundo, la ternura de aquella niña de voz cristalina y perfecta llenó los corazones de los 91.000 asistentes en directo a la ceremonia desde el estadio olímpico y de los muchos millones que la seguían cómodamente desde el sofá casero.

Y esta vez los engañados además de los chinos fuimos todos. La guapa Lin Minoke no cantaba, se limitaba a mover los labios para que así lo pareciera y la voz enlatada que las ondas televisivas expandieron por todo el mundo era la de Yang Peiyi, una niña de siete años regordeta y con su dentadura hecha un caótico desastre. En los primeros ensayos de la ceremonia de apertura los dirigentes chinos vieron que la imagen rechoncha y de dientes ralos de la niña cantante no se correspondía con su estupenda voz y decidieron que ante el público mundial no podían presentar como imagen de la niñez en China a una niña como Yang Peiyi por muy buena voz que tuviera. Dicho y hecho, a grandes problemas grandes soluciones. La pequeña Yang había pasado el “casting” de voz pero su rechoncha imagen no podía aparecer en la pantalla y para este cometido se eligió a Lin que con su sonrisa de dientes perfectos y sus coletas era una imagen más representativa de lo que en estos momentos es el canon de belleza.

Pero no olviden que no son sólo los chinos los que discriminan y apartan de la primera fila de las pantallas televisivas a rechonchos, calvos, mellados y feos. Una vuelta a golpe de mando a distancia por las diferentes cadenas televisivas nos muestra que desde los presentadores hasta las primeras filas del público asistente a los programas hay toda una muestra de lo que podríamos denominar “gente guapa”, y todos aquellos que no entran en los parámetros exigidos por lo que hoy en día se tiene por actual canon de belleza son lanzados a las tinieblas exteriores, es decir no se les da trabajo, o relegados a los asientos de las últimas filas entre el público. Y si alguna vez aparece en pantalla alguien que no suele cumplir con las normas de belleza establecidas es para mofarse de él en su propia cara.

Este conjunto de características que la sociedad, en un momento determinado, considera convencionalmente como atractivo y al que llamamos canon de belleza ha variado con el paso de los años y de las culturas. Unas veces el modelo ha venido representado por estilizadas señoras como aquella Simonetta Vespucci que le sirvió de modelo a Sandro Boticelli para pintar su conocida Venus y en otras ocasiones han sido las rollizas madonas de Rubens las más admiradas mujeres del universo occidental. En otras ocasiones el súmmum de la belleza lo representaba Clèo de Mérode pintada por un Toulouse-Lautrec bañado en absenta para, unos años más tarde, pasar el testigo a la rubia Brigitte Bardot cuyo cuerpo, tocado con gorro frigio, llegó a representar en muchas ocasiones a esa Marianne símbolo de la Republica francesa.

En una sociedad tan hipócrita como la que nos ha tocado en suerte la fealdad, la vejez y la enfermedad está prohibido que se muestren en público y cuando nos miramos en ese espejo que son los otros siempre queremos ver reflejada una imagen que no nos asuste, una imagen que sea la que hemos imaginado aunque no sea la real, una imagen donde los achaques de la vejez y las arrugas de la experiencia se borren como por arte de magia. Tal vez si los dirigentes del Partido Comunista Chino que tomaron la decisión de cambiar a una niña rechoncha por otra de porte más alegre y simpático se hubieran mirado al espejo no lo hubieran hecho ya que no son precisamente un dechado de belleza ni llegarán nunca a ser tomados como ejemplo de elegancia y guapura. La “pobre niña fea” no salió en la tele pero su voz encandiló a millones de personas.

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