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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La distancia espiritual del G8 hacia la pobreza

Roberto Esteban Duque
Redacción
lunes, 14 de julio de 2008, 04:05 h (CET)
Conmovedor y doloroso espectáculo ante el mundo, obscena actuación la de unos políticos cuyo prestigio es directamente proporcional a su sentimiento de indiferencia ante el pobre. La Cumbre de los G8 se reúne en Japón para disertar sobre el encarecimiento del crudo y la crisis de los alimentos, pero desafían el ingente drama de la pobreza organizando una cena para ellos solos compuesta de dieciocho platos como excelente preámbulo ante tan afligido escenario. Maleducada actuación la de unos gobernantes sin sentido del valor ni del bien. Indecencia política donde no hay principios y, por lo visto, tampoco personas.

En la Antígona de Sófocles, Creonte afirma que el motivo más justificado de orgullo para un hombre es la prudencia o sabiduría práctica, la excelencia de la deliberación. Por el contrario, lo más dañino es la falta de esa prudencia. Estos ocho Jefes de Estado han hecho gala de una imprudencia política extraordinaria. ¿Era apropiado tener una cena de semejantes características cuando se habla de la pobreza? ¿Qué celebraban los gobernantes? ¿A quién se dirigía tan sublime homenaje? ¿Por qué no les produjo renuencia alguna? Cuando falta la virtud política de la prudencia, asoma la ausencia de la justicia y del valor, de la moderación y la generosidad. La desafortunada actuación, distante y fría, ajena a las preocupaciones y necesidades que posibilitan determinada sensibilidad, revela la falta de reconocimiento de lo particular, el vacío de comprensión hacia el pobre. La vida buena exige una respuesta de compasión concreta, ajena al desdén vituperable de unos cuantos funcionarios de Estado, muy bien pagados y muy mal criados, hacia los pobres del mundo.

¿Qué significa manifestar al mundo un sentimiento universal de falta de sensibilidad y humanidad, estampar un manotazo al desvalido con un alarde de opulencia ominosa? Muy sencillo: una profunda distancia espiritual. Un Jefe de Estado, hablando de la miseria del indigente, sólo toma el pulso del problema. Algo parecido a como el periodista nos comunica, por razón de su oficio, lo que realmente sucede. Sólo el pobre se encuentra en la mayor cercanía espiritual. El político asiste al espectáculo, lo contempla como un profesional, ¿pero qué siente ante la angustia del pobre? Actúa por oficio. Y aunque es responsable, y en ello le va el prestigio, sólo manifiesta su carácter de funcionario, sin apenas una mirada y un acto compasivo, eficaz y solidario. Ya lo advertía el poeta y el apóstol de los leprosos de nuestro tiempo Raoul Follerau: para los pobres, el don más grande son los demás pobres, los únicos que pueden entender y ayudar a quien sufre. Sin ser afectados se puede ser inteligente, pero no tener benevolencia, ni valor, ni philía. La persona buena sacrifica no ya dieciocho platos por dos, como dice el bobo de Zapatero, sino toda posibilidad del placer en aras de actuar bien o ayudar.

El político necesita una disciplina moral de la que actualmente adolece, haciendo gala de su espantosa frivolidad. No se puede atender a los problemas con tanta distancia espiritual respecto de ellos. Al político hay que exigirle mayor responsabilidad, un grado de participación diferente al de la sola reflexión o contemplación, una reacción más virtuosa, emocional y humana, una menor hybris y una mayor sophrosýne, un grado inferior de intemperancia y más dominio de sí, los dos principios que según Sócrates dirigen el comportamiento humano. Si no fuera así, un pragmatismo repugnante se convertiría en la realidad por excelencia de la vida política, y asistiríamos a una verdadera deshumanización.

Ay, parece que existe un extraño modo de ocuparse de algo, y que consiste en despreocuparse de ello. El hombre se empeña en destruir con su comportamiento muchas de las mejores cosas humanas. Obligados a cuidar el desasosiego del hombre, en lugar de velar por él aplastamos de un zarpazo su vida maltrecha. Ciegos que pretenden guiar a otros ciegos, remediar su mal burlándose de él. La pobreza y el sufrimiento exigen la acción política, pero acompañada de una respuesta moral y religiosa de la existencia. Sólo así, como sostiene Ortega en La deshumanización del arte, la realidad vivida de un modo próximo adquiere su peculiar primacía. Sólo así es inteligible que la propia comodidad sea un superfluo derroche de lo que en realidad pertenece a los pobres.

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