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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Crujidos y chispas entre Estado e Iglesia católica

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 7 de agosto de 2008, 23:27 h (CET)
Lamentable. Un Presidente de gobierno tiene unas ciertas obligaciones, debe saber mantener las formas y, por supuesto, es preciso que sepa dominar sus particulares tendencias políticas cuando se trata de lidiar con algún personaje público con el cual no se sienta particularmente a gusto o sepa que, del trato que le pueda dispensar, se puedan derivar determinadas consecuencias políticas con respeto a parte de la ciudadanía, para con la cual, le guste o no, debe tener el debido respeto por sus sensibilidades y particulares creencias religiosas. Por eso no dudo en tachar de lamentable el que el señor Zapatero, después de tanto tiempo de postergar el primer encuentro con monseñor Rouco (cinco meses desde su elección como presidente de la Conferencia Episcopal), lo citara con sólo 24 horas de antelación. El que el señor Blanco se desmadre criticando a la Iglesia católica, se puede aceptar teniendo en cuenta la escasa talla de dicho personaje, convertido, por mor de su enchufe político, en un mero peón en el tablero del señor Zapatero, con la exclusiva misión de minar el terreno a la Iglesia y lanzar andanadas contra de la derecha; pero, una descortesía semejante por parte del señor presidente del gobierno no puede entenderse si no como una demostración de hostilidad hacia los representantes de los católicos y, así nos lo hemos tomado todos los que todavía nos consideramos como tales en esta España cada vez más irreconocible.

Ha quedado patente que en el pasado congreso del PSOE, aparte de intentar desviar la atención de la ciudadanía de los graves problemas internos que estamos sufriendo por causa de la recesión económica; lo que quisieron resaltar de una forma ostentosa, era su deseo de profundizar en su separación de la Iglesia y el Estado, dejando en aguas de borrajas todo lo que la Constitución de 1978 especifica respeto a la singularidad de la religión católica y la aconfesionalidad del Estado. Es inviable que se intente obviar la especial mención que se hace en la Carta Magna a la relación especial que debe existir entre ambas organizaciones y tampoco es admisible que, por medio de leyes anticonstitucionales, de las que hoy tanto se prodigan, se quiera hacer desaparecer la diferencia entre aconfesionalidad y laicismo.

El señor ZP, en horas bajas ante la ciudadanía, ha pretendido escenificar ante su clientela una particular escena del sofá, al estilo Don Juan y Doña Inés, pero con resultados contrarios porque, y perdóneseme la comparación, doña Ines o sea la Iglesia católica no se ha tragado las patrañas de don Juan, o sea el Gobierno, representado por ZP; que ha pretendido, con imposiciones como las que la señora De la Vega ha pedido a la Iglesia de “respeto y lealtad hacia el Ejecutivo”, cuando, desde el PSOE y de sus acólitos, no cejan en sus ataques a la cúpula episcopal pretendiendo que modifiquen su actitud y apoyen asignaturas como la Educación para la Ciudadanía ( de contenido doctrinario y tendencioso) o que se queden mudos ante temas de tanta enjundia moral como pudieran ser la ampliación del aborto y la eutanasia. Es evidente que, para los socialistas, no existe distinción entre el campo de la política y el de la conciencia o los principios religiosos de los ciudadanos y, esta falsa visión de la realidad, les impide comprender que es imposible que las jerarquías eclesiásticas puedan permanecer impasibles ante hechos que constituyen claros atentados contra los principios cristianos por suponer infringir el derecho a la vida de seres inocentes o por interferir en las libertades individuales de las personas, incluso cuando tales infracciones morales estuvieren refrendadas por leyes civiles.

No hay duda de que a los socialistas les irritó que, durante la legislatura pasada, cuando negociaban a hurtadillas con los etarras de espaldas a la Nación y estaban dispuestos a vender el País Vasco y Navarra a cambio de la famosa “paz” que proponía ZP; la Iglesia apoyara las manifestaciones convocadas por AVT y que, en una nota la Conferencia Episcopal se alentara el voto a favor del PP por ser este partido, al menos en teoría, el único defensor de los valores cristianos frente al materialismo ateo y relativista defendido por el PSOE y todos los demás partidos de izquierdas. Lo que ocurre es que, tanto a la Conferencia Episcopal como a muchos cientos de miles de votantes del PP, nos ha sorprendido el brusco giro que el señor Rajoy le ha dado al partido, cuando lo ha definido como “ de centro y reformista” (algo difuso y equívoco) con clara tendencia a acercarse a los nacionalismos y con una evidente intención de hacer oposición de guante blanco ante un partido correoso y marrullero como es el PSOE que, precisamente, donde se encuentra a gusto es en un Parlamento que le ríe las gracias y que protesta sólo por los bajines.

Entre tanto, la famosa Educación para la Ciudadanía va recogiendo sentencias a favor de los objetantes, que se van reproduciendo en varias de las comunidades, que ya han eximido a los alumnos objetores de que tengan que recibirla y de la necesidad de aprobarla para obtener el correspondiente título académico. Como en tantas otras materias, como sucede con el Estatut catalán, el TC parece que no está por la labor de mojarse, al menos intenta retrasar, en lo posible, pronunciarse sobre estos temas, en los que prima su vertiente ideológica sobre el respeto a la Constitución y al derecho de los ciudadanos versus la intención del Ejecutivo de imponer una religión estatal basada en los principios del laicismo y la moral relativista que tanto se están empeñando en imbuir a nuestra juventud. En cualquier caso, harían bien los socialistas a no minusvalorar el efecto de sus ataques a la iglesia en una parte de la ciudadanía que, aunque en ocasiones se muestre tibia en la práctica de sus deberes religiosos sigue, sin embargo, manteniendo un trasfondo cultural que la liga al cristianismo, del que acepta sus principales valores y, en especial, sus enseñanzas morales y la defensa de la vida como el bien supremo del individuo. Y es que, como dejó escrito Rousseau, “el olvido de la religión conduce al olvido de los deberes humanos” y si no lo ven así, pregúntenselo ustedes a aquellos a los que el ministro Soria los quiere hacer morir antes de tiempo para “evitarles sufrimientos”.

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