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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Palabra de honor

Piedad Sánchez de la Fuente
Redacción
lunes, 11 de agosto de 2008, 13:08 h (CET)
Hasta no hace mucho esta frase u otra similar se escuchaba con frecuencia en conversaciones de amigos, en negocios que se cerraban con un apretón de manos y, aquello era sinónimo de veracidad, de lealtad, de hombría de bien. "Te doy mi palabra" y ya no necesitábamos más para tener la certeza de que no iban a engañarnos.

Ahora ¿sigue siendo igual? Me temo que nó. Las virtudes humanas han ido poco a poco desvalorizándose. La fidelidad, el ser sinceros, el orgullote mantener los principios por encima de las circunstancias y la conveniencia, eso ya no se lleva, no está de moda. Y, si creemos en ellos, a veces en nuestro discurso mental añadimos: "bueno, eso si me conviene" relativizando así la importancia de esos principios.

En esa gran película que fue "Lo que el viento se llevó" hay una escena que retrata las dos posturas. Cuando Escarlata desesperada por el cansancio, el hambre y la pobreza le propone a Ashley Wilkes, su amor de siempre, huir lejos de Tara, abandonando familia y todo para empezar una nueva vida porque "en Tara no les retiene nada", él mirándola a los ojos le contesta: "nada excepto el honor". Y él sabía que el honor no iba a darle ni dinero, ni poder, ni prestigio social.

El honor, el reducto más íntimo de nuestra conciencia para muchos es el motor que pone en marcha nuestro actuar en la vida. Sin embargo, cuando la conciencia pasa a segundo plano, cuando dejamos de sentir ese imperativo interior que nos dice "haz esto o no lo hagas" entonces todo se viene abajo y vamos viviendo sin rumbo firme, dejándonos llevar por las circunstancias. Todas las facetas de la vida se resienten por esa falta de firmeza y se nos meten por los entresijos del alma el ambiente del "tanto tienes, tanto vales".

Un error fundamental que nos acecha si nos descuidamos es pensar que las costumbres y exigencias del tiempo que nos ha tocado vivir no cuadran, no se avienen a nuestro criterio del sí, sí y del nó, nó. Que estamos obsoletos como se dice ahora. Entonces es el momento de luchar contra el miedo y el complejo de inferioridad. Un ciudadano honrado tiene que poner su capacidad de trabajo al servicio de la idea de que la rectitud, la sinceridad y la libertad deben presidir junto con otros valores todas las manifestaciones de la vida moderna: cultura, economía, trabajo, descanso, vida de familia y convivencia social.

Hay que estar alerta. Nuestra sociedad es plural pluralísima. Tenemos que convivir todos en una búsqueda del bien que no es patrimonio de unos pocos, ni de una visión determinada del mundo, sobre todo cuando esa visión degrada al hombre. Casi todo es opinable, pero las pocas cosas que no lo son como Dios y los derechos de los hombres, esos hay que defenderlos sin trucos ni componendas, porque en ellos se encuentra la Verdad.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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