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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Cruzada contra la vida

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 18 de julio de 2008, 04:41 h (CET)
Si la impresión tradicional decía: “vivir es sentirse limitado”- y ahí precisamente está en rigor la excelencia del hombre, en referir la vida a una instancia superior -, la voz progresista grita: “vivir es hacer lo que me da la gana, incluso con la vida de los demás”. El día en que se reconstruya la génesis de nuestro tiempo se advertirá en toda su dimensión la altura que nos deparó. No existe vida buena ni sana evolución moral cuando un progresismo sin principios ni creencias amenaza de involución y retroceso al hombre y a la sociedad a través de una cruzada contra la propia vida. El progresista, que suele vivir en una absoluta falta de autenticidad, sólo espera una cosa: el momento perfecto para poder hacer cuanto se le antoja.

Ahora ha llegado ese momento favorable, el poder de las mayorías que otorgan derechos de un modo discrecional, el tiempo de sacar las almas de su interna servidumbre y proclamar que dentro de ellas está su señorío y dignidad, el derecho a la propia autodeterminación. El filósofo Marc Jongen publicó recientemente un ensayo titulado: “El hombre es sólo el experimento de sí mismo”. El autor propone la necesidad de dejar atrás toda huella de la concepción clásica, de matriz griega y judeocristiana, del hombre entendido como sujeto-persona, y en cuanto tal provisto de una dignidad irreductible, fuente de derechos y deberes garantizados por el sistema de las leyes. La capacidad que el hombre ha adquirido de intervenir en el origen mismo de la vida y controlar los procesos de la muerte urgirían a asumir esta objetiva concepción “científica” del hombre. En esta perspectiva, se trataría de aceptar la finitud, trabajando para que el “oficio de vivir”, según Pavese, sea menos gravoso gracias a los poderosos medios que nos ofrecen la ciencia y la tecnología. Mediante un cuidadoso uso del criterio “prohibido prohibir”, la ética misma podría fomentar la tolerancia, la asunción finalmente autónoma y digna, por parte del hombre, de la vida y de la muerte.

Vuelve la pretensión de la implantación eutanásica. El poder público necesita agentes y personajes ruines e inferiores que conmuevan, perturben y se pongan al servicio de su potente maquinaria para matar. El último en ser escogido es el doctor Montes, ex coordinador del Servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés, paradigma de la patología de lo miserable, sicario profesional, moderno y progresista postulador del derecho a matar para mayor gloria de un gobierno que pasará a la historia como el gobierno de mayor decadencia moral del siglo XXI en su obstinada cruzada contra la vida. El doctor Montes encarna la barbarie del progresismo, sin la menor solidaridad íntima con el destino de la ciencia o del ser humano. Es aterrador constatar a qué dedican algunos médicos su más valioso tiempo y energías.

El manifiesto por la muerte solicita la despenalización del “suicidio asistido” y de la eutanasia activa; pide a los políticos (como si la téchne no estuviese ya diseñada y fuese ajena a ellos) que inicien el debate y constituyan una comisión en el Congreso; demanda el apoyo de teólogos y filósofos que informen sobre un Dios que ha dado al hombre la luz natural de la razón para juzgar por sí mismo el momento de la partida. Y como colofón necesario para “desmitificar la realidad de la muerte” y “hacer pedagogía positiva de la misma” se cita el libro del Eclesiastés, porque “todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo; su tiempo el nacer y su tiempo el morir”.

Cada día están las cosas peor. La dictadura aberrante de las mayorías produce una sociedad y un hombre indócil a la verdad, ajenos a cualquier mandamiento. Las deshumanizadoras decisiones de las mayorías determinan de un modo abyecto qué persona es apta o no para pertenecer al género humano, como si la vida y la muerte fuesen un mero acto biológico, sometido al dictado o abordable desde el punto de vista médico. El hombre de hoy está enajenado al descubrir que cualquier tipo de manifiesto puede alcanzar el rango de ley sin ajustarse a la verdad. Cualquiera puede convertirse en un entusiasta proabortista o un líder eutanásico, y sus propuestas ser escuchadas, imponiendo sus propias opiniones. Suprimidos apenas los trámites, todo se lleva al Parlamento y se traduce en ley. La acción no puede ser más directa.

Lo dicho, quienes dirigen el destino de la nación española están instalados en una falta absoluta de responsabilidad, se deslizan por la pendiente favorable de las mayorías para legalizar el crimen y la muerte, haciendo vigente aquello de Hegel: “la obra de la libertad absoluta es la muerte” Los síntomas ya pasaron. Ahora es la enfermedad del relativismo jurídico quien asola la comunidad humana, es el ejecutivo, por cuestiones de poder, quien decide cuándo el otro debe existir. En el fondo, todo obedece a una antropología muy concreta: la de un hombre sin Dios, sin más porvenir que el trazado por él mismo. Para el creyente, no es posible disociar el nexo constitutivo entre el amor de Dios y la observancia de los mandamientos, de modo que, en este caso, no matar constituye el criterio de comprobación del amor de Dios en nosotros.

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