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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La exaltación del Orgullo

Roberto Esteban Duque
Redacción
sábado, 12 de julio de 2008, 11:28 h (CET)
Lo del bello erómenos Alcibíades y el sabio erastés Sócrates (papeles sexuales que finalmente se confunden) es pura retórica comparado con la infame estética del desfile que protagonizaron el pasado sábado por las calles de Madrid los integrantes del Orgullo gay, o lésbico, o transexual. Si el erómenos jamás consentía excitarse, siempre ensimismado, el Orgullo se identifica con la promiscuidad y la provocación, con el exhibicionismo ofensivo y escandaloso de los gestos y de las palabras. Como Diógenes el Cínico, pero sin ninguna clase, pretenden demostrar su desprecio por las costumbres y cuestionar los prejuicios, y en lugar del barril agujereado en la plaza del mercado, escogen la entera calle perra, o la perra calle entera, como si fuera el hogar de su particular y cicatero mundo.

El Orgullo simboliza la decadencia y el clima moral sin máscara ni artificio, la manifestación decadente de un mundo que se siente a sí mismo reprimido por los demás, de un grupo victimista y lleno de odio que adopta la fisonomía de un sonoro y altivo resentimiento hacia la Iglesia católica, castradora única en tiempos pretéritos y actuales de todos sus deseos y aspiraciones. ¿Qué aporta semejante acontecimiento al ser humano? ¿Qué tipo de conocimiento, placer o nobleza, ofrecen a la sociedad civil? ¿Qué gritan, aparte de coléricas injurias hacia la jerarquía eclesiástica? ¿Alguien ve algo digno de aprecio en semejante desfile blasfemo y grotesco? ¿Qué tipo de bien nos proponen semejantes actos vergonzosos y ridículos, personajes estimuladores y procaces de comportamientos perversos, estúpidos, indignos del ser humano?

El colectivo gay debería integrase de otro modo en la sociedad, esforzándose en alguna empresa nacional, o en un sugestivo plan social más noble que el del Orgullo. El reducido horizonte de sus preocupaciones y continuas exigencias, abandonados y desbocados como están en sus propios límites, sólo revela angostura y una buena dosis de odio y resentimiento. La influencia del colectivo gay sólo es posible por la energía que la sociedad civil le ha otorgado. La legalización del matrimonio homosexual es el resultado del entusiasmo banal que una vasta porción de la sociedad puso en ella. El poder público y el gobierno de España no ha hecho sino asimilar la extrema zafiedad de ciertas organizaciones de carácter reivindicativo. ¿Por qué piensan ustedes que Zapatero es presidente? La razón es clara: una entusiasta y resentida sociedad ha puesto su esperanza en él, ofreciéndole, ex abundantia cordis, un amplio margen de confianza. Zapatero ha sido llevado al poder por gentes enojadas, y su valía sólo es relativa a la histeria colectiva de los nuevos burgueses, antaño sórdidos envidiosos, cargados de plebeyos sentimientos y desmemorias históricas.

Espantosa es la época de decadencia en la que se sumerge la sociedad española. Lo inferior y ruin, lo mediocre y bajo se encumbra. La cultura de la muerte asume carta de naturaleza. La exaltación áspera destruye el orden moral. La política se radicaliza y deshace el tejido social. Ciertas asociaciones reivindican que la sociedad sea según a ellas se les antoja que debe ser, como si lo deseable tuviese que ser realizable. La perfección ética y jurídica está en manos de mayorías irreverentes, que subordinan los derechos del ser humano a su reconocimiento legal.

El Apóstol San Pedro decía: “Libraos de esta generación perversa”. Así respondía en Pentecostés cuando la gente preguntaba qué es lo que se debía hacer. “Brillar como las estrellas en el firmamento en medio de una generación perversa”, aconsejaba el Apóstol San Juan. Algo no menos exigente sostenía el poeta tebano Píndaro, cuando afirmaba: “llega a ser el que eres”, es decir, cultiva lo bueno y aspira a la perfección, porque tus valores y esquemas son parciales y míseros. Si sabemos mirarla, toda realidad nos enseñará su defecto y su norma, su pecado y su deber. La norma y el deber coinciden en la perfección, el defecto y el pecado en la mediocridad. Huyamos, al menos, de la caricatura lasciva de la sociedad que se obstina en ofrecernos el Orgullo.

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