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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Y nosotros, ¿qué podemos hacer?

Mario López
Mario López
sábado, 9 de agosto de 2008, 13:49 h (CET)
Hace muchos años que no se oye hablar del invierno caliente que se avecina. Ya no recuerdo la última vez. Eran tiempos en los que existía todavía en España un movimiento obrero medianamente activo y, como se decía entonces, concienciado. Uno estaba concienciado cuando sabía que los problemas que le acuciaban no eran exclusivamente suyos sino que se extendían a la generalidad de las personas que pertenecían a su misma clase social, y actuaba en consecuencia. Entonces, como hoy y como siempre, la clase social que tenía problemas acuciantes era la trabajadora. Hoy no existe clase trabajadora no porque se haya volatilizado al calor del liberalismo triunfante sino, sencillamente, porque no existe conciencia de clase. Hoy cada uno piensa que los apuros que pasa son de su exclusiva incumbencia y suele disimularlos para no dar que hablar al vecino. El caso es que seguimos teniendo los mismos problemas de siempre, pero nos conformamos con criticar al gobierno o cambiar el voto cada cuatro años. Es decir, nos hemos asimilado absolutamente a una democracia representativa que nos mira con buenos ojos, pero nos ha relajado de tal manera que somos incapaces de practicar algo que no habíamos dejado de hacerlo en toda la historia, hasta hoy: intervenir activamente en la solución de los problemas que nos acucian. No individualmente, sino como un grupo unitario de ciudadanos que comparten niveles salariales, expectativas laborales y el riesgo de perderlo todo en cualquier momento.

Hoy ya puede caer el empleo a cotas históricas o tocar fondo nuestro poder adquisitivo o reventar nuestra particular burbuja crediticia. Nos da igual. Vivimos en la certeza de que las calamidades que sufrimos son exclusivamente nuestras, como una especie de castigo divino inflingido por el todo poderoso dios Mercado, a causa de nuestra mala cabeza. Nos hemos vuelto conformistas, como se decía antiguamente. El problema no es menor, si tenemos en cuenta que nuestros asuntos se deciden en organismos cada día más lejanos e irreconocibles y observamos a diario cómo nuestros gobiernos se van habituando cada vez más al ya familiar gesto de encogerse de hombros. La culpa es del petróleo –dicen- pero nosotros, ¿qué le podemos hacer?

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