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Opinión

Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

En el diván

Helena Trujillo (Málaga)
Redacción
martes, 12 de agosto de 2008, 23:45 h (CET)
Todo iba mal, desde hace un tiempo las ventas habían bajado muchísimo y apenas tenía salida la nueva mercancía. Las estanterías llenas, el escaparate cuidado, como siempre, pero una barrera invisible parecía impedir que los clientes entraran en la tienda. Se aproximaba la hora del cierre para ir a almorzar, como cada día, a las dos de la tarde. Inquieto, eché un vistazo a la caja registradora, dejándome llevar, tal vez, por la costumbre, apenas había algunos billetes y otras tantas monedas. La mañana había sido nefasta. Eché un último vistazo a la calle por si algún rezagado se animaba a entrar, pero el panorama era desolador, el calor, la hora, qué se yo. Fui a la trastienda a coger las llaves y mis objetos personales y apagué las luces. La ilusión de antaño se había transformado en apatía, tristeza, desaliento. Tal vez nunca tendría que haber emprendido mi gran sueño.

Hace unos días hablaba de esto con un amigo, mi cara reflejaba que las cosas no van bien. Me preguntó por la causa de mis preocupaciones y ese pie fue suficiente para que me desahogara largo y tendido. Meses de angustia guardados en secreto soltados de golpe. Nunca antes me había mostrado así ante nadie, mucho menos ante uno de mis amigos, pero ya no aguantaba más. Le conozco desde hace 8 años, salimos juntos, hablamos, nos reímos y me visita de vez en cuando en la tienda, le van bien las cosas y sabe que había puesto todas mis ganas en el negocio. Después de mis lamentos, un poco más tranquilo, me cogió del hombro y me dijo: “yo no te puedo ayudar, sólo puedo aconsejarte que vayas a un profesional experto en este tipo de cosas”. Esperaba que me dijera un asesor empresarial, un gestor, sin embargo me dejó muy sorprendido cuando me dio el teléfono de un psicoanalista. ¡Ni que me hubiera visto cara de loco!
No me había dicho que llevaba algunos años acudiendo varias veces por semana a la consulta de uno, desconocía por completo que él necesitara de esas cosas. Sin confesar los motivos por los que había dado ese paso, reconoció que le había venido muy bien, había resuelto muchos de los problemas que coleaban en su vida y se sentía confiado y con fuerzas para afrontar sus retos personales, como dije antes, la vida le iba muy bien. Le pregunté por qué pensaba que un psicoanalista podría ayudarme, era la dichosa crisis la culpable de que no tuviera clientes, ¿qué podía hacer yo contándole mis historias a un desconocido? Me miró fijamente y con un tono pausado pero con fuerza me dijo: “porque las cosas del trabajo también tienen que ver con el deseo inconsciente de las personas”. Ese día me fui a casa algo confuso y con el número de teléfono de un psicoanalista en mi agenda.
Al día siguiente todo parecía igual, llegué a la hora habitual, abrí las persianas invitando con ello a mirar y a entrar, pero fueron pasando las horas y apenas dos o tres personas se atrevieron a preguntar algunos precios, sin que ninguno adquiriera nada. El paso del tiempo iba aprisionándome, el cartero no dejaba de traer las facturas, la vida pasaba pero yo parecía haberme quedado detenido. El sudor fue invadiendo mi frente, el aire me faltaba, sentía una opresión desconocida en mi pecho, un escalofrío invadió todo mi ser, creí que era mi final. Tomé asiento en el taburete del mostrador e intenté sobreponerme a duras penas, estaba solo como también lo estoy en la vida. Una idea surgió en ese instante, el número de teléfono que mi amigo me había dado. Con la respiración entrecortada cogí el teléfono y busqué afanosamente en la agenda el dichoso número, no recordaba con qué nombre lo había guardado. Ahí estaba, simplemente psicoanalista, no aparecía ni el nombre personal, ni la dirección, sólo un número de teléfono. Pulsé el botón verde y el tono de llamada empezó a sonar.
Una voz parsimoniosa descolgó el teléfono, era una mujer. Le pregunté si era la psicoanalista y respondió afirmativamente, le dije que era mi primera vez, la primera vez que llamaba a la consulta de un psicoanalista, que estaba un poco perdido pero que creía haber tocado fondo. La mujer me indicó un horario para nuestra primera entrevista. Me dio la dirección de la consulta y nos despedimos hasta entonces. Esa simple conversación eliminó, instantáneamente, el sudor y mi falta de aire. Sentía latir normalmente mi corazón, una esperanza se abría ante mí.
Salí de la trastienda hacia la calle, cerré la puerta y bajé las persianas, esta vez no me dirigía a casa a prepararme el almuerzo, esta vez tenía una cita muy importante. Con un pequeño plano, me dirigí en coche hasta la calle indicada, a estas horas resultaba fácil encontrar aparcamiento y estacioné en el primero que encontré, sin percatarme de que otros muchos estaban más cerca del despacho. Tenía el estómago vacío pero no quería llenarlo de comida, estaba impaciente porque llegara la hora y poder desvelar el misterio, cómo sería la psicoanalista, qué decir, cómo podría ayudarme. Titubeante llamé al portero automático, se abrió la puerta y subí hasta el 4º piso. Nervioso alcancé la puerta que me abriría una dimensión desconocida, y no me refiero a ningún viaje galáctico, si no a un viaje a mi interior. Al poco de llamar al timbre, la puerta se abrió y tras ella una amable señora, que se identificó como la psicoanalista, me indicó el camino a seguir hasta la consulta, en ella una suave luz, un sillón y un diván. El trayecto comenzaba.
Me indicó con un gesto el diván y salté a él como saltan las fieras sobre sus presas, hambrientos. Mis primeras palabras no las recuerdo, quedaron escritas, tal vez, en su bloc de notas, o se perdieron entre esas cuatro paredes, de lo que sí me acuerdo es de que una vez allí, las frases fueron sucediéndose, como si hubiera anhelado largo tiempo una conversación como esta. A la primera entrevista le siguieron otras tantas mientras esas citas iban haciéndose un hueco imprescindible en mi agenda. Al principio no conseguía entender cómo esas charlas ayudarían a mi maltrecha economía, que por otra parte, estaba aún más mermada con el pago de las sesiones. Cada día abría las persianas del local y cada día permanecía allí trabajando, esperando que ese sí fuera un buen día, esperando que mis problemas tuvieran solución. Lógicamente, los clientes no entraban y las facturas no se pagaban. Un buen día mi psicoanalista me dijo que si tan mal me iba con el negocio, que lo cerrara, también era posible para el hombre fracasar. Sus palabras me dolieron, cuánto me dolieron, cómo aceptar cerrar algo en lo que había puesto tantas ilusiones. Tal vez ese era el problema, había puesto ilusiones, fantasías, sueños, pero no me había ocupado del trabajo real y necesario para que el negocio funcionara, el hombre no vive de castillos en el aire, mi negocio me necesitaba a mí al frente y no en esa actitud pasiva y fracasada con la que lo dirigía. No lo iba a cerrar. No iba a fracasar. No le daría ese gusto a la psicoanalista.
Mis sesiones siguientes fueron como una lucha cuerpo a cuerpo, trataba de justificarme, sentía que ella era mi enemiga y todo mi esfuerzo era llevarle la contraria. La culpa era de otro, no mía, la economía iba mal, el gobierno no lo estaba haciendo bien, mis padres no eran ricos para poder ayudarme, los centros comerciales eran una competencia contra la que no se podía luchar, etc. Todas mis palabras “me justificaban”, trataban de apartarme de cualquier implicación en mi vida, en mi negocio. Ella no entraba al trapo, escuchaba, hacía ruiditos, siempre me recibía amablemente y del mismo modo me despedía hasta la próxima, y yo siempre sentía que no habría próxima.
Un día no pude más, exploté, me tumbé en el diván y en lugar de palabras, brotaron sin cesar las lágrimas. Como un niño reconocía no saber qué hacer, sentirme solo ante la inmensidad del mundo, indefenso ante la dificultad. Ese día ella tampoco dijo nada, pero me aumentó los honorarios y me citó para la próxima. No entendí nada, en lugar de consolarme o decirme que si no podía pagar no volviera, me aumentó, como si aún confiara en mí, como si todo no estuviera perdido. A la mañana siguiente me eché unas gotas de colonia y un poco de gomina, ese día no fui en coche hasta el trabajo, hacía un día maravilloso y decidí ir caminando. En el trayecto me encontré a varios conocidos que me saludaron con alegría y a los que correspondí, uno de ellos me invitó a tomar un café y durante unos minutos charlamos, tranquilamente, tras los cuales me confesó necesitar un aparato que yo, precisamente, tenía en mi tienda. Quedamos en que al medio día iría a su casa y se lo instalaría como un favor personal. Y así, de este modo, casi sin esperar, había vendido uno de mis productos, por unas pocas palabras.
Abrí las persianas con desenfreno, encendí las luces y vi que el local mostraba cierto desencanto, decidí cambiar el orden de las cosas, mover el mostrador, cambiar el escaparate, imprimir unos folletos con sugerencias e información sobre novedades y, así, atareado, canturreando, una de las personas que pasaba por la calle miró y ante mi saludo, se decidió a entrar y preguntar. Otra venta tras unos útiles consejos para un mayor rendimiento. Entendí que regalando un poco de mi tiempo y de mis conocimientos, la gente confiaba en mí y se acercaba hasta la tienda. Esa mañana, está claro, no resolví todos mis problemas financieros, que aún los tengo, pero al llegar a mi sesión me tumbé con otro gusto, con otra cara y le dije: “Ni huir ni arremeter contra nada, aprender a conversar tranquilamente, eso enseña el amor”. Eso aprendí, doctora –le dije- y no crea que sólo amo el dinero, porque también la amo un poco a usted por aguantarme.

Y aquí estoy, capeando el temporal, intentando atender a mis clientes y buscar nuevos, ampliando mi capacidad de amor que también se traduce en la capacidad para tener más clientes. Desde hace unas semanas he comenzando lo que puede ser una nueva vida, me he anotado a un taller de escritura y aquí me tienen escribiendo lo que puede ser mi primer poema. No renuncio a mis sueños, pero ahora creo que si uno no consigue las cosas que dice querer es porque no quiere o porque está enfermo. Nadie te da ni te quita nada. A mí el psicoanálisis me llegó sin esperarlo, lo tomé y cada vez hago el trabajo de tumbarme en el diván y dejarme llevar por las palabras.

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Helena Trujillo Luque. Psicoanalista de la Escuela Grupo Cero. Málaga.

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