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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Dios no se va de vacaciones

Josefina Galán (Málaga)
Redacción
lunes, 11 de agosto de 2008, 13:08 h (CET)
Hay muchos ciudadanos que este año no podrán disfrutar de vacaciones, pero los que tengan esta oportunidad, recordemos que, el descanso no consiste simplemente en cambiar de tarea. Este tiempo de descanso, que sirve a muchos para estrechar los lazos familiares y de amistad, es propicio para la visita a otros lugares y para el encuentro fecundo con realidades menos conocidas para nosotros. Hemos tenido muchas veces la experiencia de que conocer, encontrar y compartir nuestra vida en este contexto vacacional nos permite después recuperar el camino de la cotidianeidad con mayores fuerzas y con un espíritu renovado.

Necesitamos la oxigenación del cuerpo y del alma, y el verano, en medio de su aparente ociosidad, se vuelve un tiempo precioso para vivir la condición de cristiano allí donde nos encontremos: en familia, jugando, rezando, celebrando la Eucaristía. Dios no se va de vacaciones.

Es una lástima que no todos entiendan esto o al menos que no lo apliquen.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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