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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los jóvenes del 98

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 9 de julio de 2008, 01:12 h (CET)
“Han pasado cien años, y los nietos,
rota la placa y rota la memoria,
con otro nombre lañan la rotura:
¡Revolución!”


Miguel de Unamuno.

Hasta hace poco años se ha hablado del 98 como de un monolito ideológico. Nada ha sido más perjudicial para dicha generación, pues al descubrirse fisuras, contradicciones, ambivalencias políticas, evoluciones sorprendentes, divergencias, se ha acabado por negar hasta la existencia misma de un grupo coherente con tal nombre. En ello han jugado papel importante las autodeclaraciones de los propios miembros del grupo, que al ser interrogados negaban con frecuencia la existencia del mismo o su adscripción a él, sin caer en la cuenta que con ello afirmaban lo que pretendían negar: el carácter individualista e iconoclasta, que ha sido uno de los rasgos preeminentes del noventayochismo.

En realidad, la mayoría de los equívocos han surgido de no atender con suficiente cuidado a la evolución cronológica de ellos, deteniéndose en alguna etapa incongruente de la misma. ¿Qué tiene que ver el esteticismo de Valle-Inclán con la literatura comprometida de Machado en sus últimos tiempos? ¿Qué relación existe entre las contradicciones y paradojas de Unamuno y el dogmatismo religioso y político de Maeztu durante la Segunda República? ¿Cómo compaginar la tibieza política de Azorín o Baroja durante nuestra guerra civil con el exilio consciente de Antonio Machado? Evidentemente, no parece haber modo humano de establecer alguna afinidad entre antagonismo tan marcados y posturas tan enormemente dispares. Sin embargo...

Es necesario, ante todo, seguir paso a paso la evolución de cada uno de ellos y ver las posibles motivaciones de sus actitudes y hasta las concomitancias que entre todos, se vayan produciendo. Como punto de partida, hemos de escoger el núcleo que parece ser la base de esa supuesta generación del 98. Me refiero al grupo inicial constituido por Azorín, Baroja, Maeztu y Unamuno. No hay duda de la filiación radical, y en muchos casos revolucionaria, de estos cuatro noventayochistas antes citados: el anarquismo literario de Azorín, la protesta social y la denuncia de la injusticia en Baroja, el socialismo de Maeztu y el marxismo de Unamuno. Actitudes que en todos ellos llevaron al deseo de “intervención social”.

En años sucesivos esta preocupación revolucionaria por las cuestiones sociales de los jóvenes noventayochistas irá cediendo a actitudes menos comprometidas en que la recreación estética de temas ideológicos ocupará un lugar cada vez más importante. En lo que toca a lo político, Maeztu sufrirá una evolución que lo situará en las antípodas de sus años juveniles, aceptando una embajada en Argentina del general Primo de Rivera y una filiación política con el movimiento de “Acción Española”, que le llevará a un antirrepublicanismo rabioso. Sin llegar a ese extremo, y a pesar de haber sido Ciudadano de Honor de la República, Unamuno prestará su adhesión al Alzamiento Nacional, y el gobierno de Burgos le nombrará rector de la Universidad de Salamanca. Por lo que se refiere a Azorín y Baroja, adoptarán una actitud de cierta complacencia -sobre todo el primero- ante los vientos fascistas que soplaban en España después de la guerra.

En todos ellos, pasada la época de virulencia revolucionaria a que antes nos hemos referido, se desarrolla un evidente y cada vez más acusado desprecio a la democracia y el parlamentarismo.

He dejado deliberadamente a un lado de lo que venimos diciendo las figuras señeras de Valle-Inclán y Antonio Machado. Del primero se dice que encaja mejor en el modernismo y sólo a duras penas se incluye entre los que se suelen considerar verdaderamente representativos del 98. Por el contrario, en Machado se habla de un compromiso cada vez mayor con las izquierdas y de un radicalismo progresivo que alcanza su cima en la adhesión incondicional a la República hasta su muerte en Colliure (Francia) en 1939. En ambos se da una evolución muy parecida, que sucintamente puede resumirse en el paso de un modernismo manifiesto en al mocedad a una literatura en la madurez que, sin violencia alguna, puede llamarse “comprometida” por ser evidente su inserción en la problemática socio-política que el país tenía planteada.

En esta etapa Machado y Valle-Inclán vienen a coincidir con las preocupaciones y la temática de sus otros compañeros de generación: Azorín, Baroja, Maeztu, Unamuno, al menos después de que abandonaran aquellas posturas primerizas de radicalismo social. En una palabra: que el “espíritu del 98”, que da al grupo su mismo nombre, viene a ser un cruce en la biografía de sus miembros. Durante los años que confluyen, se sienten preocupados por los mismos temas, adoptan actitudes similares y una misma voluntad de estilo les mueve: es el estilo que empareja al grupo del 98 y por el que éste resulta inconfundible . Después otras divergencias volverán a separarles: Maeztu se volverá hacia el fascismo, Unamuno se dejará llevar de unas paradojas para las que ya no están los tiempos, Azorín y Baroja querrán vivir en paz y Antonio Machado dará su vida -así puede escribirse sin miedo a error- por la Segunda República. Y es que, como dijo el poeta sevillano: “Fue ayer; éramos casi adolescentes: era / con tiempo malo, encinta de lúgubres presagios, / cuando montar quisimos en pelo una quimera, / mientras la mar dormía ahíta de naufragios”.

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