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Etiquetas:   La tronera   -   Sección:   Opinión

Respuesta al clamor social

Jesús Salamanca
Jesús  Salamanca
jueves, 17 de julio de 2008, 04:28 h (CET)
Si un estudiante tiene un examen final de carrera y se pone a estudiar la noche antes, estamos ante un estudiante que no sabe trabajar, no sabe o no quiere planificar, es un vago, un inconsciente o un abanderado de la dejadez. Pues así es el Ejecutivo de Rodríguez; aunque se podrían decir de él muchas más cosas y mucho más graves. ¿Por qué empiezo así el artículo? Sigue leyendo y lo sabrás.

El Gobierno del presidente Rodríguez y de todos los españoles, no solo no hace los deberes en el terreno económico, sino que tampoco los hace en el ámbito político. Sabían que el día iba a llegar y que Iñaki de Juana Chaos iba a salir en libertad, tendría que vivir en algún sitio y eso podría dar lugar a polémica.

Pues la polémica ya está aquí, aunque aún hay tiempo de rectificar y aplicarle orden de alejamiento respecto a sus víctimas. Lo ha planteado acertadamente Rosa Díez, al igual que lo ha hecho la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Incluso José Antonio Alonso, el único ministro con credibilidad en el Ejecutivo de Rodríguez, está preocupado por la situación. Y de él sí se fían los españoles, aunque desconfíen de ‘zetapé’.

Lo cierto es que el Gobierno se ha puesto ayer a estudiar, a unos días de la liberación de De Juana. ¿Entienden ahora el ejemplo del estudiante vago, dejado y perezoso? ¿Encuentran semejanza entre el caso De Juana Chaos y la actitud del avestruz que ha demostrado el ejecutivo socialista?

Si hasta ahora el Gobierno ha cerrado los ojos a realidad, no es conveniente que niegue el clamor social existente, como niega la crisis. Bastantes insensateces ha cometido este el Gobierno de Rodríguez como para que ahora haga deméritos con una más. Aún es tiempo de adoptar medidas, independientemente de que gente como Llamazares u organizaciones como el PNV apoyen la salida de De Juana.

Es cierto que una vez que esté en la calle habrá recuperado todos sus derechos civiles. Y uno de esos derechos es que viva donde le plazca. Por suerte la Constitución recoge la libertad de residencia; pero eso no es obstáculo para evitar que el asesino viva junto a sus víctimas a quienes, sin duda, mirará por encima del hombro y se arriesgará a que alguien dé cuenta de él, pues no faltan personas dispuestas a organizarse, lo que impedirá que salga a la calle o se generen innecesarios enfrentamientos.

Vamos a ver. Un preso que no se ha arrepentido de sus crímenes debería continuar en prisión. Ya sé que la ley en España es coja, ciega, vaga y deficiente, al menos en estos casos. Lo reconocen hasta quienes ‘juegan’ con ella; es decir, los juristas. Hay carencias como la de referencia que hacen sentir vergüenza al legislador, al jurista y al ciudadano.

Pero lo curioso del caso, y hago uso de las palabras de un jurista: “estas deficiencias con muy fáciles de corregir”. El problema es el de siempre: depende de la “voluntad política”. Apenas hemos empezado a reflexionar y ya chocamos con la política. En esta España nuestra, todo lo que lleva el apellido “político o política” es preocupante, y a veces objeto de crítica y mofa.

Nos sorprende la solución que se aporta desde una Asociación de Juristas. Su portavoz ha expuesto que “la sucesión de casos de este tipo puede llevar en un futuro próximo a que en los escritos de acusación de los fiscales se incorporen peticiones para cuando el culpable cumpla su condena”. No dudamos de que en este punto pueda entrar el alejamiento de las víctimas y otros variados aspectos. Pero señores, ese no es el problema ahora. La inmediatez no puede esperar y Chaos no va a aceptar permanecer preso hasta que el legislador encuentre la solución.

Ya, sin más dilación, se requiere una solución. El dos de agosto está a la puerta de la esquina. Y, al parecer, ni Ejecutivo, ni PSOE, ni algunas Asociaciones jurídicas ven vías a corto plazo y, sin embargo, la ciudadanía tiene decenas de soluciones basadas en el sentido común. Si las leyes no coinciden con el sentido común, esas leyes no nos sirven a los ciudadanos y habrá que hacer otras. No nos cabe duda de que el problema está en que la ley carece de espíritu, pues éste está en el legislador y el legislador no siempre tiene el sentido común que se le supone.

Lo más triste del caso es que se demorarán las soluciones. ¿Por qué? Pues porque no se ponen de acuerdo ni siquiera las Asociaciones Profesionales de expertos y expertas judiciales. Mientras que unas Asociaciones de juristas están muy interesadas en aportar soluciones, aunque no a corto plazo, el portavoz de otra Asociación retuerce el pensamiento de tal forma que los ciudadanos nos llevamos las manos a la cabeza ante la sorpresa y la interpretación, no sin indignación.

Bendita la libertad de expresión y pensamiento, pero el retorcimiento es preocupante: “reformar el Código Penal para extender penas que ya se han cumplido supondría dar pasos adelante hacia la cadena perpetua”. ¡Ahora vas y lo cascas! Por favor, no se rían, tómenselo en serio o, al menos, háganlo en privado para no llamar la atención. Lo ha dicho un portavoz de una de las Asociaciones. Para echarse a temblar. ¡Hace falta tener colmillo retorcido para llegar hasta ahí!

Otra perla más del mismo portavoz: “es inevitable que en determinadas ocasiones un delincuente viva cerca de una víctima (…), pero lo que se debe hacer es lo que dice la ley”. De acuerdo parcialmente, pero ese no es el problema ahora. Algunos marean al burro con tanto dar vueltas a la parva. Lo que hace falta son soluciones ya. Lo de Iñaki de Juana Chaos no se puede consentir; máxime cuando se conoce el retorcimiento hipotecario de su barragana, ‘polvera’ penitenciaria y hospitalaria, hoy su mujer, para no indemnizar a las víctimas.

La ciudadanía no juzga a sus políticos y legisladores por sus intenciones. Se puede decir de ellos que tienen un corazón de oro, pero eso se puede decir también de un huevo duro. Decía James R. Lowell que la demagogia otorga a cada uno de los hombres el derecho a ser opresor de sí mismo. Cierto y, a la vez, estúpida realidad, no muy alejada de la insensatez que hace que un asesino pueda oprimir sus víctimas.

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