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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Un poquito de picante...

Helena Trujillo (Málaga)
Redacción
lunes, 11 de agosto de 2008, 13:08 h (CET)
Entre tantos asuntos serios, ¿qué les parece si ponemos a este día un poquito de picante? Lo digo porque la noche del lunes 4 de agosto hablé de las fantasías sexuales en el programa NUESTRO VERANO de Canal Málaga. ¿Quién no se ha abstraído más de una vez en sus fantasías eróticas? ¿Quién no siente alguna atracción por lo nuevo y lo desconocido? No todos los días habla una de estos asuntos, aunque cada vez haya una mayor libertad de expresión y las cuestiones sexuales se banalicen, tal vez demasiado, no siempre conocemos la verdadera naturaleza de las fantasías que todos y todas tenemos.

Si nos preguntamos por su origen tendríamos que situarlo, aunque les sorprenda, en la más temprana niñez. La ocupación favorita y más intensa del niño es el juego. El juego de los niños es regido por sus deseos o, más rigurosamente, por aquel deseo que tanto coadyuva a su educación: el deseo de ser adulto. No tiene motivo alguno para ocultar tal deseo y lo muestra naturalmente ante los adultos. Con el crecimiento, el hombre que deja de ser niño cesa de jugar, y en lugar de jugar, fantasea. Hace castillos en el aire; crea aquello que denominamos ensueños o sueños diurnos. El fantasear de los adultos es menos fácil de observar que el jugar de los niños, el adulto sabe que de él se espera ya que no juegue ni fantasee, sino que obre en el mundo real; y, además, entre los deseos que engendran sus fantasías hay algunos que le es preciso ocultar.

En el interesante texto “La novela familiar del neurótico” de Freud encontramos la actividad fantasiosa de los más jóvenes, muchos niños, defraudados por las cualidades “reales” de sus progenitores, fantasean que sus padres no son sus padres reales, que ellos provienen de padres más encumbrados como reyes o ricos y que fueron abandonados. Recuerden las típicas frases: “yo fui recogido en un puente”, “a mí me cambiaron en el hospital, en realidad mis padres son otros”. En esta época donde el niño desconoce las condiciones sexuales de la procreación. Su ocupación mayor es volver a enaltecer a sus padres.

Tras los primeros descubrimientos sexuales donde empieza a sospechar, no sin rechazo, las vinculaciones sexuales entre sus progenitores, el niño, ya en la pubertad, comienza a imaginarse situaciones y relaciones eróticas, generalmente de su madre con otros hombres, o de él mismo con su madre. Aquí comenzará la intensa actividad fantasiosa erótica que bien reconocemos todos en nosotros mismos, donde muchas veces deseos contrarios a la propia moral juegan su papel.

Si como decíamos antes, el niño jugaba a ser mayor por ser este su gran deseo, podríamos decir, retomando a Freud, que el hombre feliz jamás fantasea, y sí tan sólo el insatisfecho. Los instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada fantasía es una satisfacción de deseos. Los deseos impulsores son distintos, según el sexo, el carácter y las circunstancias de la personalidad que fantasea. Son deseos ambiciosos, tendentes a la elevación de la personalidad, o bien deseos eróticos. En la mujer joven dominan casi exclusivamente los deseos eróticos, pues su ambición es casi siempre la aspiración al amor; en el hombre joven actúan intensamente, al lado de los deseos eróticos, los deseos egoístas y ambiciosos. Lógicamente los diversos ensueños o sueños diurnos, no son, en modo alguno, rígidos e inmutables. Muy al contrario, se adaptan a las impresiones cambiantes de la vida, se transforman con las circunstancias de la existencia del sujeto
Es fácil reconocer que todos somos, en cierta medida, unos insatisfechos, siempre nace algún deseo por alcanzar o permanece algún deseo que no queremos llegar a cumplir. Una de las ventajas de las fantasías es que se pueden manipular, invertir, modificar o mejorar cualidades; se puede acceder a lo que no ocurriría en la vida real, lo cual las convierte en excelentes herramientas para lograr la plenitud sexual. Históricamente las fantasías eróticas han sido tachadas como síntomas de enfermedad mental, sobre todo aquellas que se apartan del acto heterosexual. No obstante, resultan ser una práctica vigente y muy socorrida por personas sanas, sexualmente satisfechas y con gran capacidad creativa.

Es común confundir a la fantasía con el deseo sexual, sin embargo mientras la primera se refiere a la evocación de una situación ficticia, el deseo es el anticipo de una situación real. El hecho de que una persona emplee una fantasía sexual no presume necesariamente que desee llevarla a la práctica. Hay casos de personas que las han llevado a la práctica y sin embargo ello no les ha deparado el placer esperado. Paradójicamente una fantasía puede ser convertirse en una mala experiencia si se hace realidad. Más de uno de ustedes lo afirmará. Las fantasías sexuales se producen en una gran variedad de marcos y circunstancias. A veces esos interludios imaginativos se provocan con toda intención para pasar el rato, para animar una situación tediosa o ponerle un poco de picante al acto amoroso.

Como vemos, fantasear es una forma de jugar, divertirse y desarrollarnos, debiendo verse como una actividad positiva siempre y cuando nos permitan tener los pies en la tierra. No se puede vivir de las fantasías, ya sean eróticas o ambiciosas, todos necesitamos satisfacción real. Muchas podrán llevarse a la práctica, pero otras tantas deberán permanecer como lo que son, fantasías y tener su espacio y su tiempo sin estorbar nuestra realidad. No podrán objetarme cuán negativa es aquella actitud de no valorar lo que tenemos porque nunca alcanzará el nivel de nuestra fantasía. Como dije antes, el niño distinguía perfectamente entre su juego y la realidad, sabía perfectamente que el palo de la fregona no era un caballo, no caigamos nosotros en el error de creer más en nuestras fantasías que en el tacto, el olor, el sonido de una voz real. La realidad siempre es distinta a nuestros sueños, pero por ser real nos permite una intensidad que nunca alcanzarán nuestras ilusiones.

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Helena Trujillo Luque. Psicoanalista de la Escuela Grupo Cero. Málaga.

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