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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

Tengo muchas ganas de tenerte entre mis brazos, Tina

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 16 de julio de 2008, 10:12 h (CET)
(Y, ASIMISMO, POR SUPUESTO, DE HALLARME ENTRE LOS TUYOS)

“Mientras el inteligente multiplica los éxitos del otro, el torpe les resta importancia”. José Luis Iborte Baqué

Mi vida:

Itero lo del título y el subtítulo de la presente urdidura (o “urdiblanda”). Y, además, deseo decirte a la cara, mirándote fijamente a los ojos, lo que huelga, porque lo sabes hasta de corrido, que te amo apasionadamente, que anhelo casarme contigo y ansío envejecer a tu vera, eviterna o sempiterna primavera.

Procuraré arroparte más y mejor. Ignoro por qué tiritas de frío, pues mis brazos rodean tu cintura y mi pecho calienta tu espalda. Me gusta el color (semejante al de mi firma electrónica) del jersey o saquito que portas hoy, rojo, como el de la cereza picota.

Ciertamente didáctica, Tina, la charla que hemos mantenido esta mañana sobre crítica literaria. En relación con Jorge Luis Borges, entiendo que deberías hacerle un poco de caso a tu querido profesor particular, José Luis Iborte Baqué (que, recientemente, ha recibido lo merecido, su tercer doctorado y décimo tercer título universitario –acaso pronto, muy pronto, aparezca, con motivo bastante o razón sobrante, en el Libro Guinness de los Récords-), y a tu amado y amador, Félix. Creo que en asuntos y cuestiones de literatura eres excesivamente rigurosa y vehemente (lo que, poco más o menos, has reconocido tú misma en otros lares o lugares). Convendría que a ratos, en la teoría (y en principios y valores), fueras rígida, como la caña, y a ratos, en la práctica (y en sus diversas muestras), flexible, como el junco.

No me importunas, cariño. No te importe interrumpirme cuando lo consideres preciso. Supongo que, como me ocurre a mí, lo haces cuando sientes la necesidad inexcusable, irrefrenable e irreprimible de compartir un pensamiento que crees complementario, original, rompedor, en torno al tema del que se está discutiendo, o sea, de contribuir con una perspectiva perspicaz, interesante, al asunto sobre el que andamos debatiendo. Aquí, en esta vida, todos aprendemos (al menos, deberíamos aprender) de todos. Todos tendríamos que ser unas veces maestros (con el estro encendido) y otras alumnos (con el plectro a punto o en trance de ser prendido). El maestro que no aprende de sus alumnos no merece ser llamado ni lo uno ni lo otro, aunque se apellide Unamuno u Otramotro. Ya sabes: quien más habla o escribe, más se equivoca. Uno es reo de sus palabras y dueño de sus silencios. No te recordaré esta vez el pensamiento de Diógenes Laercio. Me refiero a aquél que semeja una pescadilla que se muerde la cola.

Creo que hoy te despertaste libérrima (lo que no está ni tiene por qué estar mal). Acaso lo que has visto ha venido ha ratificarte en la necesidad de seguir en tus trece, de perseverar en tus libertades de pensamiento y expresión (óptimas, por pintiparadas, herramientas del ciudadano crítico).

La crisis es mundial, mi bien. Habrá que atarse los machos, quiero decir, apretarse el cinturón.

Tiene muchas ganas de escucharte quien te (man)da abrazos, besos y caricias renovadoras, resucitadoras, te adora y admira, tu

Félix Unamuno.

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