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Niños convertidos, prematuramente, en adultos

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 23 de julio de 2008, 12:04 h (CET)
Los que hubieren leído “Un invierno de Mallorca” de la escritora francesa Jorge Sand, compañera de Chopin durante su estancia en la localidad de Valldemosa, de la isla de Mallorca, sabrían de la pobre opinión que esta, andrógina y turbulenta, mujer –quien, por aquel entonces, no tenía reparos en vestir con pantalones de hombre –, tenía sobre los lugareños de la isla. Lo que no ha quedado reflejado en su obra era la opinión que las gentes de la época que, a la sazón, vivían en aquella ciudad costera, tenían sobre aquella “diablesa” que se atrevía a violar aquel lugar de recogimiento. Es evidente que, J.Sand, vivió con unos siglos de adelanto a su época y que, sin duda, se hubiera encontrada más en su ambiente viviendo entre las generaciones actuales. Afortunadamente para aquellas gentes sencillas, la estancia de la artista fue efímera y pronto pudieron, mis paisanos mallorquines, recobrar el sosiego que, la francesa, con sus excentricidades, había perturbado.

Hoy en día, hombres y mujeres llevan indistintamente ropas del sexo distinto aunque, para ser más precisos, los hombres que se visten de mujer poco tienen de hombre y mucho de otro género que hoy goza de todos los predicamentos que se ha dado en denominar como “homosexualidad”. Pero lo cierto es que, con la llegada de la emancipación de la mujer, con el gran “bluff” del feminismo y con el asalto a los resortes del poder de toda una generación de féminas reivindicativas, la sociedad se ha visto forzada e cambiar de rol. La división de tareas, que tan clara estaba antes de que llegara la revolución de las hembras; en la que el marido asumía la dirección del hogar, la defensa de la patria si llegaban las levas, el atender al sustento y mantenimiento de la familia y la tarea de encargarse de proporcionar una buena formación para sus hijos; mientras que, al “ama de casa”, le estaban asignados el cuidado y educación de los hijos, velar por su salud, cuidar de las labores domésticas y del sustento de toda la familia, así como proporcionar una adecuada formación religiosa de sus vástagos.

La equiparación de sexos ha traído como consecuencia que, una gran masa de niños, de seres en época de aprendizaje, de nuevas vidas ávidas de conocimiento y ampliamente dotadas de cerebros esponja capaces de asimilar miles de datos de lo que ocurre a su alrededor; haya dejado de estar al cuidado de sus progenitoras – absorbidas en otras labores y dedicadas a otros menesteres – para quedar en una especie de limbo en cuanto a quiénes deben hacerse cargo de ellos, en ausencia de sus padres. La solución no ha llegado con la premura que el problema requería y la falta de unos padres que se ocupen de sus hijos, ha tenido que ser sustituida por dos instituciones, ambas imperfectas y con graves inconvenientes. La guardería, donde los niños entran en régimen de cuartel debiendo enfrentarse a otros bebés tan egoístas como ellos que se desafían para ser los matones del grupo, para obtener el mejor juguete y para lograr el mejor trozo de pastel. La diferencia es que, en casa, la labor de poner orden estaba encomendada a la madre que ponía orden entre los distintos hermanos y pronunciaba, con autoridad, sus sentencias salomónicas. que eras acatadas por la prole. En la guardería, en cambio, las nurses que se ocupan de la colonia infantil no están por la labor de hacer de hadas madrinas y suelen dejar que estas reyertas entre los componentes del grupo se solucionen entre ellos. Consecuencias: el más fuerte siempre gana; el más débil siempre pierde y se acostumbra al rol de perdedor; el más avispado consigue los favores de la cuidadora mientras que el más tímido o el más vergonzoso siempre es el último cuando se trata de obtener alguna recompensa. Sería prolijo y propio de un estudio más exhaustivo detallar la serie de circunstancias que pueden convertir, para un niño pequeño, el parvulario en su infierno particular y la serie de mal formaciones mentales que pueden llegar a producirse en un ambiente semejante.

La solución de los abuelos presupone, en un principio, la conversión de los mayores de la familia en unos sustitutos de los antiguos sirvientes; obligándoles a aceptar una carga para la que la naturaleza no los ha preparado. A los naturales achaques de la edad se les añade la gran responsabilidad de cuidar de sus nietos en ausencia de sus padres y, ello, con la desventaja de que carecen de la velocidad, aptitudes físicas y rapidez de reacción de las personas más jóvenes lo que, a la vez, constituye un peligro añadido para los niños que, como es sabido, por su inquietud, su rapidez en la acción y su innata curiosidad pueden ser capaces de intentar las más peregrinas y peligrosas aventuras con los consiguientes peligros para su integridad física. Por otra parte, existe un importante componente de egoísmo por parte de los padres que, sea por su realización personal o por la comodidad de dejar a sus hijos al cuidado de los abuelos, se olvidad del derecho de las personas mayores, –que han trabajado toda la vida, han cuidado a sus hijos con grandes sacrificios, les han dado estudios u oficios – a vivir su propia vida y, vean ustedes la sinrazón de esta práctica, porque, cuando les llega el momento de gozar del descanso, de la placidez de la vejez, de la posibilidad de sentirse libres, sin obligaciones que atender; entonces, sin comerlo ni beberlo, les llega una nueva carga – sí ya sé que muchas excelentes personas me objetarán que lo hacen de mil amores, que les gusta tener junto a sí a sus nietos, bla, bla, bla – que les crea una situación de estrés para la que ya no tienen ni el ánimo, ni las fuerzas ni el humor de los años juveniles. De buena o de mala gana, lo que sus padres naturales evitan, esquivan y repudian, lo tienen que asumir las pobres personas, cuyo único futuro es que les llegue el día en que el señor Soria decida aplicarles los “cuidados paliativos” como antesala de su viaje al otro mundo.

Luego nos extrañaremos de que los niños salga díscolos, que no obedezcan a sus padres, que sean malos estudiantes y que, a los siete años, cuando nosotros todavía esperábamos ver a la cigüeña que nos trajera al hermanito, ellos ya son capaces de dar una conferencia sobre los órganos reproductores del macho y la hembra y de los métodos anticonceptivos. Estas esponjas de aprendizaje han aprendido lo bueno y lo malo (que antes se nos ocultaba hasta la edad en que éramos capaces de comprenderlo) de una vida que, a la fuerza, les obliga a espabilarse en las malicias, los trucos, las artimañas para salir airosos de un enfrentamiento para el que sus mentes infantiles todavía no están preparadas. Supongo que me dirán que estoy anticuado, que no sé lo que me digo, que el mundo ha cambiado; pero ¡saben ustedes lo que a mí me importa esto: pues un maldito pito!. Nada en absoluto, porque a mí ya me da un bledo lo que piensen de mí los demás. Soy libre, independiente y me importa un rábano la opinión de aquellos que no comparten mis puntos de vista. Sí señores.

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