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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Y aquí, quién defiende el español?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 24 de julio de 2008, 23:04 h (CET)
Dicen que es difícil, prácticamente imposible y, por supuesto una insensatez el pretender ponerle barreras al campo. En nuestro país, sin embargo, dentro del campo de la política los hay que lo están pretendiendo, que han decidido que es conveniente que a los ciudadanos se les impongan ciertos límites en su forma de actuar, en su manera de pensar y en su estilo de expresarse. Porque, señores, lo curioso del caso es que, precisamente son aquellos a los que se les llena la boca de frases rimbombantes, expresiones demagógicas y aspavientos progresistas los que, con más ahínco se empeñan en limitar las libertades, incluso aquellas claramente especificadas en nuestra Constitución, para así conseguir llevar el agua de sus fanatismos secesionistas a su molino particular, destinado a triturar y pulverizar los derechos de aquellos que todavía nos consideramos españoles. Lo que ocurre es que uno llega a pensar que, en este país en el que aposentamos nuestros pies, la Justicia brilla por su ausencia, los que se deben ocupar de hacer que funcione están papando moscas o forman parte de este tinglado encargado del desguace de España y, los pobres ciudadanos que siempre somos los destinatarios últimos de las insensateces cometidas por aquellos que ostentan el poder y el mando, los que tenemos que plegarnos, nos guste o no, a las arbitrariedades de quienes han hecho de la reivindicación nacionalista, de la inmersión lingüística y de la lucha contra el castellano su modus vivendi.

Si ya Montilla y los suyos rompieron una lanza en contra del “Manifiesto por la lengua común”, ahora, como no podía ser menos, ha salido a barrera el señor Durán, de Unió, que como es habitual en él, nunca quiere pasar desapercibido cuando se trata de ocupar la primera fila entre aquellos que viven, medran y vociferan en defensa de esta utopía descerebrada de los nacionalismos excluyentes. Ahora el señor Durán se sale atribuyendo al Manifiesto el ser la “expresión extremista del nacionalismo español” ¡Hay que fastidiarse! Veamos, señor mío, que usted no puede decir que no tenga conciencia de lo que está diciendo, que usted es un abogado bien situado y que lleva muchos años en esto de la política, ¿a quién quiere tomar el pelo, a quién quiere engañar? o, lo que aún resulta más humillante, ¿ nos ha tomado a todos por estúpidos o indocumentados que nos quiere hacer comulgar con ruedas de molino? Porque si hay una “expresión extremista” de algún nacionalismo será sin duda la del nacionalismo catalán. Ni en Madrid ni en el resto de comunidades se prohíbe que ningún ciudadano se exprese en catalán, ni en vasco, ni en gallego o mallorquín; en todo caso, lo peor que le puede pasar a quien lo haga, será que no lo van a entender, pero nadie lo va a sancionar si rotula su establecimiento en alguna de las lenguas cooficiales ni le obligará a hablar en castellano en los patios de los colegios ni le tildará de ser un mal español por ello.

Se necesita ser muy temerario, señor Durán, para dárselas de ofendido cuando me temo que, ni siquiera, se ha leído el contenido del escrito que muchos españoles, modestamente, hemos firmado; es evidente que, sin una buena dosis de cinismo y fanatismo, ninguna persona puede afirmar, si está en sus cabales, que el Manifiesto pretenda en ninguno de sus apartados ir en contra del catalán, del euskera, el gallego o el mallorquín; antes al contrario, se ratifica la conveniencia de que todas estas lenguas sean salvaguardadas. ¡Lo que no se puede pretender es que, para protegerlas, se tenga que hacer a costa de los derechos constitucionales de los españoles a expresarnos, escribir, ser atendidos y recibir la enseñanza en nuestro idioma patrio que es, sin duda, el español o castellano, como se quiera nombrar! Idioma que, por cierto, compartimos con muchos millones de hispano hablantes.

Si una lengua, una variante de la misma o un dialecto, por las causas que fueren, se va deteriorando, evolucionando o cayendo en el desuso, será que le ocurre como a todo en este mundo en el que nos ha tocado vivir. Pasó con el latín, pasó con las lenguas romances, pasó con el español de Miguel de Cervantes y continuará pasando con todos los idiomas, porque las lenguas no son entes que se estancan y permanecen para siempre invariables; todo al contrario, son la expresión de una sociedad viva y como tal sujetas a las variaciones que el hablar del pueblo le pueda ir imprimiendo. Si resulta que, el catalán, por los motivos que fueren, sea porque la población de Catalunya ha ido evolucionando a causa de las inmigraciones del resto de la provincias o, sea porque, ahora mismo, por la inmigración llegada de otros países, deja de ser la más usada, pierde fuerza o se estanca debido a que haya otras lenguas que se utilicen en su lugar; no deja de ser un fenómeno corriente contra el que no se puede luchar pretendiendo imponerla a la fuerza o sancionando al que no la use o descalificando y postergando a quienes prefieran utilizar sus propias lenguas vernáculas o el idioma común que la Constitución ha establecido para toda la nación española.

Ya basta de tratar a los españoles como si fuéramos seres que deben permanecer en el guetto del oscurantismo, condenados a él sólo porque a una clase minoritaria y elitista de Catalunya se le ocurra que debe imponer manu militari la obligación de vivir en catalán. La cultura no es patrimonio de los nacionalismos, ni del progresismo de la farándula, ni de una clase determinada; sino que es la expresión de todas las costumbres, hábitos de vida, lenguas, dialectos, literaturas, bailes, gastronomía etc. de todas las regiones de España y, no puede prevalecer una de ellas sobre las demás porque, precisamente, la riqueza de este país, de esta Nación que es España, reside en esta pluralidad amalgamada de los distintos pueblos que la forman. El que pretenda crear singularidades, o coarte libertades o fije demarcaciones o confines dentro de sus fronteras, es que actúa contra los preceptos de la Constitución que todos nos dimos y, si en esta nación tuviéramos quien nos defendiese, si hubiera quien hiciera honor a su cargo y si no estuviéramos en manos de un partido entregado a sus intentos revanchistas, dominado por ambiciones políticas e inepto para otra cosa que no sea cumplir con sus fines de destruir la unidad e implantar sus filosofías laicas, materialistas y totalitarias; es probable que se llegara a recuperar la paz, el sosiego, las buenas relaciones interprovinciales que nos permitieran recobrar aquello que nunca se debiera haber puesto en cuestión, el concepto de una patria común, o sea, de España.

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