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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Olimpiadas con mordaza

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 7 de agosto de 2008, 23:27 h (CET)
Durante poco más de dos semanas casi todo el mundo va a tener la vista puesta en la lejana China donde se estarán celebrando los Juegos Olímpicos entre grandes medidas de seguridad tanto dentro como fuera de la Villa Olímpica. La primera orden que ha recibido los atletas españoles, y supongo que también el resto, ha sido la de mantener la boca cerrada a cal y canto en materia de política, más o menos es lo que les ha venido a decir Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español, nada más aterrizar en Pekín, algo así como “aquí hemos venido a participar, y si es posible ganar alguna que otra medalla, pero de política ni una palabra” y les ha hecho saber que al que se le ocurre transgredir las normas lo embarcarán de inmediato para casa. La verdad es que Blanco no ha hecho otra cosa que recordar a los atletas la norma 50.3 de la Carta Olímpica que textualmente dice:” que en la Villa Olímpica está prohibido hablar o realizar cualquier manifestación, cualquier tipo de propaganda, política o racial”. Así que chitón y punto en boca no vaya a ser que las autoridades chinas cojan un enfado y a alguien se le indigesten estos Juegos Olímpicos.

El despliegue de actos y fuerzas represivas en torno al deporte olímpico va a tener un carácter extraordinario con el fin de que ninguna voz de la disidencia pueda ser escuchada por los miles de visitantes que durante estas semanas agosteñas van a estar en la ciudad de Pekín. Se cambiarán itinerarios urbanos, se prohibirá el tráfico en diversas vías, se cerrarán restaurantes y hasta las meretrices de ojos rasgados tendrán que hacer vacaciones forzosas durante la duración de las Olimpíadas. Si estos Juegos tenían que servir para que China diera un paso adelante en la democratización de su política no parece ser este el camino más adecuado. A pesar de la modernización este país no está regido por un régimen político democrático y los viejos tics autoritarios del comunismo asoman en cualquier momento. Censura en los medios de comunicación, problemas de los ciudadanos chinos para conectarse libremente a la red informática y dirigismo político son habituales en la vida china donde todavía está en vigor la pena de muerte, como también lo está en numerosos Estados de USA, no lo olvidemos.

Pierre Frèdy, Barón de Coubertin, fue el padre de las modernas Olimpíadas, este noble intentó que las naciones unieran sus esfuerzos gracias al deporte y olvidaran sus diferencias. Pero la verdad es que muy pronto se vio que los buenos deseos del Barón tropezaban con los intereses creados de las naciones y, especialmente, de sus dirigentes. Las dos guerras mundiales pasaron por encima de los deseos olímpicos y dieron al traste con tres celebraciones de Juegos Olímpicos. Lo bien cierto es que en más de una ocasión los mandatarios se han servido de la celebración de los Juegos para intentar, y en ocasiones llevar, el agua a su molino mientras que en otras ocasiones se ha aprovechado la repercusión mediática del acontecimiento por grupos opositores o terroristas para presentar ante el mundo sus reivindicaciones.

Las Olimpíadas de Méjico en 1968 estuvieron a punto de no llegar a celebrarse. Aquel año era un año muy movido, la guerra de Vietnam estaba en pleno apogeo, los tanques rusos habían invadido las calles de Checoslovaquia dando al traste con la llamada “primavera de Praga”, los estudiantes parisinos habían hecho temblar los bulevares de Paris, el odio racial había asesinado a Martin Luther King haciendo añicos su sueño integrador y el ejército mexicano había matado en un tiroteo a entre 300 y 600 estudiantes, pero a pesar de todo aquellos Juegos Olímpicos se celebraron y fueron las Olimpíadas del Blak Power cuando en la entrega de medallas los atletas negros americanos Thommie Smith y John Carlos tocados con una boina negra y guantes del mismo color alzaron el puño en alto bajando la cabeza al escuchar el himno de su país en una muestra de protesta por la política de su gobierno en materia de integración racial. Fueron expulsados de inmediato y el resto de sus vidas han vivido como apestados en una sociedad, la americana, que nunca les perdonó su valiente gesto. Cuatro años más tarde la política se volvería a cruzar en el camino olímpico y diecisiete personas, entre ellas once atletas de Israel, perdieron la vida asesinados en un asalto de un comando terrorista, en 1976 24 países africanos no acudieron a Montreal en protesta porque Nueva Zelanda tenía relaciones deportivas con Sudáfrica y en 1980 los Juegos de Moscú fueron boicoteados por los EE.UU. y algunos de sus aliados con la excusa de la invasión rusa de Afganistán.

Ahora todas las naciones han bajado la cabeza ante el gigante asiático en el que muchas empresas occidentales tienen grandes negocios que hay que proteger, la libertad de los tibetanos no quita el sueño a los grandes mandatarios mundiales, no hay que enojar al tigre amarillo no vaya a ser que nos de algún zarpazo no deseado. De ahí que vayamos a presenciar una Olimpíadas con mordaza, unos Juegos en los que al viejo lema de que “lo importante no es ganar sino participar” tendremos que añadir que también es importante, y no poco, el callar.

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