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La comunicación absoluta

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 10 de julio de 2008, 09:13 h (CET)
Este es el título del libro de Luis Cencillo sobre antropología y práctica de la oración publicado en 1994, que hace algunos años me regaló uno de mis hijos diciéndome que era seguro que me gustaría. Efectivamente me gustó tanto que lo tengo siempre a mano, lo releo una y otra vez y subrayo o pinto de colores muchas de sus ideas que han calado hondo en mi vida de cristiano.

Por casualidad me entero de que el pasado 25 de junio murió en el olvido, con 85 años, este hombre extraordinario, doctor en Filología clásica, licenciado en Filosofía, Derecho y Teología, Antropólogo y diplomado en Psicología. Profesor en varias Universidades alemanas y españolas, fue catedrático en Valladolid, la Complutense y Salamanca.

Aunque nunca le conocí quiero mostrar mi agradecimiento por su libro, cuya lectura ha causado en mí un gran impacto. El autor llama comunicación absoluta a la búsqueda del trato más franco con Dios. Aunque tradicionalmente se ha hablado de “grados de oración”, la realidad de una auténtica relación con Dios implica actitudes, estados afectivos e incluso todo un modo de existir.

El autor llama absoluta a la relación con Dios en la que el hombre busca una comunicación incondicional, es decir, una disposición de absoluta entrega, de renuncia a todo apego a lo que se pide, una disposición que no se reserva nada para sí y que confía en que lo que se le conceda o se le niegue, responderá siempre a lo mejor. Su actitud ante Dios es siempre la de recibir, pues el hombre siempre recibe, ya que a Dios nada puede darle sino su propia intimidad. Lo que sucede es que no siempre habrá de recibir cosas agradables, sino que habrá de avenirse a recibirlo todo, todo cuanto Dios quiera darle, que puede ser y de hecho lo será amargo y duro no pocas veces, pues sólo con vivencias reconfortantes no se transforma el hombre en lo más básico.

La mejor o peor calidad de la oración, dice el autor, radica en este punto: en renunciar de antemano a nuestro punto de vista y disponerse a aceptar serenamente todo cuanto la providencia disponga. “Hágase tu voluntad”. La voluntad de Dios, no la nuestra. Y ésta es una postura que compromete. Es dejarnos en manos de Dios para que elimine nuestros apegos hasta quedar desnudos incluso de nuestras propias opiniones.

Es la oración callada que se hace en secreto, a puerta cerrada, con las menos palabras posibles. La comunicación con Dios comienza con nuestra presentación ante él en nuestra absoluta indigencia. La indigencia del que se siente siempre con un vacío incolmable y ha comprobado que las cosas que buscamos ansiosamente no calman nuestro deseo de infinito, que nuestro corazón sólo puede llenarlo Dios y que es seguro que lo hará, pero cuando Él quiera, cuando haya arrancado todo lo que estorba, cuando haya conseguido el gran vacío. Pero Dios respeta nuestra libertad; sólo nos transformará si estamos dispuestos a dejarnos transformar, aunque duela.

La obra desarrolla todo el proceso partiendo de una visión antropológica, que demuestra que, desde la aparición del hombre sobre la tierra, éste ha tratado de abrirse a una dimensión trascendente, se ha interrogado sobre su puesto en la creación y ha ido buscando a tientas a su Creador y Dios se ha ido revelando poco a poco hasta completar su revelación en Jesús.

Luis Cencillo estará gozando ya de la visión de Dios Padre y de su Hijo Jesucristo, de los que escribió apasionadamente.

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