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Opinión
Etiquetas:   Cartas a un ex guerrillero  

Hombres sin remedio

Sor Clara Tricio
Sor Clara Tricio
lunes, 7 de julio de 2008, 01:28 h (CET)
Querido Efraín: “Reconozco mi culpa, dice el salmista; si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla, Señor”. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a nuestro favor es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás. No es así cómo nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción, ya que dice: “Reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado”. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien tantea, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón.

¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el citado salmo: Los sacrificios no te satisfacen, y si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Por tanto, ¿es que has de prescindir del sacrificio? ¿Significa esto que podrás aplacar a Dios sin ninguna ofrenda? ¿Qué dice el salmo? Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero continúa y verás que dice: “Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Dios rechaza los antiguos sacrificios, pero te enseña qué es lo que has de ofrecer ahora. Nuestros padres ofrecían víctimas de entre sus rebaños, y éste era su sacrificio. Esos sacrificios no le satisfacen, porque quiere otra clase de sacrificios.

Si te ofreciera un holocausto -sigue-, no lo querrías, Señor. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedar sin sacrificios? De ningún modo. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El propio corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro”. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.

Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado contraría a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a él le afrenta. Así, tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te apesadumbra lo mismo que odia tu Hacedor.

Os envío los mejores deseos, y con la esperanza de que sigáis todos bien, recibir un cariñoso saludo, CTA.

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