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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El Supremo deja abierta la incógnita del 11–M

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 22 de julio de 2008, 08:36 h (CET)
Debo admitir que no tengo elementos de juicio suficientes, o mejor dicho, no los tenía hasta hace unas horas, para atreverme a emitir una opinión respecto al tan traído y llevado juicio sobre la masacre del 11-M del 2004. Siempre he tenido la sensación, eso sí, de que no existía una verdadera voluntad por parte del Gobierno y de las autoridades judiciales, que se ocuparon de la instrucción del sumario y de la obtención de las pruebas, de entrar a fondo en el meollo de la cuestión. Hubo actuaciones judiciales que dejaron mucho que desear y que pudieron perjudicar gravemente el proceso de esclarecimiento de lo que, verdaderamente, sucedió en aquellos vagones donde se depositaron 13 mochilas cargadas de… algo impreciso, puesto que, al parecer, todavía nadie lo sabe a ciencia cierta; para unos un tipo de dinamita, para otros otra clase de ella, con señales de ácido bórico. Es verdaderamente incomprensible que, el juez Del Olmo, permitiera que, a los pocos días, los restos de los vagones siniestrados fueran desguazados y quedaran fuera de la investigación policial. Hasta el más torpe de los ciudadanos de a pie es capaz de entender que, ante un hecho de las dimensiones de lo que fue el gran asesinato múltiple ocurrido en Madrid, lo que parecía obligado, lo más sensato y lo que cualquier autoridad que quisiera actuar, siguiendo las normas vigentes en cualquier policía del mundo, hubiera, sin duda, procurado por todos los medios proteger los restos de los vagones, para poder llevar a cabo sobre ellos todas las investigaciones y pruebas científicas que estuvieran encaminadas a obtener el máximo de evidencias posible. Nada de esto se hizo. Las pruebas obtenidas se guardaron en dependencias policiales, sin que tuvieran la menor garantía de no ser alteradas por otras sustancias o, incluso, manipuladas por personas interesadas en orientar la investigación en una determinada dirección.

Sin embargo, lo que resulta más alarmante, lo que pone en guardia a la ciudadanía (no, por supuesto, a aquella que prefiere que se hable lo menos posible de la cuestión) es este empecinamiento del gobierno socialista y de la prensa que le es afín, de tirar tierra sobre todo lo que, directa o indirectamente, está relacionado con este luctuoso suceso. No han valido para nada los esfuerzos de la AVT para que se revisaran las actuaciones sumariales; tampoco han tenido trascendencia el tema de las manipulaciones en los documentos periciales y las múltiples contradicciones que se han dado durante todo el juicio, presidido por el señor Bermúdez, sin que de él surgiera una sentencia clara, convincente, bien argumentada y suficientemente esclarecedora de cómo, de qué forma, con qué medios, qué personas intervinieron directamente y cuáles fueron sus instigadores y financiadores. Todo quedó en meras suposiciones, pruebas cogidas por los pelos y pocas evidencias materiales, por no decir casi ninguna.

Lo cierto es que el señor Bermúdez no sacó en claro más que una condena a unos pocos, a todas luces meros sicarios, sin capacidad intelectual para organizar semejante operación y sin ningún dato capaz de esclarecer la autoría intelectual de un atentado que debiera haber sido planeado concienzudamente para que influyera en los comicios del día 14. Todos los intentos de El País, y su corte de adictos al gobierno de ZP, de falsear el resultado de la sentencia del Supremo, desvirtuar los efectos de la misma y darle una interpretación contraria a lo que se desprende nítidamente de ella, no son más que tentativas infructuosas de convencer a aquellos que son incapaces de pensar por si mismos y a los fanáticos del PSOE, empecinadas en demostrar una relación directa de aquel atentado, que tan rentable les fue para derribar al PP, con la organización terrorista Al Qaeda. A nadie puede dejar de sorprender que, de toda aquella retahíla de detenidos, de todos aquellos que, supuestamente, fueron los que perpetraron el atentado y que dirigieron y realizaron los actos de colocación de las 13 mochilas que explotaron en los vagones, solamente 4 de ellos hayan sido considerados culpables de su ejecución material y, el resto, condenados por otros delitos diversos, sin relación directa alguna con el atentado. No hay autores intelectuales, porque el llamado El Egipcio, al que la fiscal Olga Sánchez le imputaba ser el organizador del delito; ha sido exonerado de culpa, no sólo por la Audiencia Nacional, sino también por el propio Tribunal Supremo que, por cierto, ha absuelto a cuatro más de los condenados por falta de pruebas materiales. Ha sido el TS quien ha dejado manifiesta la endeblez del sumario, su falta de rigor, la incompetencia de la fiscal y las lagunas que quedaron sin aclarar en todo el largo proceso de su instrucción; aparte de algunas anomalías en cuanto a la aceptación de las pruebas y de la actuación de la policía que, al parecer, tenían suficiente entidad para darle otra vertiente a todo el proceso. No es de recibo que se dejaran de esclarecer determinadas actuaciones policíacas o temas de tanta trascendencia como la composición de los explosivos, el arma del delito.

Siempre ha dado la sensación que los socialistas, una vez hubieron sacado la renta que esperaban del suceso, en cuanto consiguieron el poder y se hicieron en el gobierno de la Nación, dedicaron todos sus esfuerzos en correr una tupida cortina de desinformación, informes contradictorios, descalificaciones a todos aquellos que pretendían investigar las circunstancias de la masacre, dando, siempre, la impresión de que lo que pretendían era que se olvidase el tema y que, en la mente de la ciudadanía, quedara indelebrlemente impresa la imagen de una masacre provocada por la famosa guerra de Irak de la que tanto rédito sacaron los socialistas y que ha sido la punta de lanza utilizada para hostigar al PP. Nunca, en todo el proceso posterior a la comisión del atentado ( 192 muertos y más de 1500 heridos), ha habido, por parte del PSOE, un verdadero espíritu de colaboración, una investigación abierta y un proceder diáfano de las fuerzas del orden; antes al contrario, han sido constantes los obstáculos puestos por las autoridades para que se investigasen diversos puntos oscuros, actuaciones sospechosas de ciertos policías y mandos de la seguridad del Estado como si existiera un temor de que algo oculto y poco justificable saliera a la luz. Se ha difundido siempre la especie de “la trama del 11-M, cargada de la llamada caza de brujas”. Lo malo del caso es que,como en el caso de las meigas, si nos regimos por todo lo que ha quedado en el aire sin averiguar, podríamos decir que “brujas”, en este caso, “haylas”.Podríamos decir, parafraseando a Galileo, que este juicio, por mucho que los interesados en ello pretendan imponer sus tesis de una relación con Al Qaeda, (desmentida, por cierto, por el Supremo); a los ojos de muchos ciudadanos inconformistas nos llevaría a pronunciar, como la tradición atribuye al gran Galielo, eso de: “Eppur si muove”.

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