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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Debates veraniegos en la tele

Mario López
Mario López
jueves, 31 de julio de 2008, 09:33 h (CET)
El pasado sábado, 26 de julio, me quedé por la noche a ver la tele. Después de dedicar unos minutos a hacer zaping, cual marinero sin rumbo, cansado ya de ese navegar errático y baldío, acabé atracando en el puerto de la primera cadena de televisión española. El programa La Noria desarrollaba dos interesantes debates y un monográfico sobre el controvertido humorista Pedro Ruiz. El primer debate versaba sobre la objeción de conciencia practicada por los farmacéuticos a la hora de dispensar anticonceptivos. Creo que la cosa no tiene vuelta de hoja. La ley está para cumplirla, la farmacia es un servicio público indispensable y por encima del derecho de objeción del servidor público está el derecho del ciudadano a ser debidamente atendido conforme establece la ley. Si cada trabajador esgrimiera problemas de conciencia para no cumplir con sus obligaciones laborales, seguramente viviríamos en un país muy consciente, pero imposible. El derecho a la objeción de conciencia no cabe en la asistencia sanitaria si lo que se pretende es imponer unos supuestos principios éticos que contradicen el ordenamiento legal que se ha dado la ciudadanía a través del poder legislativo. Es más, no dispensar la debida atención sanitaria a los ciudadanos, aún alegando motivos de conciencia, debería suponer la inmediata suspensión de empleo del responsable del servicio requerido. Creo que no hay más que decir sobre este asunto.

Agotado el primer debate, se dio entrada en el plató a Pedro Ruiz. Con el discurso muy bien preparado, aunque se dijera que el invitado desconocía el contenido de la entrevista que se le iba a realizar, don Pedro mostró durante todo el tiempo en el que fue sometido a todo tipo de preguntas una presencia de ánimo extraordinaria, una sólida convicción en todo lo manifestado y una seguridad en sí mismo, superlativa. Lo cierto es que vino a decirnos que la televisión le había dado la espalda por haber sido crítico con los distintos gobiernos de España. Que sus entrevistas a toreros y folclóricas no tenían nada que ver con la prensa rosa. Que lo suyo es un arte incalificable. Que los políticos son unos seres impresentables. Que la corrupción llega hasta el mismo Rey. Que Jiménez Losantos es un gran varón porque le defendió en el juicio contra Antena 3. Que de aquel juicio sólo sacó novecientos setenta millones de pesetas. Que él nunca ha votado, pero siempre ha pagado a Hacienda. Que es el mejor de los hijos. Que es un hombre de izquierdas.

Sinceramente, me dejó abrumado. Es impresionante la capacidad del hombre para convertirse en el personaje elaborado por su propia fantasía. Salvando las distancias, me recordó a El Solitario en su versión anarquista de expoliador de bancos. Bueno, pues nada. Que le cunda. Y que siga escribiendo canciones, aunque sean espeluznantes. Y que siga cantando, aunque sea grotesco. Hay tantas malas canciones y tantos malos cantantes hoy en día que, la verdad, don Pedro está en su perfecto derecho de sumarse al inefable elenco nacional.

El punto final del programa lo puso el debate sobre la creciente violencia denunciada por los padres víctimas de las agresiones de sus hijos. La violencia de los adolescentes ha hecho correr mucha tinta desde que la tinta fue inventada. De Homero a Andre Gide, pasando por Bukowsky, los adolescentes violentos y fraticidas han supuesto siempre una inestimable aportación a la literatura universal. Los violentos son psicópatas y dudo que su violencia tenga algo que ver con la tolerancia, rigor o cariño con la que son tratados por los padres. El mismo cariño produce niños cariñosos y niños caníbales. La misma educación fascista ha creado a seres tan distintos como Acebes o Sabina. Las patologías de nuestros retoños no aportan absolutamente nada a la pedagogía y sí, en cambio, a la ciencia médica. Pero parece que todavía hay que discutir si a los niños hay que protegerlos o ponerles a marcar el paso. Creo que está más que comprobado que –sin el concurso de patologías severas- el cariño, la tolerancia, la franqueza, la permisividad son valores positivos que nos hacen crecer más libres, capaces, responsables y felices. Se ha puesto de moda poner en tela de juicio estos valores democráticos, afirmando que se han perdido los verdaderos valores –supongo que se referirán a aquello de que la letra con sangre entra-. Que les consentimos todo y los niños se nos han subido a la chepa. Bueno, pues vale. Lo que digan. No vamos a discutir ahora, con estos calores.

En fin, que ya dejamos julio atrás y aún nos queda agosto para descansar de la cruel rutina del invierno. Aún tenemos un mes más para gozar de los mosquitos. No está mal. Siempre es preferible un mosquito en la cama a un moscón en el trabajo. Salud.

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