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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Voto a los inmigrantes? No vayamos tan deprisa

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 8 de julio de 2008, 10:29 h (CET)
Afortunadamente he llegado a un punto de mi vida en el que me puedo permitir expresarme con entera libertad y decir lo que pienso, sin que me preocupe poco ni mucho lo que puedan pensar de mi aquellas personas que gustan de sacarle punta a cualquier cuestión, sólo por el gusto de hacer la contraria o por el morbo de incomodar al prójimo. Y haciendo uso de este privilegio que me he concedido a mi mismo, voy a comentar este espinoso tema de la inmigración. Lo cierto es que, en este país en el que nos ha tocado vivir, la hipocresía no es uno de los vicios menos extendidos entre los ciudadanos y, ya no hablemos cuando nos remontamos a las altas esferas de la política nacional. Parece que queda feo hacer comentarios sobre las consecuencias que puede traer a nuestra Nación una inmigración sin control, sin documentos y sin una debida criba que garantice que, aquellas personas a las que vamos a permitir compartir nuestra tierra, reúnan las condiciones para que estemos seguros de que su colaboración va a ser para el bien de España y los españoles y no se va a convertir en una rémora más, un delincuente añadido al lumpen hispano o una carga adicionada a la, ya saturada, beneficencia nacional.

Debemos ser conscientes, sin eufemismos hipócritas, sin falsos golpes en el pecho y sin que nadie se apresure a tacharnos de inhumanos o xenófobos; que para conseguir una España como la de que hemos gozado hasta hace unos años (no hablo de la actual, que esto ya son higos de otro costal); muchas generaciones de españoles, partiendo de una nación empobrecida por una guerra civil, despreciada por el resto de naciones y, por si faltara algo, afectada indirectamente por una guerra mundial; han tenido que luchar a brazo partido, pasando miseria, soportando penalidades y batallando contra un ambiente hostil, desde el año 1939. A Dios gracias, los hijos y los nietos de aquellos que tuvimos que soportar las penalidades de los años posteriores a la Guerra Civil, han nacido en una tierra distinta, han podido estudiar, incluso los hijos de las clases más humildes, y han estado arropados y protegidos contra las terribles plagas de la guerra. Todo este cúmulo de sacrificios ha permitido que, España, haya resurgido de sus cenizas y se encuentre entre las naciones privilegiadas que gozan de un aceptable nivel de civilización y bienestar.

Si volvemos la mirada hacia estos países que, ahora, tanto se han alarmado, disgustado y ofendido porque la UE se haya dado cuenta de los peligros que entraña una avalancha indiscriminada de inmigrantes y esté tomando medidas para regularla; observaremos que, a pesar de que ninguno de ellos participó directamente en la pasada segunda Guerra Mundial ni haya tenido más que, algunas esporádicas y pasajeras reyertas con algún país vecino, sin embargo, por la ineficacia, corrupción, autoritarismo y totalitarismo de los distintos gobiernos que los han regido, en lugar de haber aprovechado sus recursos naturales, en vez de haberse industrializado o explotado racionalmente sus reservas de hidrocarburos –con las que la mayoría de ellos cuentan –; han permanecido pasivos ante el progreso de Europa, dejándose colonizar por empresas extranjeras, que han comprado a sus gobernantes y, por si fuera poco, los unos por abulia y los otros por egoísmo, han preferido regular su creciente demografía enviando a los sobrantes en peregrinaje emigratorio hacia otras naciones. Con ello han conseguido dos objetivos. Por una parte que sus gastos públicos y sus economías quebradas tengan un respiro y por otra parte que las gentes desplazadas al extranjero les surtan de nutridas remesas de divisas a costa de los países que los han alojado.

Pero si, además, tienen la suerte de encontrar una nación que, como España, está gobernada por un gobierno socialista, inepto, demagogo y aferrado como una lapa al poder, miel sobre hojuelas. Aquí, en lugar de mirar con lupa a los inmigrantes de los que nos hemos hecho cargo, se ha abierto la espita y se ha permitido que, por cada emigrante recibido legalmente se haya colado uno de matute. Resultado: cinco millones de nuevos ciudadanos o seudo-ciudadanos a los que se ha tenido que procurar trabajo y asistencia social cuando, ni las instituciones, ni la estructura de la nación, estaban preparadas para ello. A la primera crisis que se nos ha presentado han quedado al descubierto los errores de Caldera y de todo el ejecutivo, que se encuentran con la patata caliente en las manos sin saber como solucionar el problema, porque en los países de origen se niegan a repatriar a los que salieron de ellos, aún y cuando, saben que regresarán mejor formados y con las faltriqueras forradas. Y ahora es cuando debemos preguntarnos, ante lo que se vislumbra que va a ser la nueva estrategia socialista, ¿qué sentido tiene que a unos recién venidos, a unos que ni nos entienden ni comparten nuestras costumbres ni, tan siquiera, muchos de ellos, tienen intención de integrarse sino, únicamente, aprovecharse de España y tratar de quedarse en ella, de la forma que sea (porque saben que, aunque su situación siga siendo ilegal, tiene más posibilidades de medrar que en sus respectivas naciones), se les quiera otorgar el derecho al voto? El Ejecutivo ha estado buscando subterfugios legales, utilizando argumentos falsamente humanitarios y empleando todo el poder de la propaganda para vender a los españoles la demagogia a espuertas, para convencer a la ciudadanía que hay que darles a estas gentes el derecho a voto para que puedan decidir los destinos de España o de sus municipios.

Saben ZP y los suyos que unas gentes, generalmente poco formadas, casi analfabetas y fácilmente captables por los agitadores socialistas, son una fuente de votos que les compensan las dificultades, el coste y los problemas de orden público que su estancia pueda suscitar con el resto de la población oriunda. Tienen que echar cortinas de humo sobre la crisis aunque, para ello, no les importe tener que gravar a los españoles que pagamos impuestos, con el coste de los cientos de miles de entre los inmigrados que ya están en el paro y cobrando el subsidio de desempleo o, soportar que la Seguridad Social no tenga médicos suficientes para atender a un aumento de 5.000.000 de nuevos ciudadanos, que se han apoderado del país en unos pocos años. Y ello, sin contar con el reagrupamiento familiar que nos traerá otro millón. ¿Estos señores serán los que, sin comerlo ni beberlo, van a poder decidir quienes van a gobernar nuestros municipios?,

¿es que no nos ha bastado con el intento de entregar parte de España a los nacionalistas o darle a Catalunya un Estatut que privilegia a los catalanes, que, para mayor INRI, ahora vamos a ceder parte del poder soberano de los españoles a elegir a nuestros representantes en los municipios y el Parlamento, a quienes nos traen nuevas culturas ( no todas recomendables) o nos quieren imponer nuevos hábitos? Debiéramos meditar sobre todo ello, antes de dejarnos embaucar nuevamente por ZP y sus secuaces.

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