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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La metáfora de nuestro tiempo, según el cardenal Cañizares

Roberto Esteban Duque
Redacción
lunes, 4 de agosto de 2008, 20:07 h (CET)
Hay un discurso más social que académico (aunque pudiera parecer al contrario), que, lejos de resultar gravoso, se hace insoslayable, con el fin de comprender la situación actual de la sociedad española. La tesis en cuestión consiste en mostrar la existencia de un proyecto configurador de una sociedad laica, tendente a erradicar cualquier referencia religiosa y moral, con la pretensión de imponer un nihilismo vacío del factor católico en la vida pública. Dicho de otro modo, desde el poder público se persigue la instauración de una sociedad sin más Dios que el hombre, y cuyo mayor enemigo para el florecimiento de semejante y utópico proyecto parece quedar vinculado a ciertos sectores de la jerarquía de la Iglesia católica.

Una vez que se ha delimitado el objetivo final, el plan o el estado ideal de la sociedad a la que se aspira llegar, el medio más adecuado para conseguirlo se encuentra en la creación, por parte del Estado, de leyes que originen nuevos derechos y libertades. La ley va reformando gradualmente la estructura y el entramado jurídico, social, cultural y político, de nuestra nación. De este modo, la tentación está servida: se imponen unas normas para hacer comprender a la sociedad lo que a ciertas mayorías les parece lo más importante. Es la tentación de llevar el cielo de ciertas utopías a la tierra, que sólo produce como resultado invariable el infierno. Un puñado de votos no tiene ningún derecho a legitimar la imposición de una determinada escala de disvalores.

En el Curso de Verano “Ángel Herrera Oria y la modernización de España”, organizado en Santander por la Asociación Católica de Propagandistas y la Universidad CEU San Pablo, el cardenal Antonio Cañizares, uno de los hombres más sensibles a la imposición del citado propósito, ha disertado sobre la revolución cultural atea radical asentada “en el relativismo social, en la ideología de género y en la laicidad”, y que, además, “se presenta como un proyecto de modernización de España”. Los agentes de semejante ingeniería social son todos aquellos que odian a la Iglesia católica, a quien se percibe como “enemiga de la democracia” y que presentan de un modo esperpéntico como “contraria a la ciencia y al progreso, adversa a la libertad, enemiga del bienestar, así como promotora de la división, la confrontación y la violencia”.

El cardenal Cañizares nos sitúa así en la metáfora de nuestro tiempo. Si para Oswald Spengler, la metáfora del siglo XX es la del “ocaso”, y para Hans Blumenberg la del “naufragio”, para Monseñor Cañizares, la metáfora de Occidente, que afecta esencialmente a España, es la del “relativismo”. Ya lo pronosticaba con gran acierto Dietrich Bonhoeffer, el teólogo muerto mártir por la barbarie nazi: la caída de las ideologías cederá el puesto a un relativismo aún más devastador, a una verdadera y propia decadencia. Ya no hay verdad, dicen nuestros tiempos. La criatura se revuelve contra el Creador, singular réplica del pecado de Adán. Al final, sólo hay nihilismo, el triunfo de la máscara sobre la verdad.

Se hace necesario un giro que recupere el bien que significa la Iglesia católica en la sociedad española, y que el poder público pretende sepultar. El mundo que debe venir, y que es precisamente el que se quiere evitar, es la cifra del Dios personal y trascendente que juzga con amor la fragilidad del poder autónomo del hombre. El derecho a nacer del más débil es infinito e inalienable, y no puede ser pisoteado por quienes imponen leyes contrarias al bien y a la vida. Amar a los hombres significa también volver del revés su modo de actuar, recordarles que con frecuencia se encuentran en un camino equivocado, como ya lo hiciera Juan Bautista y el mismo Jesús. Claro que, si sólo se conceden altavoces a los necios, como anunciara Kierkegaard, el voraz proceso de relativismo sólo acaba de asomar.

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