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Etiquetas:   Entrevista   -   Sección:   Entrevistas

“Más que histórica, ‘El sanador de caballos’ es una novela de personaje”

Gonzalo Giner, escritor
Redacción
martes, 25 de noviembre de 2008, 12:07 h (CET)
"Habían nacido y sido entrenados para matar.
Los llamaban imesebelen, "los desposados". Eran guerreros africanos de piel negra, fanáticos y fieros asesinos, elegidos desde..."

De este modo arranca ‘El sanador de caballos’, la tercera novela de Gonzalo Giner (nacido en Madrid, sin fecha conocida), que debutó con ‘La cuarta alianza’, obra traducida a seis lenguas, y a la que siguió ‘El secreto de la logia’. El autor madrileño es uno de esos escritores cuya profesión en origen no es la de juntar palabras sino la de veterinario, su auténtica forma de ganarse la vida, poniendo en práctica su otra gran pasión: el amor por los animales. Giner escribe porque le gusta, porque le apasiona, porque lo necesita. Los que leyeron sus dos novelas anteriores y le conocen de cerca no dudan en afirmar que ‘El sanador de caballos’ es su obra más completa, más redonda, más personal. Una novela, como el propio escritor señala "original porque toca un tema que no se trató nunca". Así que de este sanador, de sus peripecias y del entorno medieval que lo envuelve, charlamos hace unos días con Gonzalo Giner.




Gonzalo Giner.


Herme Cerezo / SIGLO XXI

Detrás de todo escritor hay lecturas que alimentan su espíritu, ¿cuáles han sido las suyas?

Cito en primer lugar a un autor, cuya presencia aquí tiene mucho sentido: James Harriot, un veterinario que escribió novelas como ‘Todas las criaturas grandes y pequeñas’ o ‘ Un veterinario en la RAF’ allá por los años setenta. Harriot investigaba y escribía muy bien, hasta tal punto que su lectura influyó tanto en mí que me incliné a estudiar Veterinaria. Otro libro que me dejó una profunda huella fue ‘La hija del curandero’ de Amy Tan, fantástico de verdad. También me interesó mucho ‘Veinticuatro horas en la vida de una mujer’ de Stefan Zweig. Pero hay muchos otros. Me atrae el género histórico tal y como lo tocan, por ejemplo, Julia Navarro o Arturo Pérez-Reverte. En general, me gustan los autores que escriben medianamente bien y que tienen historias que contar.

¿Realmente estudió Veterinaria por la influencia de Harriot?

Sí, sí, es que describía un mundo tan ideal y le ocurrían cosas tan interesantes que me incliné por esta profesión. Además, siempre me gustó pensar que yo tendría una oficina distinta a la de los demás, sin paredes, sin techo, sin luz de neón, al aire libre, rodeada de árboles, entre la naturaleza y el cielo.

Ser veterinario debe ser un poco complicado, los animales no hablan...

Realmente lo es, pero los animales sí manifiestan síntomas de sus enfermedades y hay trucos para saber qué les ocurre. Al fin y al cabo, cuando un animal sufre, todo consiste en detectar la serie de coincidencias que confluyen para conocer su enfermedad. En realidad, la Veterinaria tiene algo de arte, es un poco como la Pediatría porque un niño no puede decir qué le pasa y suele ser la madre quien lo hace. Si quitásemos a la madre, sería todo un poco más complicado. Cuando un animal no demuestra qué le sucede, es mala señal, denota que la enfermedad está muy avanzada. En ‘El sanador de caballos’, el protagonista tiene una habilidad enorme e innata para interpretar las reacciones más mínimas de Sabba, su caballo, el principal objeto de la ciencia veterinaria de entonces, ya que el resto de animales prácticamente no existían.

‘El sanador de caballos’ ¿es recomendable para gente vinculada con su profesión o para cualquier lector?

Para todos. Cuenta cómo era el oficio en la Edad Media, pero eso ocupa realmente un cinco o un diez por ciento de la obra. ‘El sanador de caballos’ es una novela de aventuras y, más que histórica, es una novela de personaje, con un principio muy duro: la obligación de cumplir una promesa por parte del protagonista que, sin saber muy bien cómo ni por qué, tira hacia delante hasta encontrar su propio destino en la persona de un veterinario mudéjar, un albéitar, al que conoce por casualidad.

¿Cómo es un día cualquiera en la vida de un veterinario-escritor?

Mi vida de ficción es la de la novela y la de no ficción es la que me da de comer, mi profesión. Yo todos los días hago mis visitas y veo a mis pacientes. La escritura se queda para otros momentos de mi vida: durante los caminos que, para mí, son muy importantes, en el coche, donde viajo solo, imaginando la historia, viendo al personaje y moviéndolo. De ahí entresaco las ideas más importantes y a la mañana siguiente, de madrugada, las vuelco en un ordenador. Durante los fines de semana escribo más. Lo cierto es que disfruto tanto, me lo paso tan bien, que ni siquiera pongo el despertador. Me levanto solo.

El coche, curioso sitio para imaginar historias...

Hay que tener en cuenta que yo no me muevo por una ciudad o por sus calles. Me manejo por el campo, entre valles, montañas y arboledas, en carreteras comarcales poco frecuentadas y ese entorno de soledad dispara mi imaginación, la estimula. De todos modos, como dispongo de poco tiempo, lo quiera o no tengo que inspirarme. Precisamente, ese poco tiempo creo que me ayuda a ello. El terror a la página en blanco, en mi caso, no existe. A veces cuando tengo más tiempo, me vuelvo más vago y escribo menos.

Antonio Gómez-Rufo, en su novela ‘Los mares del miedo’, introducía un sanador de mentes, un psicólogo, en el siglo XVII. Gonzalo Giner coloca ahora un veterinario en la Edad Media, ¿por qué escogió este momento histórico?

Bueno, tiene una cierta justificación. Antiguamente no existía la profesión de veterinario como tal, aunque fuese una ciencia muy antigua referenciada ya en el código de Hammurabi. Es en la Edad Media cuando se produjo un cambio importante, al entrar en contacto en España los reinos cristianos con los de Al-Andalus, intercambiando conocimientos. Por aquel entonces existía mucho intrusismo en la profesión: un herrador o los propios caballeros medievales conocían pautas para atender ciertas dolencias de sus monturas. En Valencia, por ejemplo, había lo que se llamaba menescales, una especie de veterinarios medievales, que entendían sobre enfermedades de caballos. En todo ese contexto surge la figura del albéitar, que recupera la sabiduría y la ciencia de los sabios griegos, romanos y egipcios recogida por los árabes. Ello, unido a sus propios estudios, hizo que en la Edad Media la veterinaria se convirtiese en un oficio científico. Y ése es el momento clave en el que discurre ‘El sanador de caballos’.

¿El aprendizaje cómo era?

Era de maestro a discípulo. Las primeras escuelas españolas de protoalbeiterato datan de la época de los Reyes Católicos. Los maestros enseñaban el oficio y luego, ante una especie de tribunal, sometían al aspirante a un examen. En Medicina ocurría algo similar.

Sus anteriores novelas, ‘La cuarta alianza’ y ‘El secreto de la logia’, también presentan un matiz histórico. ¿por qué?

Me gusta mucho la Historia. Creo que, además, en España tenemos un contenido histórico enorme, que durante algún tiempo, ignoro las causas, se ha considerado pobre. Sin embargo, hay tantas cosas interesantes que cuando las descubro, me entran unas ganas irresistibles de contarlas. De ahí parte mi interés por este género.

¿Lleva guión?

Sí, aunque muy básico. Sé el principio y a dónde quiero llegar, quiénes son los personajes y lo que voy a hacer con ellos. Luego el camino se abre un poco, porque siempre hay lugar para sorpresas.

¿Cuánto tiempo le llevó escribir ‘El sanador de caballos’?

Unos dos años.

¿De dónde procede la documentación que ha utilizado para componerla?

La parte relacionada con las Navas de Tolosa no me costó mucho de encontrar, porque hay mucho material y, además, muy bueno. Lo más dificultoso fue la búsqueda de datos sobre mi propia profesión porque escasea. Encontré un tratado justo de esta época, escrito en romance, y solicité ayuda para entresacar unas cuantas ideas. Para ambientarme visité el Museo del Traje de Madrid y también vi alguna película de contenido histórico.

Ahora que habla de películas, ¿le gustaría ver su novela en el cine?

Sería bonito, pero yo prefiero el libro. Cuando leo una novela que me gusta, su versión cinematográfica suele decepcionarme. Me gusta mucho leer, me gusta mucho ir al cine, pero todo junto ... no sé cómo resultaría.

¿En qué trabaja ahora?

En este momento he parado de escribir. Estoy descansando, lo necesito. Igual que necesito disfrutar de la promoción y del después de la escritura: saber qué dicen los lectores, mis amigos, etcétera. Tengo alguna idea ya madurada para otro proyecto pero, de momento, seguiré descansando. Además mi otro yo tiene trabajo acumulado.

Terminemos, convenza a un lector de SIGLO XXI para que se acerque a su novela.

A los lectores de SIGLO XXI les diría que si este verano buscan una lectura que les apasione y seduzca, que contenga emociones, risas, llantos, una relación preciosa entre un joven y un caballo, que les cuente un momento trascendental de la Historia de España, han de acercarse a "El sanador de caballos". Desde la primera línea, quedarán enganchados irremediablemente al texto, que no les defraudará a medida que lo vaya leyendo.


Hubiera deseado terminar la entrevista como la comencé: insertando el fragmento final de la novela de este sanador. Pero desvelaría demasiadas cosas. Así que quédense con el aperitivo literario del principio y recuerden que cuando este verano apriete la canícula, ya saben la solución: hamaca, playa, refresco, gafas de sol y ‘El sanador de caballos’ de Rodrigo Giner, editado por TH NOVELA, en su colección ‘Temas de Hoy’. Un libro reciente, mayo 2008, al que casi se le caen las letras de puro tierna que está la tinta aún.

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