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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Volar hacia las estrellas

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 3 de agosto de 2008, 21:23 h (CET)
En ocasiones conviene desviar la vista del mundo de la política en el que no sabemos si, por suerte o por desgracia, nos vemos obligados a transitar, y volver la vista hacia otras cosas de menor calado, aunque no por ello menos curiosas y, podríamos decir, que bastante atípicas para la mayoría de los ciudadanos que vivimos en esta nación. Son noticias que ocupan poco espacio en las páginas de los periódicos, absorbidos como están en los problemas mayores, como pudieran ser la crisis económica o el terrorismo separatista. No obstante, no dejan de tener un cierto interés y, porqué no decirlo, algo de morbo, cuando nos llevan a una parte de la sociedad poco conocida, que suele vivir entre dos mundos; el uno, el de la prensa rosa donde se los presenta como algo inalcanzable y glamouroso, (a la vez que se ocupan de sacarles todos aquellos vicios que, no se sabe por qué causa, atraen a las grandes masas; quizá por ser algo que la plebe sabe que es incapaz de alcanzar en toda su vida) y el otro, el verdadero mundo donde estas personas viven, el mundo de la riqueza y el despilfarro; de su real existencia donde se muestran entre ellos tal y como son, sin necesidad de ocultar sus flaquezas y vicios que, por supuesto, nada tienen que ver con los del resto de ciudadanos.

El poder comprobar que existen seres privilegiados que pueden olvidarse de los altibajos de la economía, la recesión o el aumento del desempleo; sin que su existencia se vea afectada por ello ni les altere un ápice su modus vivendi ; verdaderos sátrapas que saben deshacerse, cuando conviene, de la carga de los hijos enviándolos a exclusivos centros educativos, (para que reciban la especial preparación que deberá prepararlos para mantener su estatus inviolable, que los afirmará por encima del resto de los mortales); despreocupados personajes que saben situarse por encima del bien y el mal, sin que lleguen nunca a sospechar que sea una injusticia el simple hecho de que ocupen un espacio en el mundo de los vivos; es algo que puede llegar a hacernos dudar de la existencia de una justicia sobre esta tierra en la que vivimos y nos permita entender como, en algunos momentos, las masas se sientan tentadas de intentar cambiar el orden establecido para implantar un estado de cosas más racional. Lo malo es que, cuando esto sucede, los que comenzaron con fines filantrópicos acaban por contaminarse del virus que han combatido y, concluyen, viéndose afectados por la misma deletérea metamorfosis.

La noticia a la que me estoy refiriendo, hace mención a una nueva compañía aeronáutica que ha tenido la avanzada idea y los medios necesarios para embarcarse en la extraordinaria aventura del turismo espacial. Es obvio que, vistos los adelantos técnicos de las últimas décadas y los avances científicos en todas las facetas del conocimiento, nada tiene de extraño y, estaba previsto que algún día debería llegar, el momento en que se iniciase esta apasionante etapa del turismo espacial. No hay duda de que hacer un viaje a la estratosfera y poder contemplar al “planeta azul” desde la lejanía, sin ruidos, sin polución, sin calentamiento ni políticos, ni las miserias de sus pobladores… debería ser algo extraordinario y digno de ser vivido. Sin embargo, como sucede con todas las innovaciones, el poder gozar de semejante privilegio, por el momento, solo estará reservado a unos pocos afortunados, que tendrán la ocasión de sustituir los antiguos safaris al Africa salvaje, las vacaciones en los suntuosos hoteles de Kuwait y sus esporádicos viajes a Las Vegas; por esta nueva y excitante experiencia.

Porque, veamos señores, ¿qué son 172.500 euros para quienes amasan fortunas en inversiones petrolíferas o en industria de armamento o en otras de las variadas actividades lucrativas que han conseguido convertir este mundo en el basurero del Cosmos? Ya me dirán ustedes si resultan caros 28’7 millones de las antiguas pesetas con tal de darse el placer de montarse en un artefacto que te lleva, a velocidad supersónica, a encontrarte con las estrellas (y puede que con algún meteorito). Se imaginan a la aventurera dama con los dedos llenos de diamantes del tamaño de garbanzos, explicándoles la experiencia vivida a un corro de amigas, untosas, pelotillas y amarillas de envidia; regodeándose de haber estado volando a quince quilómetros de altura sobre la tierra, viendo el paisaje mientras estaba sorbiendo un delicioso Martini seco y se fumaba un habano displicentemente. Como viene ocurriendo con la mayoría de las modas o con los nuevos electrodomésticos, televisiones y móviles, es muy probable que, de aquí a unos años, estos viajes se hayan convertido en algo tan hortera como, hoy en día, lo es coger un transporte público para irse, cargado de toallas de baño, pelotas y neveras de hielo, a bañarse en una de estas playas a las quee yo denomino del “perdón “ porque, para conseguir llegar al agua, tienes que ir disculpándote por entre toda la multitud humana que te separa de ella.

En todo caso, sepan ustedes que en este vuelo de la compañía Virgin (que ya dispone del artefacto necesario para satisfacer los deseos de los ansiosos astronautas) van a viajar 12 intrépidos pioneros españoles que, según fuentes de dicha aerolínea, constituyen el grupo más numeroso de ciudadanos, de una sola nación, que serán transportados en la nave “Space Ship Two” a partir del 2009. Al parecer, ya hay más de 250 personas procedentes de 30 países que han reservado su vuelo suborbital y se espera que sea fácil alcanzar la cifra de 3.000, en cuanto se hayan normalizado los vuelos que, al principio, serán de un viaje a la semana para, posteriormente, convertirse en dos. El número de pasajeros por viaje será de seis y la nave llevará dos pilotos.

Lo que no sabemos es si será posible, desde la Tierra, distinguir a este nuevo satélite que la circunnavegará y que, sin duda, en caso de poderlo distinguir no sería más que una simple mota sobre el infinito del universo. Esto me hace pensar en Einstein y en su teoría de la relatividad porque, sin duda, a los ojos de un simple espectador, de un ciudadanos corriente y moliente, que observara el diminuto artefacto es posible que pudiera pensar que, al fin y al cabo, si pillara entre sus dedos índice y pulgar aquel pequeño objeto volador, que apenas se podía distinguir, podría aplastarlo con facilidad. Pueda que fuese un instinto criminal pero… ¿han pensado ustedes en el placer de hacerlo?

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