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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

A pesar de mis miedos y torpezas, te amo con todo mi ser, Tina

Ángel Sáez
Ángel Sáez
lunes, 14 de julio de 2008, 21:47 h (CET)
Mi vida:

No obstante son muchos los errores que cometo a lo largo y ancho del día (espero, al menos, no volver a meter la pata otra vez contigo), quiero que sepas (sé que huelga, pues me consta que eres consciente de ello) que te amo como no amé nunca antes a nadie, con una fuerza, una pasión y unas ganas inauditas, insólitas. Reconozco que si yo he dado muestras variopintas de tal, de mi Amor sin fisuras por ti, no menos demostraciones has hecho tú del que sientes por mí. Te estaré eviternamente agradecido si te avienes a lo máximo, a casarte conmigo. Ahora bien, puede que me persuadas de que acaso haya otra mejor solución para ambos. Pero, por ahora, eso es lo que pienso y persigo denodadamente, convencerte de que te amo tan de veras que anhelo unirme, mediando sacramento, a ti para y por todos los días que nos restan por vivir. Sé que contigo tocaré el cielo, los diversos cielos existentes, teniendo los pies sobre el suelo. A tu lado conseguiré mi total y completa realización personal y profesional. Quiero conseguir mis éxitos estando a tu vera, porque tú fuiste, eres y serás la mejor mujer para mí, quien más hizo, hace y hará por mí. Para que te sientas orgullosa del menda y compruebes que tus esfuerzos tuvieron la merecida recompensa. Te prometo que los susodichos no serán en vano.

No obstante mi miedo (estoy seguro de que en Italia se disipará completa y definitivamente) a malgastar o invertir mal mi tiempo (oro, sin ninguna hesitación) de nuevo, te adoro y admiro (incluso más de lo que lo hice otrora a mi dilecta María Zambrano). Y cuando escribo esto, lo que acabo de trenzar, me doy perfecta cuenta de lo cabal, exacto o justo que he sido con mis emociones, pensamientos y sentimientos.

Seguramente, te ocurre lo que afirmas que te pasa (y pesa, pues llegas a sentir incluso que te pisa) con tu deudo, por la sencilla razón de que él es carne de tu carne. Y es que, por muchos años que se viva, uno suele reparar en lo obvio, que no hay Amor más puro y desinteresado que el que siente una madre por su único hijo enfermo (lección que aprendí in illo témpore, siendo estudiante de COU, entre religiosos Camilos –pues fue dicho por el santo que les da nombre, San Camilo de Lellis o Lelis, que vino al mundo en Bucchianico y murió, precisamente, tal día como hoy, según nos recuerda el santoral, pero del año 1614, en Roma-, cuando acudía las mañanas de los sábados a la calle Cartagena, de Zaragoza, a arrimar el hombro en un asilo de ancianos, donde tuve experiencias rayanas con el milagro, lo prodigioso). Haces bien en ayudarlo, aunque sea adulto, grande, como tú dices. Tal vez harías bien si consiguieras persuadirle de los beneficios que le reportaría acudir a la consulta del médico especializado. Que pruebe a ir. A ver si da con uno bueno y le echa la mano que tú no puedes ni estás capacitada para (brin)darle.

Eres una persona abnegada, altruista, excelente. No me extraña que yo me haya enamorado cuerda y, a ratos, hasta locamente de ti, Tina.

Creo que es un imposible lo que pretendes, cariño. Pero te entiendo. Opino que ambos tendremos que sacrificar algo, una parte, por el bien común, pero no nos importará, si logramos salvar nuestro Amor, que es una realidad irrefutable, como un templo. La idea, sí, es ser lo más felices que podamos juntos; o sea, duplicar nuestras alegrías y dividir las penas.

Espero que no te haya molestado escuchar el rutinario y rayado mensaje que te he susurrado al oído esta noche: te amo, te amo, te amo... (hasta el infinito, como diría el mayor de tus nietos).

Ojalá estés bien, porque no te haces (bueno, sí has conseguido hacerte, poco más o menos) una idea bastante aproximada de cuánto te deseo; cuánto ansío abrazarte, besarte, lamerte, mimarte, olerte, asistir a ese espectáculo gratificante que debe ser presenciar cómo escalas y llegas a la cumbre del orgasmo, compartir nuestros jugos, etc. Nada, Tina, que tu libidinoso y procaz Félix ha vuelto por sus fueros, a hacer sus proverbiales comentarios salaces.

Sobra urdir que te ama (pero le gusta insistir en ello a) tu

Félix Unamuno.

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