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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Condensación humana fatal

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 28 de julio de 2008, 22:52 h (CET)
¿Polémicas? ¿Controversias? ¿Disensiones? ¡NATURALMENTE! Cada pequeña cosa presenta una multitud de facetas, desde su composición, método de observación, utilidad, evolución; hasta origen, duración o influencias. Si tratamos de personas, las complejidad se incrementa, con todo su entramado físico y biológico; con su trasfondo psíquico, tan profundo y ramificado hacia fondos míticos. ¿Apreciaciones distintas? ¡Pues claro! ¿Recuerdan la clásica historieta de los ciegos tratando de aclarar la esencia de un elefante? Quien tocó la trompa, dictaminó serpiente; si la oreja, un enorme abanico; las patas les parecieron troncos de árbol; la palpación del colmillo, les llevó a la definición de una lanza; la cola, a una soga. Un claro ejemplo de las percepciones parciales y las limitaciones del conocimiento. Añadamos ese prurito por el que encumbramos lo propio, sin grandes miramientos.

La proliferación de factores nos introduce en la INCOMPRENSIÓN con asombrosa facilidad, sin un lugar para las explicaciones ajustadas. Cómo lo remediaremos si disponemos de unos caletres menesterosos e insuficientes; cuando además, los ocupamos con cuitas impropias, de unas justificaciones dudosas, aún siendo benévolos en el calificativo. Tenemos un primer arranque, y un segundo, y un tercero; con un pensamiento alejado hasta la desfachatez de una consideración dirigida al conjunto. Los demás, sus argumentos, nos vienen muy a contrapelo; cómo será posible una comprensión de lo que hemos desdeñado desde el comienzo. Conformamos unos cauces para el curso de los comportamientos, de tal forma; que sólo la incomprensión queda a sus anchas en ellos, como resultado lógico de las actitudes generadoras.

Cuando los aspectos y percepciones se multiplican, si encima no los comprendemos, ni nos esforzamos en ello con cierto esmero, no podrá sorprendernos el siguiente paso, las DESAVENIENCIAS, como consecuencia relacionada. Mientras no pasemos a estratos peores, suelen manifestarse en detalles silenciosos; es una especie de olvido, comenzamos por no tener en cuenta a los sujetos con sensibilidades que no comprendemos. Con el roce se resiente la colaboración. Los desajustes no hacen otra cosa que poner trabas a la comprensión mutua. Así, cada vez, las discordancias son mayores. Si observamos de cerca el fenómeno, es fácil el tropiezo con los matices separadores; por lo tanto, la propensión hacia la falta de acuerdo, es notoria. Entre las desaveniencias y la concordia, la facilidad empuja hacia las primeras.

Ante tal panorama de aventuras apasionantes como se nos ofrecían, como se nos ofrecen, renovadas y sugestivas; miren por donde, nos da pocas veces por el acercamiento hacia las ideas y los pormenores de otras gentes. Son designios muy clásicos, desgraciadamente, pero optamos por la INTOLERANCIA inusitada a la mínima oportunidad. A fuerza de practicarla, se ha convertido en una compañera de fatigas, en una actitud habitual. La lengua, la religión, esas patrias, las crisis, las aficciones, y hasta la edad, el aspecto físico o el gregarismo escolar, suelen surtirnos de unos ejemplos nada ilusionantes. Los ropajes podrán adornarse de coloridos chocantes, mas no disimulan las actitudes drásticas al uso. Por más que mencionemos otras venturas y sepamos de otras posibilidades, ¡Terca miseria humana!, nos mantenemos en ese desplante pertinaz.

Somos animales de sangre caliente, o recalentada, que no es lo mismo; y ante tal cúmulo de chisporroteos, el ánimo se enciende, se funden más de una de las conexiones neuronales, con los consiguientes castillos en el aire. Salieron a relucir furibundas reacciones, la IRA de facilona disposición. Renunciando a otros detalles, despreciando otras consideraciones, hemos ido asomando con una reacción unificadora, esa ira que arrasa y no contempla matices, lanzados sin demasiadas reflexiones, como portadores de anteojeras nos deslizamos por un tobogán de impensadas consecuencias. En contra de lo sospechado inicialmente, las cosas son menos complejas así, más necias, pero sencillas, simplonas; de una lamentable simplicidad.

Una persona no puede limitarse a la captación de realizaciones ajenas a ella, procedentes del exterior; no pasaría de ser un monstruo gordinflón, como mero rimero de efectos acumulados. Un montón deforme de cosas apilada. La sola función centrípeta es atosigante y arrastra al ahogo progresivo. Una vida requiere del comportamiento centrífugo, o no es vida; le resulta imprescindible su aportación hacia lo exógeno. Es la manera de vivir. Si vamos descendiendo escalones, diferencias, intolerancias, ira; quedamos como individuos aislados, como un resorte autómata. Como tales entes, muy semejantes al AGUJERO NEGRO del cosmos, absorben indiscriminadamente cualquier material; pero sin asomo de creatividad, sólo son una muestra de anulación progresiva. El monstruo colabora en su propia anulación.

Mal camino. Qué más quieren las estructuras del poderío social, que esa reducción de las personas a entes inútiles. Al principio nos recibirán con estilo de bandolero bueno, se nos plantan como entramados reparadores de injusticias y deficiencias. Pronto, se transformas en un remedo mafioso, para presionarnos con ideologías, docencia, hipotecas, precios, políticas y zarambainas. No lo duden, el agujero negro personal, dará paso a las HEGEMONÍAS serviciales, con un disfraz u otro; al servicio de unos intereses y caprichos, a los que importa un pino cada persona en particular. Eso se manifiesta desde los embriones a los grandes mercados, manejos municipales, guerras frías y guerras calientes. Está muy claro el carácter antinatural de esas directrices, pero la desidia de los elementos llamados naturales, deja el camino expedito a las monstruosidades.

Se vislumbra un peligro, de hecho y con mayor precisión, ofrecemos un espectáculo de integración plena con él; de tal manera, que cada uno de nosotros somos un peligro. ¿Hasta qué punto? ¡Hasta ese punto negro referido! Con las repercusiones consiguientes, ahora y sobre los descendientes. De tan condensados, reducidos al mínimo existencial. SEGUIDORES CIEGOS de los diferentes montajes sociales, abúlicos y entontecidos, sólo nos queda el pataleo insustancial. Como aquel "Escuadrón volante de los locos" que han sido arrastrados por la vorágine, hasta perder su sentido; constituye un pasaje destacado en "El diablo cojuelo".

Cojos y desventurados puede que seamos, de miserias andamos bien servidos, no convendría excederse. Ahora bien, si hemos de soportarlas, ¿Dónde sería posible rebañar un poco de dignidad?, una cierta dosis de ENTEREZA. Es imprescindible para el ejercicio de nuestras presencias. Si esto pareciera elemental, sin embargo, restalla su ausencia como un flagrante lamento.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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