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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Vacaciones ¿para qué?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 10 de agosto de 2008, 10:09 h (CET)
Si algo tenemos los humanos que reprocharles a nuestros primeros padres, Adán y Eva, no es tanto que se dieran un atracón del “fruto prohibido” al que tradicionalmente se le conoce como la “manzana de Eva”, sino por aquella terrible y perdurable sentencia de Jeová, quizá la más conocida de toda la Biblia, por la que se nos condenaba a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Es obvio que, desde aquellos lejanos tiempos, los hombres han estado empeñados en conseguir dejar reducidos al mínimo los efectos de aquella maldición, con mejor o peor suerte, todo hay que decirlo, según fuere la capacidad de “escaquearse” de la labor de cada uno y la habilidad en conseguir que haya otros que sean quienes lo hagan por él. Es evidente que, en el reparto de esa dura carga, no todos han tenido la misma suerte y así veremos que los infelices egipcios de tiempos de Moisés tuvieron que apechugar, en compañía de los judíos desterrados en aquellas tierras, la dura tarea de pasarse la vida, día tras día, acarreando rocas y amontonándolas una sobre otra para que, dentro de aquella construcción megalítica, fueran a parar las momias de sus faraones. Otros, sin embargo, parece que han nacido con la flor en el culo y tienen la inmensa suerte de no dar un palo en el agua durante toda su existencia. Sin duda injusticias de la vida contra las que es inútil pretender rebelarse, porque soy de los que estoy convencido de aquello de que “unos nacen con estrella y otros estrellados”. El único consuelo que nos queda a los creyentes es que, en el más allá, en lo trascendental, las cosas sean distintas y seamos compensados.

En cualquier caso, el gran invento de la humanidad, la venganza contra el pecado de nuestros comunes progenitores, ha sido, sin duda alguna, el invento de lo que se conoce como “vacaciones”. Sabemos que tenemos que trabajar (algunos por supuesto) pero también sabemos que, durante un tiempo, podremos interrumpir nuestra rutina laboral para dedicarnos… ¿a qué? Ahí está el meollo de la cuestión. En teoría, este periodo de ocio que, a costa de muchos siglos de reclamarlo, nos fue concedido; tiene o debería tener como función básica el que nuestro cuerpo y nuestro espíritu se librasen de todas las toxinas físicas y mentales que se han ido acumulando, con persistencia digna de mejor causa, en nuestras agotadas espaldas; y todo ello a lo largo de los interminables y tediosos días de trabajo. Los cabreos con el jefe, las recriminaciones de la mujer, las bromas de los amigotes, los disgustos del fútbol, las enfermedades, las malas notas de los hijos, las hipotecas etc. son piedras metafóricas que se van acumulando en el costal de nuestra paciencia; cuando estas piedras alcanzan el límite de nuestra capacidad de aguante, entonces se dice que tenemos “estrés” y, precisamente, como remedio contra esta enfermedad, que dicen que es la de nuestro siglo, es para lo que sirven las sedantes vacaciones, que deberían ayudar a nuestra reprogramación intelectual y física..

Lo que suele suceder es que existen hábitos, costumbres, obligaciones, respetos humanos y presiones familiares que son capaces de dar al traste con cualquier propósito de descansar, vivir plácidamente y oxigenarse el alma y los pulmones. ¿Quién puede luchar contra los argumentos de la familia? “Que si nos quedamos dirán que estamos más tiesos que la mojama”;”que los niños, los pobres, necesitan aire de mar”; “que mira a Conchita, ¡esa si que tiene suerte!, su marido se la lleva a Nueva Zelanda” y así toda una cadena interminable de “insinuaciones” que, indefectiblemente, acababan con nuestra modesta defensa que ya sabemos, de antemano, que es una batalla perdida. Aparte del dispendio económico que representa poner a una familia normal a una distancia prudencial del hogar ( esto de alejarse mucho del domicilio habitual suele ser una de las maneras más eficaces para luego poder fardar ante amigos y familiares de haber realizado unas buenas vacaciones) “¡Hemos estado en la Gran Muralla china!” y todos los que sólo han llegado a Colmenarejo se quedan achantados, dispuestos al martirio de escuchar y ver las explicaciones pormenorizadas de cada piedra de la muralla y los videos típicos, con los interminables enfoques de los chavales saltando y las mujeres de la familia con la mirada perdida en el vacío, subidas en alguna estatua de un personaje desconocido. Lo que no se dice es el tiempo que estuvieron pendientes de la salida de su vuelo, las horas interminables del viaje, las peripecias para llegar al hotel, la imposibilidad de entenderse con los chinos y, sobre todo, las caminatas para poder ver, lo que se precisarían varios meses para ser visitado, en el corto espacio de una semana. Y luego la empanada mental “¡Oye, Joaquín!, este Buda ¿te acuerdas tú de quien era? Estoy en la duda de si era el conserje del hotel o el guía que nos acompañó a visitar Pekín”

Y luego están los que se van de vacaciones para descansar de estar cansados de no hacer nada. Es curioso como personajes pertenecientes a esta clase especial de “los que viven del cuento” ponen caras de agotamiento cuando los de la prensa, con suma “originalidad”, les preguntan: “¿Te vas a descansar a Ibiza, Chucho?”Y Chucho, con ojeras (de hincharse de drogas serán), responde: “Me tengo merecido un descano ¿no te parece?” Descansar ¿de qué? Como no sea de posar ante los paparatzi, no hay manera de averiguar en lo que ha estado trabajando o si, alguna vez en la vida, lo ha intentado. Claro que resulta muy rentable arrimarse a cualquier famoso o famosa, acostarse con él o ella, y después estar viviendo de los réditos de una noche tórrida unos cuantos años a base de exclusivas, fotos en las revistas y declaraciones escandalosas. ¡Such is life! dirían los ingleses y nosotros rezongaríamos ¡qué puta vida!

Resultado. Una ruina económica; un estrés redoblado y un cabreo más que regular cuando uno se sienta, por fin, en el sillón de casa, aquel añorado y confortable sillón, y empieza a pasar revista a aquellos días infernales que ha pasado entre pasajes, papeleos, excursiones agotadoras, visitas a monumentos tediosas, y trajinado maletas, como un mozo de cuerda, por los inmensos y multitudinarios espacios libres de las salas de espera de los aeropuertos. Y ¿todo esto para qué? Pues para acabar más cansado, estresado y fastidiado que antes de partir de viaje, hasta el punto de que, por raro que pudiera parecer, ¡está deseando volver al trabajo! Sic transit mundi

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