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Una reunión bien escenificada, pero…

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 28 de julio de 2008, 03:06 h (CET)
Cuando después de una reunión entre el Presidente del gobierno y el Jefe de la oposición, ambos salen con rostro de satisfacción y se felicitan por el acercamiento conseguido en sus respectivas posturas, los ciudadanos de a pie deberíamos empezar a temblar.Es obvio que el señor Rajoy, con la que tiene organizada en el seno de su partido debido al cambio de rumbo –que, por mucho que quieran presentarlo como la gran bicoca y por mucho que se esfuercen, desde Génova, en dar la sensación de que todas las bases hacen piña con la cúpula del partido; lo cierto es que muchos de los afiliados no comparten la nueva orientación que se le ha dado al PP ni aceptan como buenas a las personas que han entrado en la dirección en sustitución de los pesos pesados del partido que, de una forma incomprensible, han sido relegados al olvido; utilizando, para ello, el método característico de eliminación de todo aquel que te pueda hacer sombra –; necesita dar la sensación de que su nueva política es un éxito y que su labor de acercamiento al Gobierno le está dando buenos réditos, y por ello, estaba obligado a sacar algo positivo de su encuentro con Zapatero o, al menos, dar a sus seguidores la impresión de haberlo conseguido.

Zapatero, por su parte, tenía que evitar el presentarse ante la ciudadanía como un intransigente que no quisiera aceptar la rama de olivo que le tendían desde el PP. Por otra parte, la situación económica del país ha entrado en un tal grado de descomposición que precisaba con urgencia demostrar, al menos de cara a la galería, que busca el apoyo de la oposición para, en el caso de no conseguirlo, poder decir que lo ha intentado, pero que la cerrazón del PP no le ha permitido conseguirlo. Si no se ha podido conseguir el acuerdo en lo económico ( donde las posturas están muy distanciadas) al menos en terrenos como el terrorismo, la Justicia, las víctimas del terrorismo ( la china en el zapato que tanto lo incordia) y algunos otros temas, como el endurecimiento de las penas a los pederastas y a los violadores, en los que sabía que iba a lograr la plena colaboración de su oponente, se ha conseguido apuntar el tanto. Nada, por supuesto, del aborto, nada de la eutanasia, nada de los derechos de los ciudadanos en cuanto al uso del castellano para la enseñanza, nada de política internacional, nada de los temas de homosexualidad, nada del separatismo catalán, gallego, vasco y mallorquín y, por supuesto nada de llegar a acuerdos de Estado para sacar a la nación del agujero en el que se encuentra.

Suena a hueco el que, a estas alturas de nuestra democracia, se tengan todavía que pactar las formas en las que Ejecutivo y oposición se repartan a los magistrados que han de integrar el Tribunal Constitucional o quienes deberán ser los componente del CGPJ y cuántos tiene que presentar cada partido. Sin duda, por lo poco que ha trascendido de la reunión, el que mejor tajada ha sacado de el tema de la Justicia, ha sido ZP que tenía las espinas del TC ( hay que nombrar a cinco) y del CGPJ ( que lleva tiempo en funciones) y ha conseguido de Rajoy que, al menos, se muestre dispuesto a ceder aunque, recuérdenlo ustedes, cualquier acuerdo sobre esta materia estaba condicionado, por el PP, a que se consiguiera un entendimiento en cuanto a la forma de enfrentar la recesión económica, lo que nos hace pensar que ya han renunciado a dicha condición. Y, precisamente, ha sido en este tema donde ambas partes han puesto de relieve que las posturas no se habían acercado. Es obvio que Zapatero está explotando (sin que se haya dado una respuesta contundente por parte del PP) lo de la defensa a ultranza de las prestaciones sociales y la falta de contención del gasto público (medida desde todo punto necesaria si se quiere paliar el peso fiscal sobre las empresas) alegando la, tan demagógica, imputación al PP de tender, en sus propuestas, a ir en contra de los intereses de los trabajadores para favorecer a los empresarios a costa de aquellos.

Por supuesto, aunque parezca hoy una utopía que se consiga, lo verdaderamente útil sería que se establecieran acuerdos para que ni el Gobierno ni la Oposición pudieran meter cuchara el tema de la Justicia, salvo en lo referente al tema de su financiación y dotación de medios propios para que los jueces y los fiscales no tuvieran que depender para nada del Ejecutivo ni del Legislativo, una de las maneras de garantizar su imparcialidad. Es de cajón que todos los nombramientos que se debieran hacer en los organismos rectores de jueces y fiscales debieran ser de exclusiva competencia de cada uno de los colectivos, en función de los principios de excelencia, honorabilidad, independencia y democracia. El restablecer la separación de poderes en nuestra Nación puede que sea una de las tareas más urgentes para lograr garantizar a todos los españoles la igualdad ante la Ley, el cumplimiento de los principios constitucionales y la vigilancia sobre las actuaciones del Gobierno, a fin de controlar cualquier posible desviación respecto a la legalidad que se pudiera producir en el ejercicio de sus competencias. En cuanto al TC creo que su implantación fue una de las grandes equivocaciones de la democracia.

Este órgano ha dado claras evidencias, durante su trayectoria, de haber actuado más para crear confusión y problemas que para su función exclusiva, que es la defensa de la Constitución. Sus continuas intrusiones en temas de la competencia del Tribunal Supremo y su más que evidente politización sólo han servido para escandalizar a la ciudadanía, que ha tenido que presenciar, entre estupefacta e indignada, como sus “señorías” luchaban entre sí a brazo partido para imponer sus tesis políticas a los del otro bando, sin que ninguno de ellos, incluida, especialmente, la señora Presidenta, señora Casas, haya tenido el pundonor y la vergüenza de dimitir para permitir que otro, de espíritu independiente, ocupara su lugar. A la vista de lo sucedido, parece bastante razonable que las funciones del TC fueran asumidas por el Tribunal Supremo, con lo que se lograría evitar solapamiento de competencias al tiempo que se evitarían espectáculos tan denigrantes de ver como ambos tribunales se han descalificado mutuamente.

Estamos donde antes. Nada ha variado. La crisis sigue in crescendo y las esperanzas de que alguien tome las riendas de la nación, para intentar mitigarla, se van diluyendo a medida que pasan los días, quiebran las empresas, aumenta el paro, los ciudadanos no llegan a final de mes y las hipotecas han conseguido poner contra las cuerdas a más de un infeliz propietario. Los unos para que no les llamen “crispadotes” y los otros porque no tienen puñetera idea de por dónde coger la patata caliente, poco a poco, estamos llevando a España al borde del precipicio. Que caiga en él o no, sólo está en manos del Sumo Hacedor o de la casualidad, para los ateos.

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