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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

“Tu Dios no nos conoce”

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 11 de agosto de 2008, 12:41 h (CET)
Resulta una QUEJA frecuente entre los sufridores de algún fuerte padecimiento. En ocasiones, las dimensiones de los acontecimientos acaecidos no permiten articular demasiadas palabras o explicaciones. ¡Son tan abrumadoras las penalidades! Así, suele aludirse al sufrimiento de los niños, de los enfermos muy deteriorados; o lamentarnos de las catástrofes naturales. ¿Dónde esta Dios? ¿En qué está ocupado ese Todopoderoso? Convendremos en la gran dificultad que entraña la respuesta a estas preguntas. Sobre todo cuando vienen mal dadas y de manera reiterativa. No siempre se atisba una explicación desde abajo, desde los niveles de este mundo. Una vez más nos vemos situados en el horizonte de los límites. ¿Hay alguien ahí? Entre creencias y reflexiones nos movemos, sin que nadie consiga adueñarse de ninguna respuesta contrastable. En todo caso, entramos en otros niveles de conocimiento, fuera de los habituales; por eso mismo, habrán de tolerarse las disensiones, los enfoques diferentes.

Esos lamentos suelen verse salpicados por un enorme reguero de malas INTERPRETACIONES, cerrazón y actitudes intolerantes. En “La estirpe del dragón” se nos muestran estas controversias en una escena conmovedora. El país esta ocupado por unos feroces guerreros extranjeros, con destrucciones, violaciones y asesinatos de una crueldad inusitada. Amenazan con asaltar la Misión, donde una extranjera blanca consiguió establecer un núcleo de protección para mujeres y niños, fuera del alcance de los depravados asaltantes. ¿Cómo aplacar a los fustigadores? ¡Quieren mujeres! El temor está presente en el corazón de las recluidas, las respiraciones contenidas, sin nadie que se atreva a rechistar. ¿Se presentan voluntarias para aplacar a la bestia? Tuvieron que ser las tan denostadas cortesanas quienes dieran un paso al frente; qué Dios os bendiga y os recompense en el cielo. Con ese breve latigazo melancólico de las que se ofrecían como solución, “Tu Dios no nos conoce”. En los días previos, ninguna de las presentes permitía contactos demasiado cercanos con esas mujeres. Eran consideradas la escoria impresentable de la sociedad. En vez de una explicación concreta, de unos pormenores explícitos; cada una, prostitutas, madres o hijas, arrostran con su comportamiento la verdad de sus personalidades. Hay un fondo que no se refleja en las frases brillantes. Se entrecruzan muchos matices y sentimientos en situaciones como las reseñadas.

Es curioso, pero luego vienen con las REPRESENTACIONES, del cielo o de Dios, que vendrían a ser lo mismo. Lo que resulta muy distinto es aquello de vivir una creencia, con la aplicación de sus mejores cualidades; frente a considerarse un representante, nada menos que del cielo, olvidando lo que representa la vivencia religiosa en sí. Es evidente, que en el nombre del cielo y de Dios, se han cometido tropelías de largo alcance y crueldades difíciles de definir. Mas tampoco nos confundamos, los que prescinden de la idea de Dios, no modifican significativamente la tendencia. Han sustituido a Dios por el ídolo de unos razonamientos humanos, a los que no se les puede discutir; simplemente por una cuestión de número o de fuerza. ¡Qué falta nos hace el reconocimiento de los límites!

El refugio en una vida normal, alejados de reflexiones mayores, no significa ningún alivio. Viene a ser una simple táctica de avestruz, por denominarla de una manera suave; por que si atendemos a sus efectos cómplices y de aprovechamiento hipócrita de la situación, los calificativos se tornarían despreciativos. NORMALIDAD anodina y lo más anómica posible. ¿Qué dioses conocerán esos comportamientos? Las miras no se enfocan a lo excelente, a las maravillas fascinantes. Ahora bien, si nos mantenemos en la cantilena de una representación divina, hasta esta mediocridad rampante, cuando no nociva, nos hará ver dioses donde no los hay.

No estaría de más preguntarnos cuántas personas exclamarían ahora mismo eso de tu Dios no nos conoce. Ningún dios, en no pocas ocasiones, debido a las miserias de todo tipo. No estamos ante un tema del pasado histórico, ni lejano; basta con abrir los ojos. La flagrante ACTUALIDAD no anda escasa de ejemplos lamentables, casos en los que no se aprecia la más mínima cercanía, ni de dioses, ni de humanos. Lo habitual de los cientos de miles de abortos, no presenta tintes precisamente divinos, se disfrace con las descripciones que se quiera. Una cosa es morir bien, asistidos y acompañados; muy diferente es apropiarse de la decisión de acabar con una vida. Podemos mencionar las hambrunas y los emigrantes, sin que tampoco topemos con muchas divinidades. ¿Pena de muerte? ¿Violencia doméstica? La lista no se acaba. Se mantiene incólume la machacona interrogación al respecto. ¿Permanecemos pasivos? ¿Es cosa divina alejada de nosotros? Cada uno dispone de la capacidad suficiente, para el discernimiento, para asumir simplemente los acontecimientos, o para colaborar en uno u otro sentido.

Somos propensos a endilgar el DIABLO a las gentes foráneas, siendo así que para cada sujeto, los demás siempre son los de fuera de él. Nunca nos consideramos diablos cuando miramos hacia dentro de cada uno. Lo íntimo, lo particular, lo consideramos genial, como dios, o poco le falta. Visto de esta manera, no es de extrañar que pensemos en un Dios sordo para nuestras querencias; por que todos los demás, los de fuera, también tienen su sitio. ¿Estamos celosos de sus parcelas de divinidad?

No disponemos de una comunicación directa con Dios, al menos tal como la entendemos entre los humanos; en todo caso, se trata de otras dimensiones, de un manejo y valoración complicados. Por ello, antes de configurar una imagen y unas respuestas procedentes de Dios, aterricemos en los fundamentos terrenales, que no por eso deben ser mostrencos. Es evidente que si algo pintamos en este mundo, como mínimo tenemos un protagonismo y unas cualidades, aspectos casi divinos cuando examinamos el lado positivo. Si fueramos CONSECUENTES con esos rasgos divinos, con ese carácter de intermediario, la interpelación a los dioses comenzaría con una pregunta personal. A qué responde, o no responde, el dios que al parecer llevamos dentro.

Si un dios nos conoce o no nos conoce, nos responde o no, son consideraciones de unas esferas que no son del dominio público. No digo que no existan, pero no son del “dominio” caprichoso de cada cual. El MISTERIO circula por unos derroteros, mientras la base de las labores humanas, es más sencilla y más trabajosa también. O tratamos de responder, cada persona, como dios; o lo vamos a padecer de forma cotidiana. Las apariencias son de una crudeza extrema.

Cada uno de nuestros dioses personales, o la parte que nos corresponda de un dios general, los conocemos poco y mal; incluso nos jactamos de ello, sobre todo en lo referente a las mejores cualidades humanas, tendemos al desdén casi permanente cuando atendemos a lo ajeno. Así nos va. Mas, ¿Hacia dónde vamos con esas tendencias?

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