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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Dolor de niños

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 3 de agosto de 2008, 05:41 h (CET)
El dolor, la enfermedad y el final de la vida son muy difíciles de asumir por cualquier persona y en cualquier persona. Nos duele la enfermedad y la muerte de nuestros familiares, de nuestros amigos, de nuestros vecinos y las catástrofes naturales y los accidentes con muchas víctimas, aunque no sean conocidas, donde los niños y jóvenes son protagonistas por estos males.

Hablar de niños, aparentemente es hablar de fragilidad. Por supuesto que los niños son frágiles, así nos parecen desde el mismo día que nacen y apenas sabemos cómo tocarlos, cómo bañarlos, cómo sujetarlos… Pero no lo son tanto.

Nos parecen que los bebés son de cristal y que en cualquier momento podemos hacerles daño o caérsenos de los brazos, luego nos damos cuenta que no es tal, que a pesar de su diminuto tamaño tienen un esqueleto, unas defensas y aunque los veamos enfermos, muy enfermos, con la ayuda de los profesionales salen y entran de sus síntomas como de un sencillo cambio de pañal.

Yo creo que en esos primeros días de vida es donde nacen todos esos cuidados y obsesiones protectoras que tenemos al ser padres y que van cambiando conforme el niño va haciéndose mayor, “que el niño se va a caer”, “que no lo dejo que se vaya a tal viaje por si le pasa algo”, “que tengas cuidado con lo que estás haciendo”, “que cuides tus amigos”, “que eres inexperto con el coche”… Son todas esas frases de padres protectores propias de la intranquilidad y el desasosiego de ser progenitores, de la responsabilidad que llega a nuestras manos para cuidar a un menor, nuestro hijo, frases que evolucionan con ellos al crecer. Esa sobreprotección siempre es poca cuando se trata de un menor; eso sí, sin entrar en términos de obsesión que eso es en sí otro peligro.

Por eso, cuando escuchamos la noticia de que un menor ha sufrido un accidente o un olvido o un malentendido que le lleva incluso a la muerte como está ocurriendo este verano con diversos casos como ahogamientos, olvidos de bebés en coches aparcados o en el maletero, suponemos que inevitablemente ha ocurrido el accidente, pero no podemos dejar de preguntarnos si realmente se podría haber evitado.

Los medios de comunicación están hartos de decirnos cómo evitar los accidentes de tráfico con campañas diferentes de publicidad donde la creatividad y las llamadas de atención son cada vez más novedosas para evitarlos, pero en cambio a ser papás no nos enseña nadie, Se entra de lleno con todas tus ilusiones y tus miedos, en solitario. A veces las madres-abuelas de la pareja están cerca para instruir a los nuevos padres en el cuidado y la educación de los hijos, pero esta nueva generación, tan autosuficiente, se sirve de los abuelos no para escuchar lo que tienen que decirnos y transmitirnos, que eso ya apenas se hace, en eso somos muy altaneros y sapientes, sino para dejarles a veces demasiada responsabilidad educativa mientras los explotamos miserablemente.

En el verano, por los trabajos de los padres y madres, los niños campan a sus anchas por los abuelos, por los pueblos, por los campamentos, por las fiestas, por los barrios, también se les nota hartos de pantallas de televisores y ordenadores. No están lo suficientemente vigilados, labor que durante el curso académico sí se acentúa por cuidadores, profesores, monitores y por los mismos padres. Parece que el verano es más propicio a que un menor se caiga o sufra cualquier accidente por imprudencia, accidente que no ocurriría menos fuera del verano, es como si la estación nos liberara de esos cuidados y responsabilidades a la par que nos quita la ropa de invierno.

Eres padre, y por el mero hecho de serlo, inexplicablemente ya entras en una categoría superior de sapiencia sensitiva, sabiduría generacional que no se aprende desde ya sino con los muchos años y algunos ni eso, pero luego las escuelas de padres están vacías y las charlas de autoayuda no tienen seguidores y quitamos autoridad a mayores y educadores. Protección de la infancia. Impotencia y rabia profunda y paternal. Dolor de niños.

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